Victoria y Anexas/Ambrocio López Gutiérrez *LA VIOLENCIA JUSTICIERA DE RODION ROMANOVICH RASKOLNIKOV

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El drama inicia en un caluroso mes de julio, con la descripción de la vida de un estudiante universitario que se había visto obligado a dejar la escuela por cuestiones económicas que le hacían incumplir con el pago de renta de un cuartucho en que vivía. Raskolnikov era su nombre, tímido, se rehusaba a relacionarse, al menos así había permanecido los últimos días, en los que sólo tenía soliloquios. Su situación le producía un desprecio feroz a todo. Lo precario de su vida en esos días que atravesaba, le obliga a encaminarse a empeñar un reloj de plata, con una usurera.
En el barrio en el que vivía, las tabernas eran comunes. Decide entrar a una y ya bebiendo se siente atraído por sus semejantes. Entre los concurrentes, estaba un cliente maduro, que transmitía confianza, vehemencia, fineza y elegancia. Aquel viejo de nombre Marmeladov se presenta ante él y su charla, que más bien pareció un monólogo, fue acerca de la situación de desgracia y pobreza de su vida doméstica, así como cosas personales; la situación con su familia, la ternura casi enfermiza que sentía por su esposa, la vida de su hija, quien aun le mantenía el vicio. Sostenía que bebía para sufrir más profundamente y le había confiado esto al joven, pues veía en él alguien instruido.
Marmeladov se culpó de lo que le estaba sucediendo y cuestionó a fin de que los concurrentes lo juzgaran, habló de Dios, Él era el único capaz de perdonar. Después de su larga charla, decide marcharse a su casa, tenía cinco días de haber salido, y al hacerlo había tomado todo el dinero sin preocuparse por su esposa e hijos. Para ello pide ayuda al joven. No temía el regaño de su esposa, solo a su mirada y a las curiosas manchas de sus mejillas. Ante el alboroto que desborda la llegada de aquel jefe de familia, Raskolnikov se da cuenta de lo terrible de la situación, su pobreza… coge las monedas que le habían quedado después de empeñado su reloj, y se las dejó en la ventana, con el ánimo de solventar un poco las fallas de aquel viejo.
Nastacia se caracterizaba por hablar demasiado y después de darle un poco de comida que le había guardado, le dice que le llegó una carta, era de su madre. La carta constituye un elemento importante para conocer el contexto o quizá la justificación de la vida de aquel joven. Hace un recorrido por el pasado inmediato de Raskolnikov, su salida de la universidad, la situación de su hermana Dunia, institutriz que fue difamada. El gran amor de ella que volcó en un sacrificio por su madre y por él mismo. Después de solucionar el desprestigio contra ella iniciado, recibe cantidad de ofertas de trabajo.
En el sueño, él pasa por una taberna que tiene al frente un carruaje jalado por un caballo flaco, cuyo dueño estaba muy ebrio e invitaba a todos a que subieran con tal de que lastimaran al animal. Raskolnikov despierta… vuelve a pensar en su proyecto, ese que lo había venido atormentando. Sabía que no tendría valor para hacerlo, para qué seguir pensando en eso. “Señor indícame el camino que debo seguir y renunciaré a ese maldito sueño”. Se sentía libre. Para llegar a su casa daba muchas vueltas. Derivado de un encuentro en el mercado, pensó que el destino estaba haciendo su labor. Eran las 9, llegó a la plaza del mercado central, un lugar que solía frecuentar. La gente se disponía para cerrar y recoger.
La dirección de la usurera se la había dejado un amigo suyo; cuando la vio por primera vez sintió repugnancia invencible. Después oye a un estudiante que daba a un oficial esa misma dirección. Era otra coincidencia. El estudiante describe el actuar de Alena. Raskolnikov, al escuchar la plática se enteró de que Lisbeth y Alena eran medias hermanas, la primera no se atrevía a aceptar ningún trabajo sin el consentimiento de la otra. Lisbeth estaba continuamente en cinta, era negra y parecía un soldado, pero no era fea. Aquel estudiante llegó a mencionar que podría llegar a matar a la vieja y le robaría.
El momento no se llegaba porque no se decidía. Cuando llegó la hora todo le pareció producto del azar. Saltó a la vista un detalle no previsto sobre el hacha, la cocina estaba ocupada pues Nastacia se encontraba ahí. No podría tomarla. El contratiempo lo abatió profundamente. Se dirigió a la salida, rumbo a la casa de la usurera. En su camino, tomó el hacha del portero. Pensaba que el diablo lo estaba ayudando. Debía pasar desapercibido. Ya eran las siete diez, no había tiempo que perder. Subió las escaleras del edificio de Alena y aun ahí dudó. Los latidos de su corazón eran más violentos. No tenía duda de que la vieja estaba en casa.
En un reporte parcial de lectura de Crimen y Castigo, la inigualable novela del genial escritor ruso Fedor Dostoievski, Lidda Consuelo Delgado nos exhorta a la lectura y concluye contando que Raskolnikov sacó el hacha, la levantó con ambas manos y sin violencia la dejó caer sobre la cabeza de la vieja. Alena lanzó un débil grito y perdió el equilibrio. Raskolnikov le dio dos nuevos hachazos. El cuerpo de ella se desplomó definitivamente; ya había muerto. Raskolnikov dejó el hacha en el suelo junto al cadáver y empezó a registrarle el bolsillo derecho, de donde él había visto sacar las llaves. Pensó en huir y dejar todo, más era demasiado tarde para retroceder. Se cercioró de la muerte de la vieja.
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