JAVIER ROSALES ORTIZ/ANECDOTARIO *LOS HUERFANITOS

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Quisiera que estas 48 horas no se agoten a la velocidad de un rayo.
Porque son dos días para recordar, para dibujar en la mente el color de sus rostros y para, reflexionar.
Para asimilar, también, cuánta falta nos hacen porque el vacío que dejaron nada lo llena, nada lo distrae, nada lo reconforta.
Contemplar sus fotografías en el lugar privilegiado en un altar de muertos pícaros y sonrientes conmueve, duele y estremece.
Con esas fotografías y desde ese lugar como que ellos y ellas claman para que no se les olvide, que no se disuelvan como el humo los gratos y malos momentos que estuvieron a nuestro lado para regalarnos su calor, su protección, su esencia.
Cómo olvidar a un ser cuyo nombre se pronuncia con orgullo, con respeto y con fuerza.
Cómo olvidarlo si veo su rostro pegado en los cristales de cientos de vehículos con su eterna sonrisa, con su pelo cano y con su clásica camisa blanca,
Cómo no recordarlo si su fotografía aun pende de los ventanales de muchos hogares, comercios y restaurantes cuyos propietarios se resisten a perderlo de vista.
Cómo apartarlo de la mente si fue generoso en vida y le dio el valor exacto a la palabra amistad sin regateos, sin excusas, sin distracción.
Por eso miles de tamaulipecos están en deuda con él y no están dispuestos a permitir que de un brochazo se borre su pulcro legado.
Amarga la boca revivir las fuertes imágenes que uno nunca soñó con ver.
Tiembla la voz de muchos que claman justicia y su grito se lo lleva la mar.
Vive, Usted, doctor Rodolfo Torre Cantú, en muchos, pero muchos corazones de esos tamaulipecos a los que les estrecho la mano, a los que abrazo, a los que les regalo una sonrisa sincera, porque es un recuerdo que el tiempo cruel no borra.
Aunque no físicamente Usted sigue entre nosotros y dirige nuestros pasos por el buen camino porque solo así Tamaulipas será enorme.
Sigue en la mente de esas Mujeres Divinas a las que Usted les canto al oído.
En la de esos hombres y niños que Usted trató de cerca y que veían en su persona a un gran líder,
Y en la de aquellos de su partido que se dieron su tiempo para venerarlo en un altar de muertos en el que derramaron lágrimas.
Difícil es, doctor, ver pasar el tiempo sin Usted a nuestro lado.
Sin sus consejos, sin su buena vibra, sin su sabiduría.
Al igual que muchos que ya se fueron y que inyectaron mi vida con alegría, vitalidad y que la convirtieron en más atractiva, interesante.
Va también por Enrique Blackmore Smer, por Doña Teodosia, por su hijo Prudencio Luis, por Joaquín, por Luis, por Armando, por mis suegros Enriqueta y Luis, por mis abuelos Paulina y Francisco y, por Claudia Marisol, una niña-mujer que en silencio exhibió al mundo con su fortaleza, con su dignidad y con su inocencia.
Y va por todos aquellos que nos han dejado huérfanos de amor y quienes desde la fotografía de un altar nos sonríen una vez al año.
Por ellos va. Va por todos ellos.

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