Las fechas que debemos recordar tienen algún argumento válido, al menos para la historia, pese a que algunos agoreros de las malas noticias aseguran que tal o cual héroe o acontecimiento no se han registrado con verosimilitud.
Se dice que tal o cual héroe no fue como se escribió, sino que tiene una historia distinta, por lo general, poco positiva, y entonces es cuando la gente habla de que la historia la hacen los vencedores.
De los niños héroes de Chapultepec se han dicho tantas cosas que no se sabe qué será cierto y qué no. Ya hablan de que Juan Escutia no tomó la bandera y se cobijó con ella para protegerla y se lanzó al vacío, sino que se tropezó, por lo que su gesta está descalificada. Hidalgo… Morelos… Juárez… todos tienen parte de verdad y de mentira, sin lugar a dudas.
Pero este 13 de septiembre que se recuerda la batalla de Chapultepec en la que los seis cadetes escribieron la página de historia que todos conocemos, habrá algún acto importante en los monumentos que a lo largo del país existen, así como también se llevarán a cabo programas especiales.
Pero, en México existen otros “niños héroes”, a los que la historia no ha reconocido pero que merecen la gratitud de todos nosotros, desde sus padres hasta el más humilde de los mexicanos. Son los verdaderos niños héroes de la historia que a diario se entreteje en las calles y rincones de nuestro país.
Son aquellos que han perdido su infancia por estar en un crucero vestidos de payasos, o con una urna para pedir dinero; otros, sin embargo, los más clásicos, caminan con su caja de chicles buscando que usted o yo compremos algo del producto para llevar el recurso a casa, muchas veces exigido por padres irresponsables y holgazanes, y otras más, porque la madre no alcanza a cubrir las necesidades básicas de la familia, a la que tienen que apoyar con su incipiente fuerza de trabajo.
En otros países los reclutan en fábricas de ladrillo o como cargadores. Recuérdese la manera en que comienza en Estados Unidos aquel movimiento donde los niños eran explotados en fábricas, y posteriormente, explota “la bomba” hasta buscar sus derechos que, aparentemente son reconocidos y defendidos por un organismo de esos que se consideran como “elefante blanco” llamado UNICEF, y que pertenece a la Organización de las Naciones Unidas, argumentando y justificando su existencia con bonitas tarjetas postales y productos, por lo general, manufacturados por los mismos niños, y que compramos creyendo que les van a ayudar.
Los verdaderos niños héroes son los que lidian a diario con una problemática familiar, los que necesitan ser librados de padres viciosos o golpeadores, de padres que abusan de ellos física y sexualmente; de padres que les tratan a golpes y les exigen dinero a diario, porque éstos –los padres- no tienen la capacidad o inteligencia para salir a buscar el pan de cada día, pero sí para procrear más y más pequeños que crecerán con una serie de conflictos existenciales que les convertirán, seguramente, en padres golpeadores, violadores o algo por el estilo.
Muchos repetirán el patrón aprendido en casa, suponiendo que es la manera de ser padres.
Mientras esto sucede en nuestras calles y colonias, algunos personajes recordarán la gesta de Chapultepec y estarán orgullosos de Juan Escutia y compañía y gastarán una respetable cantidad de dinero en llevar una bonita ofrenda floral para recordar su sacrificio, olvidándose de los niños que requieren de un recuerdo, de que los tengamos presentes en todo momento, y que alguien haga algo por salvarlos.
Esos niños que se han convertido en delincuentes o que han abandonado la escuela por estar en la vagancia total.
Esos pequeños que no han tenido oportunidad de sentir en su nuca o su sien la mano amorosa de mamá o papá, acompañando los vaivenes de arriba hacia debajo de un “te quiero” o un amoroso beso. Esos niños que no tienen la oportunidad de vivir en lo que llamamos hogar funcional, y que comparten la calle y las necesidades urbanas con pordioseros, callejeros y pepenadores.
O esos otros más que viven en los basureros municipales de todo el país, buscando entre desperdicios lo que otros desechamos.
Jugando a la pelota con un trozo de hule que semanas antes tiramos porque tenía un enorme agujero por donde escapaba el aire; los que juegan con los soldados mancos o cojos que nuestros hijos no quisieron más y cambiaron por un Nintendo o un Play Station.
Esos niños que requieren del apoyo para educarse, para aprender algo más que una suma o una división: que quieren aprender a vivir decorosamente en un mundo que ha sido particularmente agresivo con ellos.
A esos pequeños habría que levantarles un monumento, y ubicarlo a un lado del que ocupan hoy los que recordamos como cadetes del Heroico Colegio Militar.
Es hora de recordar a los verdaderos niños héroes, pero además de ello, de ponerles la debida atención, que mucha falta les hace.
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