MÁS por tradición que por un verdadero deseo fraternal se sigue llevando a cabo en algunas ciudades fronterizas norteñas tamaulipecas el abrazo de la amistad a mitad de cruces internacionales.
Nuevo Laredo, Reynosa y Matamoros son los municipios en donde ese falso acto socialero genera comentarios encontrados y polariza la opinión ciudadana.
Como los tiempos y las circunstancias han cambiado radicalmente en la última década, es tiempo que las autoridades mexicanas asuman su verdadero papel de representantes populares y hagan notar el verdadero sentir de los tamaulipecos y de los mexicanos.
El inicio del Charro Days en la frontera sur de Texas y las Fiestas Mexicanas en el norte de Tamaulipas contemplan en sus respectivos programas el abrazo fraternal y el grito de júbilo.
Sin embargo, actualmente, nada más alejado de la realidad en lo que respecta a una verdadera relación de hermandad entre ciudades y países limítrofes en esta región del continente americano.
Resulta una verdadera farsa y una absoluta falta de respeto, principalmente para los ciudadanos aztecas, el hecho de pretender simbolizar una estrecha relación comunitaria entre ciudades y gobiernos estadounidenses y mexicanos.
Las deportaciones masivas y trato delincuencial hacia quienes su único pecado es buscar mejores condiciones de vida mediante el trabajo es el pan de cada día en la relación bilateral México-Estados Unidos.
Cierto es que las leyes migratorias extranjeras deben acatarse y respetarse, pero de ahí a imponer castigos severos y trato en ocasiones inhumano son hechos que no manifiestan ninguna fraternidad ni hermandad.
Luego entonces ¿cómo es que siga manteniéndose esa tradición que quizás antaño sí reflejaba solidaridad pero que actualmente es todo lo contrario?
Desde luego que el supuesto o real asedio del terrorismo hacia el país más poderoso del orbe ha obligado al gobierno yanqui a endurecer sus dispositivos de seguridad, incluyendo la vigilancia extrema de quienes cruzan las fronteras y se internan en su territorio.
No obstante, como dice el dicho y dice bien, lo cortés no quita lo valiente, por lo que un trato más cordial a los residentes fronterizos, por ejemplo, sería una muestra de una verdadera relación de cordialidad entre vecinos.
Tan simple como entender que el ciudadano mexicano que ha sido elegible para obtener una visa de no inmigrante no necesariamente debe ser equiparado con un terrorista en potencia.
La relación económico-social que singulariza por tradición el lazo entre ambos países debería reflejarse en los puntos de inspección migratoria y no mediante un gesto que no refleja la realidad.
Si al menos los alcaldes fronterizos aprovecharan el momento y durante el “abrazo de la hermandad” expusieran el verdadero sentir de los mexicanos, de algo servirían esos espacios del programa del Charro Days y las Fiestas Mexicanas.
Desde luego que una óptica distinta ubica esos festejos como actos cívicos y no necesariamente como reuniones de tipo político, por lo que una postura distinta al espíritu de los mismos estaría fuera de contexto.
Olvidar excesos y abusos migratorios o pasar por alto la negativa del gobierno estadounidense para sellar sus fronteras e impedir el paso de armas y recursos provenientes del tráfico de estupefacientes no es una postura digna de un gobernante, sin importar su nivel de gobierno.
En nada afectaría la presunta relación afectiva entre Matamoros y Brownsville, por ejemplo, si el edil local aprovechara el escaparate o caja de resonancia para asumir una actitud nacionalista.
Cabe señalar que en muchos de los casos el oropel no es suficiente para transmitir un verdadero sentimiento o el real estatus de una tradición como la que nos ocupa y que ya no es acorde con la realidad.
Las vejaciones a los connacionales inmigrantes y la carnicería en México con armas procedentes del país más belicista del planeta son hechos lamentables que no sustentan una verdadera hermandad entre ambas naciones limítrofes.
Tienen razón quienes opinen que existen otros foros e instancias para tratar ese tipo de asuntos de carácter binacional y no necesariamente en una fiesta fronteriza.
Sin embargo, también la tienen quienes comulgan con la idea de que se requiere de un cambio de formato en ese tipo de festividad en donde, hipócritamente, se ensalza la fraternidad y la hermandad.
No hay que olvidar que para la primera potencia mundial los socios y los amigos pasan a un segundo término cuando la prioridad son sus intereses.
Si los tiempos y las circunstancias han cambiado no se estaría faltando al respeto y soberanía entre ambas naciones por el hecho de fijar posturas de orden social.
La participación directa de la instancia gubernamental en su primer nivel, en ambos lados de la frontera, justifica en automático cualquier reclamo popular.
Por supuesto que la mejor opinión la tiene el estimado lector y el radioescucha.
Y hasta la próxima.
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