Author
Gastón Monge EnLíneaDIRECTA

Date
17 Mar 2019(13:49:11)




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-Junto a su madre el INM la detuvo por tres meses

Nuevo Laredo, Tamaulipas.- Rosario apenas tiene 14 años pero pese a su corta edad viajó junto con su madre desde Honduras hasta esta frontera, con intenciones de cruzar el río Bravo e internarse como indocumentadas en Estados Unidos, debido a que la delincuencia y la inseguridad mantenían asolada a su familia, por lo que decidió emigrar en busca de una mejor vida en un país desconocido.

Salieron el 27 de septiembre del año pasado, debido también a que en la escuela secundaria donde estudiaba Rosario, unos pandilleros la presionaban para que vendiera drogas entre sus compañeros de escuela o asesinarían a su mamá, pero no quiso, por lo que ambas salieron de Honduras para huir del peligro y las amenazas.

Aunque no viajaron con la carava de hondureños que desde noviembre del año pasado salió de ese país con destino a Estados Unidos, Rosario es parte de los dos mil 300 niños y niñas que abandonaron Honduras en dicha caravana en esas fechas, de acuerdo a reportes de la Unicef.

Rosario también forma parte de los mil 854 niños y niñas que el año pasado llegaron a esta ciudad acompañadas o solas, y que fueron atendidos por el Sistema DIF, en el albergue del Camef, mientras se determinaba su situación legal en México.

Para llegar hasta esta ciudad, la familia tuvo que vender algunas cosas para obtener el dinero para el viaje, ya que la pobreza, la inseguridad y el desempleo abundan en su lugar de origen, La Ceiba, una ciudad ubicada al norte de Honduras con cerca de 200 mil habitantes que viven básicamente del turismo, por pertenecer a una barrera de arrecifes en donde hay mucha pesca y abundante vida silvestre.

Es la tercera ciudad más importante de Honduras, país catalogado como el más peligroso del mundo con una tasa de homicidios de 171 por cada mil habitantes, la mayoría impunes, según reportes del diario británico The Daily Mail.

El tráfico de drogas y el cobro de impuesto de guerra a todo tipo de negocios es una constante en todo el país, pero en particular en Tegucigalpa, San Pedro Sula y la Ceiba, las tres ciudades más importes en ese país, en donde la guerra entre pandillas y Maras, es una constante diaria.

Tres meses encarceladas

Luego de un largo viaje a pie y en autobús, llegaron a la frontera de Guatemala con Chiapas casi un mes después, por la descuidada frontera de Tecún-Umán, y una vez en Tapachula siguieron su viaje sin contratiempos hasta la frontera de Matamoros, en donde fueron detenidas por agentes del Instituto Nacional de Migración, por no tener documentos que avalaran su estancia en México.

Su viaje fue tranquilo hasta que llegaron a la garita de revisión, en donde para no ser detenidas bajaron del autobús y se internaron entre el monte; caminaron entre la maleza y algunos corrales de ranchos, hasta que evadieron el retén y llegaron al área urbana cercana al puente internacional, en donde fueron detenidas por los agentes de migración.

“Nos llevaron detenidas y por ser indocumentadas nos tuvieron tres meses encerradas, y allí nos explicaron que nos iban a dar un permiso para poder estar en México, y de allí nos trasladaron hasta aquí”, explicó Rosario.

Ya libres, les mencionaron que tendrían un permiso provisional para poder estar en México sin ser detenidas, por razones de seguridad, y les comentaron que las trasladarían a un albergue, pero fueron enviadas al DIF de esta ciudad.

En su trayecto, a diferencia de otros migrantes centroamericanos, no sufrieron de extorsión, amenazas o secuestro, fue un viaje tranquilo pese a ser mujeres, por lo que ya en esta frontera esperan obtener su estancia legal en el país para poder solicitar la visa humanitaria al gobierno de Estados Unidos, y lograr lo que durante mucho tiempo han buscado: el Sueño Americano.

“Lo que buscamos en Estados Unidos es un trabajo para mi mamá y una escuela para mí, porque estaba en la secundaria y llevo mucho tiempo perdido”, explicó.

En Honduras se encuentra el resto de su familia integrado por ocho miembros, pero sus restantes hermanos no han sufrido aún la opresión de las pandillas, solo ella, quien no sabe si sus peticiones serán atendidas o si las regresarán deportadas a Honduras, a vivir de nueva cuenta el infierno de las pandillas y la inseguridad.


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