Cierto es que hemos avanzado mucho en nuestro país en cuanto a preparación académica se refiere; si bien es cierto que seguimos siendo una nación con bajo índice educativo, los pequeños –muy pequeños- pasos que hemos dado nos permiten ufanarnos ya de no ser un país con nivel académico promedio de tercer grado de primaria, o al menos, eso era hace unos quince años.
Es probable que hayamos subido a cuarto, o con mucha suerte, a quinto, que no es lo más deseable para ningún gobernante, cuando sabe que su país tiene esos niveles tan bajos, aunque muchos consideran que el nivel bajo obedece mucho a estrategias políticas, porque cuando un pueblo aprende a leer, se cultiva y educa, entonces exige lo que debe, y los gobernantes ya no pueden jugarnos el dedo en la boca como sucede actualmente, cuando vemos que los “daños colaterales” y otras cosas más no son significativas para la autoridad.
El caso es que, para muchos, la lectura constituye uno de los mejores argumentos para mejorar; podemos aprender prácticamente de todo, gracias a los conocimientos adquiridos por los libros.
Existe un parámetro para medir la capacidad lectora de una nación: las pruebas PISA de comprensión lectora, es decir, Programa Internacional de Evaluación de Estudiantes, perteneciente a la OCDE, y que en el año 2000 otorgó a México 422 puntos; en 2003 obtuvo 400 t en 2006 410, o sea, fuimos como los cangrejos: para atrás.
Hay especialistas que consideran que nos falta mucho para ser un país lector, y se advierte que la población no tendrá la preparación que requiere para enfrentar los retos del nuevo milenio, por la misma razón.
Para la Organización de las Naciones Unidas –ONU-, en el año 2006 México ocupó la posición 107 de 108 posibles en cuanto a hábitos de lectura. Japón, según la misma ONU tiene un 91 por ciento de cobertura en este rubro, y Alemania el 67 por ciento de sus habitantes, así como el 65 por ciento de Corea del Sur. Nosotros, olímpicamente, tenemos un 2 por ciento según este estudio.
Ante esta situación, echamos mano de la encuesta nacional de lectura de hace cinco años, es decir, 2005, que indica que cada uno de los mexicanos leemos 2.9 libros al año; INEGI se queda más corto: 2 libros al año, y un promedio de tiempo de 1.2 horas de lectura a la semana. Imagine el lector qué tipo de hábitos tenemos y por qué somos lo que somos.
Y gracias a esa ignorancia generalizada, padecemos las barras de programación televisiva llena de emisiones que parecieran hechas por idiotas, protagonizadas por idiotas y como meta un público de las mismas características. No es que no hagan reír, pero vemos tristemente que para tener éxito en la llamada “pantalla chica” o “caja idiota”, se requiere hablar a medias, caminar torpemente, y si se es mujer, hablar como tonta y enseñar más de lo que fuera prudente: las chicas de las comedias aparecen con faldas minúsculas, hablando como si tuvieran problemas de aprendizaje y además, coqueteando con todo lo que se mueve. Es obvio que el albur forma parte sustancial de este tipo de programas.
¿No aspiramos a más?
En este sentido, seguros estamos que las autoridades de cultura en la nueva administración saben que la problemática es nacional y no únicamente de nosotros, sin embargo, hemos de acelerar el paso para propiciar que nuestros niños crezcan con libros y no suceda lo que a muchos de nosotros, que al llegar a la secundaria o bachillerato nos asustamos al ver la cantidad de lecturas que había que hacer, y seguramente, buscamos la manera de hacer uno que otro movimiento (trampa) para aprobar sin tener que leer.
Llegan los jóvenes a las universidades públicas sin la costumbre y disciplina lectora. Urge tomar medidas adecuadas.
En la primaria Lauro Aguirre la profesora Cisneros Mandujano motiva a sus chicos a leer otorgando puntos en sus evaluaciones; ellos llevan un control de lecturas mensual, y se premia a los que más leen, lo que constituye una motivación importante.
Hay profesoras y profesores que buscan otras acciones para que los muchachos aprendan a leer, pero si no comenzamos con el fomento de este hábito en casa, difícilmente podremos ver a nuestros hijos avanzar, y si llegan a estudiar un posgrado –lo que es ya más que normal- se van a dar de topes por no saber leer adecuadamente.
Lemas, campañas, estrategias, costumbres.
Muchas cosas son las que se deben instrumentar, aunque para ello se tenga el riesgo de que la gente se dé cuenta de muchas cosas que la ignorancia oculta: es casi seguro que cuando cambien los hábitos de lectura y todos tengamos un poco más de eso que se dice llamar “cultura”, tendremos mayor conciencia y también una mayor exigencia para quien nos gobierna.
Entonces, los pueblos comenzarán un cambio irreversible, un cambio que nos llevará a otros niveles de vida, y no estaremos quizá peleando como perros y gatos en un congreso por una iniciativa o una votación.
Tendremos otro nivel como nación, y seguramente, nuestros gobiernos también lo tendrán, porque si no, se tendrán que ir, y otros tomar su lugar.
La lectura es un buen pretexto para partir, para comenzar el viaje por la vida, pero hay que fomentarlo en los nuestros.
Comentarios: [email protected]
Atentamente: Mtro. Carlos David Santamaría Ochoa ¡Ten un buen día!