Hace no mucho tiempo tuve una plática con mis colegas colombianos, Ignacio Gómez, quien trabaja en una emisora de radio de Bogotá, y María Jimena Duzán, periodista independiente y autora del libro ‘Crónicas que Matan’. Me decían que en México el periodismo estaba a punto de convertirse en uno de los oficios más peligrosos del mundo.
No les faltó razón. Hoy México es uno de los dos países en el mundo más peligrosos para ejercer el periodismo, al lado de Pakistán, debido a las condiciones de inseguridad y de impunidad para perseguir y castigar al delito.
Organismos internacionales como la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), Investigative Reporter and Editors (IRE), y otras agrupaciones han coincidido en que la práctica del periodismo en México es un trabajo de muy alto impacto, y que los reporteros mexicanos sin saberlo algunos, practicamos el periodismo de riesgo sin medir en ocasiones las consecuencias ni los alcances de nuestro trabajo, cuando de buscar la noticia se trata.
Por ello es que el más reciente reporte sobre periodismo, elaborado por una ONG titulado ‘Cam-paña para un Emblema de Prensa’, busca medir los niveles de impacto de esta profesión, entre reporteros dedicados a la investigación sobre temas relacionados con la inseguridad y el narcotráfico.
Su más reciente reporte es aterrador. Tan solo en este año han sido asesinados en 33 países 105 reporteros, pero México y Pakistán llevan la delantera con 14 cada uno, es decir, que se trata de los niveles más altos de homicidios contra periodistas que jamás se haya registrado, más alto que en la guerra de Irak y más aún que en los países más atrasados de África y del Caribe.
En América Latina, México ocupa el primer sitio con esos 14 homicidios este año, seguido muy lejos de Honduras, con solo 9 casos.
¿A qué se debe eso? De acuerdo a las conclusiones de esos organismos internacionales, los altos niveles de corrupción de las policías, la elevada impunidad que existe cuando se comete un delito y no se castiga, el temor de la sociedad a denunciar por la ausencia de confianza en sus autoridades, y sobre todo, la censura y la autocensura en la que incurrimos lo periodistas cuando están en riesgo nuestra integridad física y nuestra vida.
Cuando platiqué en noviembre sobre el tema con Lise Olsen, periodista de gran experiencia en el periodismo de investigación del diario The Houston Cronicle, quedó sorprendida al enterarse de la forma en que algunos periodistas practicamos el oficio sin las herramientas de seguridad necesarias, y sobre todo, sin la protección de las autoridades.
Me dijo que es necesario contar con un manual de riesgos y con un manual de ética periodística, elementales para cualquier periodista que ejerza la profesión en áreas de conflicto. Pero le con-testé que los periodistas mexicanos, sobre todo los que trabajamos en zonas de alto riesgo, lo hacemos sobre el filo de la navaja, por carecer de la preparación y las herramientas que nos per-mitan hacer una evaluación previa de las condiciones de la noticia que pretendamos elaborar, sin exponernos.
Son raros los casos en México en que un periodista trabaja con esas herramientas. Tal vez por eso mi amiga María Idalia Gómez, premio nacional de periodismo y permio Planeta de periodismo en el 2005, me comentó hace unas semanas, que es en la provincia mexicana en donde se gesta el nuevo periodismo, debido a la condiciones de indefensión en que se trabaja en algunas regiones del país, como es en la frontera norte, donde la violencia ha cobrado la vida a más periodistas que en el resto de las entidades.
Pero, ¿valdrá la pena ser los artífices de ese nuevo periodismo? Qué valdrá más, ¿un buen repor-taje o la vida misma? Creo que ninguna buena nota será más valiosa que nuestras vidas, al menos no en estos momentos.
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Pero no solo el periodismo se ha convertido en un peligroso oficio. También la práctica de la de-fensa de los derechos humanos, sobre todo de los centroamericanos indocumentados que son secuestrados por delincuentes y extorsionados por autoridades corruptas, ya es un oficio de alto impacto.
El caso del sacerdote Francisco Solalinde, director del refugio Hermanos del Camino, en Oaxaca, es el más sonado en estos momentos, por la denuncia de la desaparición forzada de medio centenar de migrantes indefensos.
Su tenacidad y su determinación por la denuncia del delito, lo han hecho el centro de atracción de organismos nacionales e internacionales. Pero si bien sus denuncias tuvieron impacto en la comunidad internacional, mayor impacto lo ha sido la forma en que estos indefensos desaparecieron ante la indiferencia de las autoridades responsables de su protección, muy a pesar de ser extranjeros indocumentados en México, ya que por encima de ello, son seres humanos que merecen respeto, tanto como lo merecen nuestros migrantes mexicanos que se internan de la misma manera en Estados Unidos.
Al igual que Solalinde, muchos religiosos que dirigen Casas del Migrante en diferentes regiones del país, han alzado la voz en defensa de esos seres humanos, pero por igual, se han encontrado con la terquedad institucional, la apatía de las autoridades y la impunidad del delito que se comete casi frente a ellos.
¿El caso Solalinde será el parteaguas para que nuestras corruptas autoridades intervengan de una vez e impongan el imperio de la Ley en contra de delincuentes que abusan de personas indefensas? ¿Será posible?
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Para no variar, no me causó sorpresa alguna el saber que el Congreso de Estados Unidos, sobre todo el Senado integrado en su mayoría por republicanos, haya vetado la iniciativa propuesta por los demócratas, en querer legalizar la situación migratoria de cerca de 450 mil estudiantes mexi-canos que estudian en escuelas norteamericanas bajo un estatus de indocumentados.
Y digo que no me ocasionó sorpresa porque ya lo había vaticinado hace un par de años, cuando Barack Obama ganó las elecciones presidenciales, gracias al voto de miles de hispanos que vieron en él la esperanza de regularizar su situación en ese país.
La verdad dudé de ello, y me pareció algo tan efímero el que se llegara a un acuerdo en lo que se refiere a una reforma Migratoria integral, debido a las enormes diferencias en la economía de los dos países, lo que a mi juicio, es el principal impedimento para que se llegue a un a cuerdo de tales dimensiones, y ello fue demostrado hace unos días por los republicanos, quienes no solo vetaron le iniciativa Dream Act, sino que vieron como algo imposible la creación de una reforma migratoria, y peor aún, manifestaron su deseos de endurecer las medidas antiinmigrantes en ese país, lo que a mi juicio quiere decir que vienen tiempos malos para nuestro connacionales que se internan de manera indocumentada en Estados Unidos.
Pero no es raro. Hay que reconocer que en tiempos de crisis las leyes migratorias se endurecen en ese país, mientras que en tiempos de bonanza casi nos abren las puertas para trabajar, y también debemos recordar que son los republicanos los que siempre se han opuesto a que los indocumentados ingresen a ese país, por su xenofobia y racismo natural de una raza que se cree superior a todas.
Hasta mañana
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