Llama mucho la atención una noticia aparecida este domingo en el diario “El Universal”, fechada en España, donde habla sobre el desempleo y la crisis que afecta a millones de jóvenes, quienes están desempleados o subempleados, ganando cualquier cosa para sobrevivir.
Se habla de salarios oscilantes alrededor de los mil euros, que no les permiten subsistir dignamente, pensar en casarse o independizarse: la crisis es fuerte, difícil, pero, ¿será exclusiva para los jóvenes?
Alma es una gran mujer: secretaria ejecutiva como pocas: resuelve cualquier caso y cosa que se le presente en el trabajo; ahorra muchos asuntos al jefe porque prácticamente lleva la oficina. Es bilingüe, pero su capacidad ejecutiva es realmente impresionante. Personalmente, es divorciada, tiene una hija de 18 que acaba de ingresar a la universidad con los consabidos gastos que ello implica. Su ex marido nunca se ocupó de su hija y se desobligó. No fue demandado porque Alma piensa que no es bueno desear mal a nadie.
Sabe manejar la oficina, resolver, administrar; no es mala persona, y colabora con todo lo que se le pide pero… sí, tiene un enorme pero: su edad: 54 años bien vividos, con mucha experiencia, pero siguen siendo 54 en un país donde el mayor pecado capital es ser viejo o ser considerado como tal.
Para México, como en pocos lugares del mundo, los que pasamos de los 40 ya somos viejos para muchas cosas: ya no nos emplean aunque haya mucha experiencia. Hay excepciones, pero son mínimas, y es probable que no lleguen al 2 por ciento. ¿El resto? A defender la plaza en una dependencia, a condenarse a vivir como burócratas mal pagados pero con “un sueldito seguro y prestaciones”, porque la vida no nos permite tener más.
Estudios universitarios, posgrado que bien puede ser maestría o doctorado, pero en una nación como la nuestra donde el “influyentismo” y el amiguismo deciden los puestos, no sirve de mucho, dado que llegan a ocuparse a personas realmente “viejas” cronológica e intelectualmente, personas que no tienen más valor que un par de amigos igual de viejos pero con mejores oportunidades en la vida, que no tienen más valor laboral que ser conocidos por muchos, pero su capacidad está en duda, porque nunca la han sacado a relucir.
Aquí no cabe el examen de oposición para obtener un puesto. ¡Vaya! ni donde ser supone deben estar los más capacitados como son las universidades, funciona esta máxima justa: ahí también llegan los recomendados, los que tuvieron primero que todos una “tarjetita” del jefe del jefe, y así por el estilo.
Es la realidad laboral de nuestro país.
Y por consiguiente, hay paro. En México le conocemos como desempleo, pero para efectos económicos es lo mismo: estajos jodidos, sin trabajo, sin sueldos decorosos, y con una juventud condenada a buscar una recomendación antes que su capacidad intelectual.
Las administraciones se llenan de amigos. En la entidad vemos por ejemplo, una enorme desesperación por encontrar al compadre que hace veinte años no veíamos, pero que es cercano a las esferas del poder, con la esperanza de obtener un empleo y “que nos haga justicia la revolución”.
Pero, ¿Dónde está la justicia para el que se prepara?
El desempleo no perdona condición intelectual: no importa ser máster o doctor en alguna disciplina. Pocos sitios valoran estas condiciones reales de preparación. Tampoco es importante el haber pasado diez o veinte años en una actividad que nos ha dejado una enorme experiencia. Estamos mal, y seguiremos mal si no tenemos esa relación exacta.
Cierto, el problema es muy grave: en España ya se habla de un éxodo importante de personas hacia los lugares a donde fueron hace más de cien años: Argentina, Chile… y México, porque acá, con ser extranjero tienes un plus para emplearte, más, cuando provienes de la mal llamada “madre patria”.
Los jóvenes españoles están desesperados, ¿y los nuestros? ¿Dónde están acabando por la falta de oportunidades laborales y académicas? Todos sabemos lo que acontece aunque no queramos decirlo, y a falta de inversionistas seguirá incrementándose el desempleo con las consecuencias sociales y económicas conocidas ya por la mayoría de nosotros.
El enorme reto para las autoridades será, sin duda alguna, otorgar una garantía a quienes estudiamos más para mejorar, pero sobre todo, fijar su atención ya no en los viejitos y los niños, en las mujeres y madres abandonadas: son tan importantes como quien mantiene la fuerza laboral y familiar de México: los señores “cuarentones” y más que se encargan de sostener al país.
Somos ese grupo de marginados por los “jóvenes talentos” o por los desamparados quienes nos estamos convirtiendo en los pordioseros del mañana, porque, por mucho que sepamos, por mucho que hayamos estudiado, en la iniciativa privada nos ven como viejos ya casi inservibles, y en los gobiernos como algo que ya no se usa o estila.
Y nuestras familias, nuestras hijas e hijos, nuestros viejitos que cuidad, ¿quién los va a mantener?
El paro es injusto con la juventud, pero aún más con los maduros, los adultos, los que sin ser viejos estamos considerados peor que ellos, porque no aspiramos a una pensión, sino a vivir de las dádivas que puedan existir.
Eso, ¿es justicia social?
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Atentamente: Mtro. Carlos David Santamaría Ochoa ¡Ten un buen día!