Author
Gastón Monge EnLíneaDIRECTA

Date
12 Ago 2019(19:58:32)


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-Las carnicerías de barrio bajo amenaza de desaparecer.

Nuevo Laredo, Tamaulipas.-Ante la fuerte competencia de los grandes almacenes y de grandes cantidades de carne enviadas desde Sinaloa, Chihuahua y Nuevo León, así como de importación de Estados Unidos, el rastro municipal de esta frontera atraviesa por una severa crisis, pero sigue fiel a la tradición de los matanceros de surtir la carne al mercado local integrado aún por unas 30 carnicerías de barrio, las que tienden también a desaparecer por la baja demanda.

Ubicado en el corazón de la colonia Hipódromo, el rastro municipal dejó de ser lo que hace 20 años era, una empresa municipal que sacrificaba hasta dos mil 200 reses al mes, producción que bajó a solo 137 el mes pasado, además de 140 cabritos, se queja Hugo Alberto Zapata, coordinador de este peculiar lugar que parece un rincón arrancado de la geografía de un rancho ganadero del sur de Tamaulipas.

Antiguo pero sobrio en su estructura, en el rastro ya se sienten los efectos de la sequía, otro elemento que afecta a la ganadería de la región, ya que el ganado requiere de más alimento y agua, lo que ya escasea en los ranchos por la poca agua de los agostaderos y el poco alimento en las praderas.

“Todo esto afecta mucho a la ganadería, pero el rastro tiene un comportamiento casi normal, porque el 80 por ciento del ganado que se mata viene de engorda, y el ganado tiene agua y alimento asegurado antes de ser sacrificado”, explica el también ganadero.

“No se puede competir con la importación de carne de cerdo porque es más barata, aunque nuestra carne es más fresca y la gente se va por lo barato”, explica.

Dice que la carne que surge de este lugar es para el consumo local, ya que al paso de los años las carnicerías de barrio están desapareciendo, y las pocas que quedan se surten de los introductores de la ciudad, y en el rastro solo se les ofrece el servicio de sacrificio a un costo de 300 pesos por res y 30 por cada borrego o cabrito, y un cerdo solo 250 pesos, pero a pesar de ello la demanda es poca, insiste.

El lugar, pese a lo anticuado de su construcción, ya que data de más de 50 años, cuenta con modernas instalaciones al interior, cuarto frío y trabajo de aire, es decir, que la carne no toca nunca el piso, pero dice que hace falta más matanza de animales para surtir el mercado local y otros mercados cercanos, “pero desde que empezaron a llegar las tiendas grandes, este lugar está decayendo porque traen sus propias canales de otros lugares en donde tienen contratos con otros rastros”, señala.

Al fondo del lugar están los corrales, en donde si acaso una docena de vacas esperan el sacrificio, mientras a un lado en pequeños corrales también esperan el mortal llamado unas cuantas cabras que berrean presintiendo su amargo destino.

Si el rastro fuera privado, ya hubiera quebrado

En Tamaulipas el hato ganadero se acerca al millón de cabezas, pero la región de Nuevo Laredo-ciudad Guerrero es de las menos grandes, aunque muchos ganaderos se dedican a la exportación de becerros y becerras de 200 kilos de peso, aunque muy pocos se quedan como ganado de engorda en la región.

Pero la baja en el precio de compra de ganado en Estados Unidos también afecta a los productores locales, por lo que algunos ganaderos envían a ranchos de engorda de Nuevo León, su ganado para venderlo mejor.

“Ese ganado convertido en carne es para el consumo nacional, ya que lo que se exporta se nos regresa en cortes o en canales, y puedo decir que la carne que sale de este rastro es de muy buena calidad porque está fresca cuando se vende en las carnicerías de barrio”, señala.

Pero lamentó que debido a esos grandes almacenes en donde se encuentra de todo, las panaderías, las tortillerías, las farmacias y las carnicerías de barrio tienden a la desaparición, debido a lo que llamó ‘crecimiento económico’.

Sin embargo, gracias a que el municipio invierte para que el rastro funcione en óptimas condiciones, su funcionamiento sigue de manera normal, porque el sacrificio es aéreo y pronto contará con una instalación automatizada para lavar el menudo.

Y si no fuera porque es un rastro municipal, este lugar ya hubiera cerrado sus puertas porque de acuerdo al coordinador Zapata, no es un lugar rentable para esta actividad, y como ejemplo cita el caso de la Empacadora Internacional, una empresa tipo TIF que cerró sus puertas hace algunos años por no ser rentable el negocio.

Esa empacadora de carnes era el TIF número 24, y era uno de los primeros en tener ese registro al iniciar sus operaciones en los años 1950’s, “y cerró porque ya no era negocio y los gastos de operación eran muy grandes, y el municipio hace un gran esfuerzo en mantener estas instalaciones en buen estado, y actualmente hay más de 600 TIF”, explica.

‘El Torito’, una carnicería en crisis

Antonio Robles es el encargado de una de las carnicerías de más tradición en la ciudad, pero al igual que las otras 30 que hay en su tipo, la crisis ya la alcanzó y subiste solo por mera tradición, porque las ventas se desplomaron hasta en un 50 por ciento, pero no es por lo caro de la carne, sino porque el salario no le alcanza a una familia para comerla.

El negocio ubicado entre las avenidas Lincoln y César López de Lara, luce vacío de clientes pero rebosante de carne de buena calidad, en espera de ser llevada y transformada en un suculento platillo a la hora de comer.

“Es necesario que ajusten los salarios porque no es posible que una familia de cuatro o cinco integrantes y con un salario mínimo pueda llevar a la mesa carne para todos”, explica en detalle, al señalar que los cortes que vende van de los 80 a los 140 pesos el kilo, pero por lo accesible la gente prefiere lo básico, que es la carne molida o el bistec del ‘7’ y ‘0’, carne que es natural, porque dice que la mayoría de la carne está ‘inyectada’ que sube el peso de la carne y la hace más barata.

Pero la gente ya no compra kilos, solo de medios kilos o piezas solas para el día, porque el Tbone, el Ribye y la fajita se vende poco, razón por la que este carnicero considera que la situación es en extremo crítica para los carniceros de la ciudad.

Pero Antonio solo tienen cinco años en este local, ya que existe desde hace veinte años o más, pero la época de mayor auge de esta y las demás carnicerías fue por la década de los años 90’s, cuando no había en la ciudad tantos centros comerciales, y estos negocios, que sumaban más de 130 en la ciudad, eran populares en sus respectivos barrios.

“No podemos hacer nada para evitarlo, y están cerrando algunas carnicerías por la falta de venta, y si vamos al rastro la matanza es muy pobre porque no hay animales para matar, y creo que si la situación sigue igual vamos a tener que cerrar porque este año es el más crítico que hemos vivido porque las ventas bajaron el 30 por ciento, y ya no hay vuelta de hoja”, señala.

Chicharronero de corazón

Desde los 12 años de edad, Eliseo Salazar López se dedica al oficio de hacer ‘chicharrones’ de la carne de res, y desde entonces ha trabajado en muchas carnicerías tanto en esta ciudad como en su natal Estado de Guanajuato, en un poblado llamado Santa Ana Pacotlo, en donde aprendió el oficio que le ha dado muchas satisfacciones porque es lo que más le gusta hacer.

A sus 58 años de edad hacer carnitas es algo que le gusta también a la gente, por su rico sabor y porque se presta para hacer varios guisos, pero para Eliseo lo tradicional en la ciudad son los chicharrones de res, un suculento manjar cuando se sabe hacer tan bien como lo él lo hace.

“Me gusta este oficio porque puedo proveer lo que me gusta hacer, y saber que la gente se siente a gusto comer lo que yo hago”, explica tras mencionar que aprendió el oficio en su tierra natal haciendo carnitas de puerco.
Mientras se le entrevista mueve un enorme perol de acero en las afueras de la carnicería ‘El Torito’, en donde se aprecia el ruidoso hervor de la carne de res en trozos haciéndose chicharrón bajo un abrasante calor superior a los 44 grados centígrados, clima al que ya se acostumbró.

Antes ya había sacado otro perol de chicharrones de res, un proceso que tarda entre dos y tres horas, pero una vez que salen están crujientes y bien doraditos, como le gusta a la gente, dice con emoción al ser entrevistado.
“Me gusta hacerlo y me siento bien con este trabajo, y más porque le gusta al patrón, y a pesar de mis años siento capacidad para este trabajo, como si tuviera 35 años, ya que lo que importa es el motor”, menciona con gracia para luego soltar una franca carcajada, al referirse a su corazón.
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