Óptica/Gastón Monge *Unas leyes a la gringa

Luego de semanas de debate y de discusiones en torno a la forma en que se debe tratar y ‘proteger’ a los migrantes extranjeros que utilizan nuestro país para llegar a Estados Unidos, por fin el Senado aprobó la tan anunciad Ley que en el fondo parece una réplica de la Ley Arizona que se aplica en Estados Unidos.
No entiendo cómo es que en un país que exige a Estados Unidos que deje de violar los derechos de esos millones de mexicanos que habitan de manera indocumentada (no ilegal porque no es lo mismo), ahora pretenda imponer una similar que sancione a personas que los contraten y que abogue por la denuncia en su contra, cuando se presuma que es extranjero indocumentado.
La ley ya fue aprobada y solo falta que la Cámara de Diputados la tenga en sus manos para convertirla en iniciativa de Ley que sin duda alguna será puesta en vigor en cualquier momento.
Ya el obispo de la Diócesis de Nuevo Laredo, Gustavo Rodríguez Vega la calificó de inhumana y de ser una réplica de la Ley Arizona, porque en el fondo será discriminatoria y pudiera ser utilizada por grupos racistas que también los hay en México, para aprovecharse aún más de esas pobres personas que solo desean mejorar sus condiciones de vida, al igual que los mexicanos que logran cruzar la frontera para llegar al vecino país.
¿En dónde está la ventaja para ellos? ¿En dónde está el derecho y la defensa de los derechos humanos de esos migrantes?
Con ello no quiero decir que la frontera sur debe ser libre y sin restricciones, pero creo que antes que formular leyes para detener la inmigración indocumentada extranjera, se deberían combatir los vicios y los excesos, el abuso y la enorme corrupción que existen al interior del Instituto Nacional de Migración en la frontera sur.
Aplicando la norma y el derecho como deben ser, no se necesitarían nuevas leyes para frenar la inmigración indocumentada en el país.

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Lo que resta de la familia Reyes Salazar, oriunda de Guadalupe Bravo, Chihuahua, se encuentra en protesta frente al Senado de la República, por la pésima actuación de los titulares de la dependencia que no pudieron, o no quisieron proteger y hacerse cargo del caso, cuando aún lo podían hacer.
Pero ahora que varios de sus integrantes se encuentran desaparecidos o muertos, más difícil será que la dependencia les haga caso, por lo que la vida de esas personas está expuesta a que les ocurra lo mismo que a los últimos tres familiares que el 7 de febrero desparecieron.
Sigo insistiendo que en nuestro país las leyes no solo son injustas, sino que adolecen de hombres y mujeres capaces de aplicar la justicia cuando y como debe ser, por lo que esperar a que nuestras autoridades actúen con rapidez en la investigación de un caso, es pedirle peras al olmo, porque no investigan, y si no lo hacen, menos podrán resolver algún caso. Por eso digo que vivimos en un país de simulaciones, en donde los muertos son los únicos que no simulan estarlo.

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Me sorprendió el que el Día de la Bandera, es decir, el 24 de febrero, el asta monumental de 100 metros de altura que se erige en el parque Morelos, no haya tenido bandera ese día, y más que sorpresa fue un insulta a nuestra mexicanidad que los responsables de haberla colocado, se les haya olvidado hacerlo.
No es cierto que había una pequeña bandera a la que honraron, aunque parece que por la tarde erigieron una que no merecía estar en dicho lugar. Varios comentarios surgieron en torno a ese lamentable hecho, de haber festejado el Día de la Bandera sin una bandera por festejar.
Aquí, en donde nace nuestra mexicanidad y nuestro patriotismo, es donde debe lucir gallarda nuestra Enseña nacional, y ver de frente hacia el norte, y voltear de vez en cuando hacia el sur, aunque como dijo Octavio Paz en su famosa ‘Posdata’: “Sonrientes o coléricos, con la mano abierta o cerrada, nos Estados Unidos ni nos miran ni nos oyen, pero caminan, y al caminar se meten por nuestras tierras y nos aplastan. Es imposible detener a un gigante. No lo es, aunque tampoco sea fácil obligarlo oír a los otros. Si escucha, se abre la posibilidad de la convivencia (1976)”.