Conjeturas/Alvaro Cepeda Neri/Las drogas cuando faltan escuelas y empleos

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Ya el calendario anual está rebasado. Cada día de la semana, que empieza el domingo y no el lunes, está plagado de conmemoraciones y celebraciones, al grado de que llegará el día que cada hora sirva para recordar algo.
Acaba de pasar el Día Internacional contra el Uso Indebido y el Tráfico Ilícito de Drogas, que sirvió, como los otros días, de pretexto para que el inquilino de Los Pinos, sacara a relucir el animal religioso que lleva dentro y presidiendo uno de los poderes del Estado laico (donde cada quien puede creer en lo que guste y mande, pero sin inmiscuir sus creencias con lo público), se puso a predicar refiriéndose a su Dios (es practicante, menos ostentoso que Fox, del catolicismo, una de las versiones del cristianismo).
En un acto donde estuvieron, el poder tras el trono y poderosísimo secretario de Seguridad Pública Federal, Genaro García Luna, y el titular de Salud, Córdova Villalobos; se adelantó a los resultados de la necropsia para conocer las causas de la muerte repentina de Michael Jackson (al que calificó de drogadicto, como también le imputó gastritis a la anciana asesinada por militares).
El señor Calderón sentenció que los jóvenes, de México y del resto del planeta, recurren a las drogas porque “no creen en Dios” y al no conocerlo (obviamente por medio de la fe, pues no hay otro medio), se vuelven adictos a las drogas sintéticas (desde inhalación de pegamento) hasta cocaína, pasando por marihuana.
Los jóvenes mexicanos, en un 90 por ciento, se han vuelto adictos por la desintegración familiar (a causa de la pobreza, los matrimonios prematuros, la prohibición religiosa al aborto) y la falta de escuelas (mientras se construyen más cárceles de alta seguridad de donde los capos escapan por complicidades de guardianes y funcionarios).
Y, sobre todo, porque no hay empleo, salvo para una minoría, marginando a quienes llegaron a los 40 años. Cada año los exámenes de admisión en universidades públicas, tecnológicos y el Politécnico, reciben a una tercera parte de los aspirantes y echan a la calle al resto.
Millones de jóvenes de ambos sexos, con la pobreza de sus familias y/o la de ellos que trabajan para sostenerse y buscan una oportunidad escolar desde los estudios preparatorianos, carecen de recursos (en una situación donde las becas son para los favoritos y uno que otro paria) para preparase.
Y son empleados, cuando hay oportunidad, casi en calidad de esclavos o se van a las calles a sobrevivir de lo que sea, incluso de delincuentes, y ante la pérdida de toda esperanza reducen su hambre y necesidades recurriendo a la drogadicción.
Sin oportunidades escolares y sin ofertas de empleo, los jóvenes mexicanos, al margen de si creen o no en sus dioses, entran al mundo de las perversiones y, como en el letrero a la entrada del infierno de Dante: “Pierda toda esperanza el que entre aquí”, los jóvenes de México pierden toda esperanza ante la falta de escuelas y empleos. Tal vez creen en Dios más que Calderón que lo invoca en la comodidad de su empleo presidencial.

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