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7 Jun 2017(00:30:33)




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En el mundo existen unos 300 mil niños y niñas soldados, de acuerdo con cifras del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), pues participan en más de 30 conflictos en el mundo.

“Niños y niñas que se ven abocados a vivir la guerra de verdad, convirtiéndose en combatientes involuntarios. Muchos de estos niños están directamente en la línea de combate y otros son obligados a ejercer como cocineros, mensajeros, esclavas sexuales, para realizar ataques suicidas…”, de acuerdo con la página en Internet dedicada al tema.

Al respecto, la obra de teatro El ruido de los huesos que crujen, de la dramaturga canadiense Suzanne Lebeau, habla de dos niños soldado: Elikia y Joseph, y al hacerlo alude a todos los pequeños en esa circunstancia.

Elikia tiene 13 años, ha pasado tres de ellos con los rebeldes, sometida a las humillaciones más terribles. Fue secuestrada a los 10 años, obligada a ver cómo sus captores asesinaron a su hermano y a su padre y violaron a su madre.

Joseph es un niño de apenas ocho años, quizá siete, el más pequeño que ha llegado al campamento donde vive Elikia, quien se convierte en su protectora. Ambos huyen sabiendo que el castigo será tremendo si los atrapan, aunado al miedo terrible que siente ella de regresar a la civilización.

Escapan a través de la selva, de un país que no se identifica, pero que podría ser cualquiera; sobreviven comiendo arena, y el miedo, siempre el miedo, a cualquier ruido que pueda significar que los rebeldes, o los soldados, están cerca.

El ruido de los huesos que crujen es un restreno de la Compañía Nacional de Teatro (CNT), en la que actúan Ana Ligia García (Elikia), David Calderón (Joseph) y Luisa Huertas (Angelina), la enfermera que recibió a Elikia y que ahora cuenta su historia ante un comité al que no le interesa el testimonio sobre una niña.

Un comité ciego y sordo ante un problema que rompe la infancia de los menores, que los obliga a cometer o ver las peores atrocidades con la única finalidad de sobrevivir, que deben tomar un arma en lugar de un juguete; niñas con embarazos producto de violaciones o que no viven demasiado tiempo, debido a que contraen enfermedades de transmisión sexual.

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Escena del montaje que explora cómo niñas y niños deben tomar un arma en lugar de un juguete. “Muchos de estos pequeños en varios países están directamente en la línea de combate y otros son obligados a ejercer como cocineros, mensajeros, esclavas sexuales, para realizar ataques suicidas…”, se informa en la página de Internet dedicada al tema. En México, un fenómeno semejante ocurre con el narcotráfico, pues recluta a menores que terminan atrapados por grupos del crimen organizadoFoto Marco Peláez
Movimientos terroristas que roban vidas y destinos

Suzanne Lebeau detalla en un comunicado del Instituto Nacional de Bellas Artes: “Escribí hace casi 10 años El ruido de los huesos que crujen y sigo escuchando ese ruido que no se ha callado, desdichadamente. Diría yo que puede ser un poco peor, pues nos estamos acostumbrando a todos esos ruidos de niños heridos en sus cuerpos y en sus almas. En todos los países siento crecer los conflictos locales, los que tienen más influencia sobre la vida cotidiana y el destino de los infantes. Lo observo en África, Asia… Lo veo con los movimientos terroristas que roban niños y niñas”.

Respecto de esos conflictos locales habrá que recordar lo que escribió la dramaturga y crítica de teatro Olga Harmony en estas páginas, en octubre de 2011:

“El ruido de los huesos que crujen trata el desolador caso de los niños y niñas raptados por diferentes grupos en guerra para ser convertidos en soldados, tema que ya antes ha sido presentado en México por Maribel Carrasco con su obra Quién teme a Espantapájaros y ambos dramas están llamados a hacer conciencia en los niños y púberes en contra de esa horrible realidad que, en nuestro país, nos hace pensar en los pequeños atrapados por los grupos del crimen organizado.”

Esta puesta en escena, cuya dirección original es de Gervais Gaudreault y la dirección residente de Fernando Santiago, se ha presentado ya en otros escenarios y ahora desarrolla temporada que concluirá el 11 de junio en el teatro Julio Castillo del Centro Cultural del Bosque (Reforma y Campo Marte, estación Auditorio del Metro).

Las funciones son jueves y viernes a las 20 horas, sábados a las 19 horas y domingos a las 18 horas. La edad mínima para el ingreso a la sala es 14 años.

Fuente:
jornada.unam.mx
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