Dejar el terruño duele, desgarra, pero vale la pena.
Con un boleto de autobús en la mano solo de ida y con una pequeña maleta repleta de pantalones de mezclilla desgastados, partí hacia el Distrito Federal a finales de los años setenta.
Se me había notificado vía telegrama que mi ingreso a la UNAM era automático, en razón de que aprobé el examen de rigor.
El primer día que puse un pie en la Facultad de Ciencias Políticas me sentí extraño, nervioso, con miedo a lo desconocido, pero en un segundo asimilé que no era el único, que cientos de jóvenes que caminaban a mi lado por el pasillo buscando el salón indicado compartían el mismo sentimiento.
Mi grupo estaba formado por unos 45 estudiantes y la mayoría de los catedráticos que nos designaron eran extranjeros lo que me produjo más temor, porque desde la primaria estuve acostumbrado a que frente a la clase solo veía el rostro cariñoso y amable de maestros mexicanos.
Pronto los compañeros nativos del Distrito Federal me abrieron los brazos y junto con otros estudiantes nos bautizaron como “El clan de los norteños”, por el clásico golpeteo al hablar de quienes son de Tamaulipas, Nuevo León, Coahuila y Sonora.
Cómo no recordar a Luz María, a Lupita, a Hugo, a Aníbal, a Memo y a muchos otros más que me distinguieron con su amistad y que me abrieron la puerta de su casa cuando por la carencia de recursos me regalaron abrigo y alimento, pero también lo más importante, su corazón, porque nunca me dejaron morir solo .
Cómo olvidarme de mis maestros como el panameño Roberto Iglesias, de la argentina Alicia Poloniato y de la israelita Lilian Liberman, quienes con su tino y sabiduría repartieron sin regateo sabios conocimientos para procurar la formación de periodistas que caminen por la vida con la cara en alto y que no se les doble el pie con cualquier pocito.
Roberto, un gordo impresionante de casi dos metros y barbón que gustaba de vestir siempre con un overol de mezclilla, boina y tenis de color cuyas agujetas las abrochaba de arriba hacia abajo en señal de protesta, aun ocupa en mi un lugar, porque sus regaños y sus consejos me impiden que defraude la profesión.
Alicia, osca, altiva, casi arbitraria, fue una excelente maestra, quien aunque radicaba en este país nunca fue capaz de sacudirse el argentino que ellos llevan dentro.
Y Lilian, mujer madura de bellos ojos azules y larga nariz, me tomo de la mano para conocer los secretos del mundillo de la televisión, no de aquella que se fabrica con glamour y oropel, sino esa que la caja idiota pretende ignorar y esconder.
Recuerdo bien que en una ocasión Lilian nos acompaño a hacer un reportaje en las pulcatas de mala muerte de Nezahualcoyotl, un lugar peligroso, pobre e indecente.
Con el lodo hasta las rodillas y con cámara de televisión al hombro, recorrimos varios lupanares y sacamos el trabajo y, como premio, el obligado contagio de piojos, pulgas y garrapatas que al otro día se deslizaban abundantes por nuestros cuerpos. “Esos son los verdaderos periodistas”, nos dijo Lilian en aquel entonces, aun rascándose la cabeza.
Como no mencionar que mi casa de estudios cumplió ya sus primeros cien años, una Universidad compuesta por mil edificios donde radicó un semillero de grillos inconformes que en el movimiento estudiantil del 68 protestaron por el agotamiento del sistema político.
La UNAM siempre ha estado ligada a la vida del país, porque es como un laboratorio social que mide todo lo que ocurre en México.
México me regaló tres tesoros: A mi esposa Blanca, a mi hijo Said Iván y la profesión de periodista.
Por eso siento la sangre de puma.
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