Ciudad Victoria, Tam.- Aquel veneno anti-cucaracha era cien por ciento efectivo, salvo que no gustaba ni atraía a los referidos insectos y era necesario atraparlos vivos, uno por uno, para administrárselos directamente.
¡Empresa difícil!
Igual podríamos decir de la ley antisecuestros que el Congreso de la Unión tiene en ciernes.
Suena bien decir que los responsables de tan terrible delito recibirían hasta 70 años de cárcel, aunque el problema (como el de las cucarachas) será siempre hacer realidad el proceso necesario para que reciban castigo.
En el “inter” pasan muchas cosas, permítame el lector citarle algunas:
(1) El delito se comete pero no se sabe, (2) se sabe pero no se denuncia, (3) se denuncia pero no se investiga, (4) se investiga pero no se aclara, (5) se aclara pero la acción correspondiente no se ejecuta, (6) se ejecuta pero no se consigna, (7) se consigna pero no hay sentencia, (8) hay sentencia pero le fue favorable al maloso, (9) no le fue favorable al criminal pero una mano generosa se la revirtió desde algún tribunal superior, estatal o federal.
Pues igual pasa con la ley antisecuestros. ¡Oh god!, que bueno, diría la gente, la opinión pública más ingenua, acaso fuera un avance castigarlos más duro con siete décadas de cárcel, pero…
Pero…
Piense el lector en el puñado de secuestros que cada día ocurren en carreteras y caminos vecinales. Ahora páselo por el filtro de los nueve enunciados de arriba.
Caray, baja el cero y no contiene.
En algún lugar se atora el asunto y antes de llegar a ese castigo utópico llamado prisión, la impunidad asienta sus reales, mediante esa combinación macabra donde se combinan el miedo y el pragmatismo, la plata y el plomo.
No se necesita ser abogado ni siquiera pasante o estudiante de derecho para entender esto.
La etapa del juicio (donde se haría efectiva la amenazadora sentencia de “hasta 70 años”) está demasiado lejos de la realidad cotidiana.
Antes que eso, muchas manos (unas con dinero, otras con armas de fuego, algunas con las leyes en la mano) se atraviesan para que las acciones de justicia se estanquen o no ocurran.
¿En que cambia pues el incremento de la sentencia?
Bueno, creo que representa un estímulo para que quienes intervienen en todos los pasos previos y preparatorios hagan mejor (y cobren mejor) las de por sí bien pagadas tareas de entorpecer y anular los procesos que se sigue a sus (poderosos y dinerosos) clientes.
Vayamos, pues, a la propuesta inicial de esta ley, el incrementar los años de prisión a los secuestradores.
Quiero imaginar, ¿Qué pensarán los secuestradores ante esta noticia?…
Creo que está claro. Meterle ganas a los pasos previos para nunca llegar al juicio, esto es, el jamás tener la necesidad de pelear en los tribunales aquello que se resuelve (con plata y plomo) en las calles y ministerios públicos.
Es un acicate a los profesionales virtuosos de la impunidad. Cobrarán ahora más por sus servicios. Valga reciclar, entonces, la novena arriba mencionada…
(1) Si se comete que no se sepa, (2) si se sabe que no se denuncie, (3) si se denuncia que no se investigue, (4) si se investiga que no se aclare, (5) si se aclara que no se ejecute, (6) si se ejecuta que no se consigne, (7) si se consigna que no haya sentencia, (8) si hay sentencia que le sea favorable al cliente, (9) si no fue favorable que una mano generosa se la revierta en algún tribunal superior, estatal o federal.
Queda, pues, la duda. ¿Sirve de algo incrementar las penas si todo el proceso previo es un auténtico queso gruyere, lleno de agujeros y generosos túneles por donde se pueden colar (deambular y operar con éxito) los tinterillos del adversario?
Acaso afecte la referida reforma al secuestrador pobre, al paria, el proletas, improvisado, espontáneo, a los novatos que no tienen en donde caerse muertos. Contra ellos acaso levanten las autoridades espectáculos mediáticos para decir que la ley sirve de algo.
Pero a los profesionales les da risa. Su capacidad de fuego y sus recursos les garantizan que jamás llegarán a dicha etapa de la sentencia. Ni siquiera al juicio.
Y es que el México actual luce pletórico de crímenes perfectos.
Por si alguien pensaba que en este país estábamos peleados con lo perfecto, hete ahí, la impunidad perfecta, practicada todos los días, a lo largo y ancho de la geografía nacional.
Lo que priva día con día son los crímenes que ni se saben. Y si se saben no se denuncian.
Y si hay denuncia no se investigan. Y cuando se investigan nunca se aclaran. Y si alguna claridad hubiera, el castigo está lejano.
Así que, dichoso sea don FELIPE CALDERON, administrador en jefe de nuestros sueños opiáceos.
Sin aparatos de seguridad y de justicia, corporaciones, ministerios y jueces aptos, eficaces, éticamente sólidos y estructurados, las reformas legislativas que amagan con mayores castigos a los secuestradores, lo único que provocan por respuesta es un coro de risa loca entre los dirigentes y sicarios de todos los cárteles.
La propaganda gubernamental dirá otra cosa.
Pero al pan, pan…
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