La estadística se constituye como arma de dos filos, porque de igual manera nos permite saber el comportamiento, por ejemplo, de la sociedad, que en exagerar o minimizar alguna situación. De acuerdo con la manera que se manejen los datos es el resultado mediático.
Pero hay datos que realmente espantan en toda la extensión de la palabra, y cuando se habla de violencia de género, simple y sencillamente resulta inadmisible que seamos una nación de golpeadores, aunque haya mujeres que sepan hacerse justicia, golpeadoras, que delinquen y demás.
El estado de Hidalgo, por ejemplo, establece según información publicada en la prensa nacional que 7 de cada 10 mujeres sufre violencia, y que las organizaciones civiles de aquel estado buscan crear la figura legal del “feminicidio”, para que se tenga una aplicación de la justicia un poco más clara y que, redundantemente, haga justicia a las féminas maltratadas.
Dicen que cada agresión deja en promedio pérdidas económicas de mil 500 pesos a la semana, o sea, el daño psicológico físico, y agregue el económico. Poco o nada se hace para evitar estas prácticas.
Y la diputada panista Josefina Vázquez Mota recuerda que en el país cada 15 segundos se registra una agresión a una mujer. 4 por minuto, o sea, 240 por hora que también suma 5 mil 760 al día, y si nos vamos un poco más, diríamos que la estadística arroja ¡2 millones, 102 mil 400 mujeres agredidas!
No todo es golpe físico: el maltrato emocional, intimidación, abuso sexual y otros están presentes, según la legisladora blanquiazul, en los hogares mexicanos.
¿Qué estamos haciendo al respecto?
El discurso es interesante, brillante, emotivo y enérgico: ¡No más violencia para la mujer!, pero dicho sea con toda honestidad: de ahí no salimos. Es como escuchar aquello de los “daños colaterales” o de las “condolencias rutinarias”. Los varones tenemos la fama de ser agresivos y golpeadores porque tenemos grandes complejos y frustraciones, ideas equivocadas, pero también hay que entender que muchas mujeres sufren distintos tipos de violencia porque así lo han decidido.
Llegaban al Hospital General a atenderse, y cuando se les pedía que denunciaran, algunas decían: “no, ya que él me pega porque me quiere”, y como ésta, había muchas razones por las que llegaban así.
Sin lugar a dudas, quien abusa de un ser humano físicamente menor o con capacidades limitadas no merece clemencia: deberían imponerle penas muy severas, y a veces se antoja que deberían aplicar la ley de Tailón, que tiene como base el “ojo por ojo, diente por diente”, es decir, que les hagan lo mismo que hicieron.
Claro, eso no quita lo retrógrada a quien lastima ni el trauma a quien sufre este tipo de violencia, y eso lo tenemos más que claro.
Según el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informatica, dos de cada tres mujeres son víctimas de violencia a manos de su pareja; más de medio millón en el ámbito urbano fueron amenazadas por sus parejas con matarlas.
Esa es la realidad que tenemos que enfrentar… y aliviar, porque de nada sirve la energía de los discursos “bonitos” de quien gobierna si no hay castigos severos para quien comete estos ilícitos.
Duele leer el testimonio de Guadalupe, quien dice: “fui agredida por él desde los primeros días en que me embaracé de mi primera hija, hace 26 años, y eso nunca cambió. Debí dejarlo a tiempo…”.
Algo se debe hacer al respecto, y seguramente, quienes conforman la LXI legislatura local buscarán la manera de cambiar las estadísticas, aunque la principal labor debe emanar de la casa, del hogar donde debemos dejar de “enseñar” a la mujer que el hombre es el pilar de la casa, el bastión, la autoridad, porque siempre hemos sido de la idea que los privilegios y responsabilidades, cuando uno contrae nupcias, se deben compartir, y ni ella es propiedad de él ni él de propiedad de ella: ambos somos iguales y tenemos los mismos derechos.
Debemos dejar de enseñar a las hijas que deben sumisión al marido, y a ellos, abrirles la mente para que acepten la maravilla que es una mujer con sus virtudes y defectos, y que tiene tanto valor en una relación como él mismo.
Aprender a valorar, a dimensionar las consecuencias de una buena o negativa relación nos ayudará a evitar muchos casos de violencia de género.
En este sentido, seguramente que diremos adiós a las famosas “cuotas” de cargos de elección popular, de puestos y posiciones, porque, cuando ambos nos consideremos iguales, las oportunidades en todas las actividades de la sociedad tendrán dos protagonistas: él y ella, con la misma valía y posibilidades de ser lo que desean ser.
El éxito y al felicidad no tienen género, la valoración del ser humano tampoco, y seguramente, ante los ojos del Creador, seguimos siendo como nos enseñaron hace miles de años, en aquellos tiempos: iguales a los ojos de Dios.
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Atentamente: Mtro. Carlos David Santamaría Ochoa ¡Ten un buen día!