PALACIO/Mario A. Díaz Vargas *Ratas, no tontejos

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SI BIEN es cierto que las comparaciones son odiosas, también es muy cierto que tal práctica en ocasiones contribuye a marcar una sana diferencia, sobre todo cuando se trata de evaluar y dimensionar gobiernos y gobernantes.
La historia política de Tamaulipas registra episodios sexenales que han marcado derroteros y formas de ejercer el poder en los últimos cuatro períodos constitucionales.
Veamos.
La administración estatal del ingeniero AMERICO VILLARREAL GUERRA es recordada por la forma sutil y caballerosa con que se condujo el profesionista hacia sus representados.
Incluso, más de uno consideraron y consideran que el gobierno americanista abusó de la tibieza a la hora de tomar decisiones en la vida política, económica y social en Tamaulipas.
También, el sexenio es recordado por la constante intromisión en asuntos oficiales de EMILIO VILLARREAL GUERRA, hermano del entonces mandatario.
El estilo de gobernar dio un giro de 360 grados una vez que se instaló como nuevo inquilino en Casa de Gobierno el licenciado MANUEL CAVAZOS LERMA.
Desde la informalidad para vestir y el uso de la mano izquierda, pasando por la decoración de la residencia oficial, ese período sexenal marcó un sello distintivo que será recordado en siguientes generaciones.
El sombrero, botas, cinto piteado y las “avaqueradas” prendas de vestir fueron la constante durante el gobierno del “maharishi”.
Sus debilidades para con el sexo femenino apenas pasada la pubertad, sus cortos períodos de descanso nocturno y el culto piramidal estigmatizaron, a lo largo de seis años, a quien repentinamente y en contra de sus costumbres habituales dejó el traje y la corbata y dio rienda suelta al bailongo y el taconazo.
La contracción de sus labios en momentos de enojo y el código penal y fiscal en mano para arremeter en contra de sus enemigos fueron parte de su particularidad.
No obstante, justo es reconocer que MANUEL CAVAZOS LERMA siempre fue directo para identificar y clasificar a los bienquerientes y malquerientes de su gobierno, sin hipocresías y sin tapujos.
Luego del relevo de los poderes estatales al término del gobierno cavacista, Tamaulipas dio entrada al sexenio de la tiranía, la soberbia, la hipocresía y un nuevo sello distintivo: el color azul rey.
En efecto, TOMAS YARRINGTON RUVALCABA ejerció un poder dictatorial que prácticamente no permitía el movimiento de una hoja de árbol si no era con su consentimiento.
Apenas cruzó sobre su pecho la banda gubernamental y de inmediato afloraron los complejos propios de la baja estatura y los sacrificios económicos de su niñez, adolescencia y época de estudiante.
Poseedor de una incuestionable inteligencia, maniobró para ejercer a plenitud el poder y lograr su sueño de enriquecimiento como una manera de borrar el fantasma de la pobreza.
La pulcritud en la cara vestimenta formal, su hobby por las cabalgatas y paseos en cuatrimotos, y otros gustos muy peculiares son elementos que marcaron la diferencia con su antecesor.
Sin embargo, la inversión nada clara, protegida por la Ley Estatal de Transparencia, de 600 millones de pesos durante los últimos tres meses de su administración, es un asunto no fácil de olvidar, menos cuando existe la fundada sospecha de que fueron recursos públicos que financiaron su fracasada campaña con rumbo a Los Pinos.
Concluido el sexenio de la soberbia y la tiranía, la entidad registró un nuevo rumbo en la forma de ejercer la política y proyección de imagen personal del nuevo gobernante.
Irradiando simpatía, rompiendo corazones entre las féminas y con la sonrisa a flor de labio asumió el Poder Ejecutivo Estatal el ingeniero EUGENIO HERNANDEZ FLORES.
El color del sexenio cambió la camisa azul rey por el verde en la corbata, la baja estatura por la superior a 1.80, sin la presencia, aparentemente, de malsanos complejos.
A pesar de todo, el golpe de timón no fue suficiente para lanzar por la borda hobbies costosos con cargo -desgraciadamente- para los contribuyentes tamaulipecos.
Los paseos a caballo y en motocicleta fueron práctica común en el sexenio que termina, bajo el falso argumento de reuniones de trabajo entre gobernantes y grupos empresariales para promover la inversión en Tamaulipas.
Del mismo modo, la ambición por el dinero es un elemento que no cambió el actual período constitucional. Al igual que TOMAS YARRINGTON, EUGENIO HERNANDEZ aprovechó las ventajas del poder para manejar a su antojo el millonario presupuesto asignado a las arcas estatales, dando como resultado su exagerado y explicable enriquecimiento.
La avaricia le impidió ocultar el encanto de la serpiente, por lo que su sexenio y forma de gobernar será recordado por su incumplimiento de promesas, poca seriedad y, sobre todo, falta a la palabra.
Una gran diferencia hace la diferencia, valga la redundancia: EUGENIO tuvo mejor visión para ocultar sus indiscutibles malos manejos, superando a quien se supone tiene mayores conocimientos sobre economía y finanzas.
No obstante, a ambos los identifica un factor común: los podrán acusar de ratas más no de tontejos.
Y hasta la próxima.
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