Cómo no recordar aquella fecha trágica, cuando la capital del país se cimbró y cambió la historia.
Cómo dejar pasar desapercibida tan especial fecha, importante por la magnitud con que se desarrolló el temblor aquel que destruyó una serie de monumentos arquitectónicos, cimbró otros, pero marcó una terrible huella en el corazón de miles de familias.
Los muertos se contaron por miles, aunque las cifras oficiales no son confiables a un cuarto de siglo de distancia: hay quien considera que hubo muchos más.
Elena Poniatovska escribió el libro “Nada, nadie… las voces del temblor”, en recuerdo de aquella fecha tan significativa. Narraba como siempre lo hace, con una forma magistral única, la forma en que las costureras se quejaban de la falta de ayuda, o de cómo esperaban, atrapadas entre toneladas de varilla y concreto, el ser rescatadas por alguno de los miles de mexicanos que se abocaron a ayudar, a mover los escombros, cuidadosamente, para no propiciar más derrumbes, en busca de almas, de cuerpos, de vidas humanas.
Fue cuando nacieron aquellos “topos”, el grupo de rescatistas que se hizo famoso y que a la fecha sigue siendo importante cuando se presenta algún siniestro de esta magnitud: ellos están ahí, para salvar vidas.
Estaban en la televisión Guillermo Ochoa y Lourdes Guerrero cuando sucedió todo… ellos narraron también en forma prácticamente única, la forma en que comenzó el temblor: recordamos el rostro de Lourdes cuando dice: “está temblando”, y la forma en que conservó la calma hasta que la señal se perdió por causas naturales de la desgracia.
En Victoria la cosa era distinta: en el aeropuerto “El Petaqueño”, donde hoy solamente llegan vuelos privados, estábamos esperando que llegara el vuelo de la empresa Aeroméxico. Estábamos los reporteros de la fuente: Alejandro Valladares, Benito García, Mireya Escalera, José Walle y Carlos Santamaría charlando con el gerente de plaza –el señor Alarcón- quien nos dijo que el vuelo había sufrido un retraso, aunque no entró en detalles con nosotros.
Luego, vino la sorpresa: “dicen que tembló en México”, dijo, pero no nos llamó la atención dado que la ciudad de los palacios es una zona de temblores periódicos, quizá porque fue asentada en una de sus partes más importantes, en un lago, o porque es demasiado el peso que supone que puede soportar. El caso es que comenzamos a escuchar voces de gente que se había enterado de la gran tragedia.
Nos fuimos a la ciudad –a Victoria, como decíamos- y entonces vimos a Jacobo Zabludowski narrar de viva voz lo que sucedía en algunos puntos de la ciudad, y horrorizado comentaba sobre los cadáveres que se veían por doquier.
Un hotel emblemático cayó: el Hotel Ritz, ubicado a un lado de la Alameda Central, por la calle de Juárez; una a una, las piedras de ese famoso lugar fueron cayendo, y con ellas, muchos mexicanos de diversas partes del país.
Era un hotel muy socorrido por la gente, por su calidad y los huéspedes que ahí se albergaban.
Vimos muchas cosas: fotografías, crónicas, reportajes… historias de mexicanos que perdieron todo o casi todo, o que perdieron la parte fundamental de su existencia: sus seres queridos.
La pesadilla comenzó hace exactamente 25 años.
Sin embargo, salió a flote algo fundamental: la solidaridad de los mexicanos, porque todo mundo salió a ayudar, a buscar y rescatar. Nos dimos cuenta que, pese a todo, somos un pueblo que sabe dar la mano a sus iguales, y ese valor se fortaleció enormemente cuando el temblor de la Ciudad de México.
Todo México recuerda esa fecha y espera no volver a vivirla, porque las pérdidas fueron incontables. La huella, la cicatriz, no han podido ser borradas, y difícilmente lo serán, por la magnitud de la tragedia.
Algunos victorenses narraron su versión: estaban hospedados unos en el legendario Ritz y otros en la zona, pero salieron y fueron testigos de la enorme tragedia que sacudió al país.
Hoy, memoria de por medio, están ahí los hechos, pero también, como dijimos, está la solidaridad de todos, el valor tan mexicano de dar la mano al que la necesita salió a flote.
En ese sentido, seguimos siendo una nación especial, porque sabemos ayudarnos cuando realmente se requiere. Cuando no, somos buenos para la broma y demás, pero no tenemos nunca límites en caso de desastres.
Han pasado veinticinco años y es fecha que muchos recordamos aún la tragedia, pero otros, con un profundo dolor, saben que entre las muchas piedras y varillas quedaron sus seres queridos, quizá, sepultados en un lugar no deseado, pero que ha sido imposible de recuperar por la misma naturaleza del temblor.
Hoy, a 25 años, extendemos la mano para quien necesita un apoyo, una ayuda, y externamos una sentida oración por los que en esa fecha se nos adelantaron en el camino perpetuo.
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Atentamente: Mtro. Carlos David Santamaría Ochoa ¡Ten un buen día!