Victoria y Anexas/Ambrocio López Gutiérrez/LA MAESTRA CHELA.

Ni la algarabía de la feria victorense, ni las noticias sobre los comicios de Michoacán, ni las secuelas por el atípico accidente donde murió el bajacaliforniano José Francisco Blake Mora lograron amortiguar el impacto provocado en la región por el fallecimiento de la profesora Adela Graciela González Blackaller, coahuilense de origen y tamaulipeca por decisión propia; ella está ahora en otra dimensión leyendo los poemas que más le gustan o emborronando cuartillas de los cuentos que le quedaron pendientes en el más acá.

La maestra Chela como le llamábamos quienes tuvimos el privilegio de tratarla en vida, partió poco antes de cumplir sus primeros 90 años y contaba que había publicado su primer poema en un diario de su natal Saltillo cuando apenas tenía 16 años y lo firmó con un seudónimo porque en su juventud era mal visto que una mujer se dedicara a la escritura; aunque era irreverente en muchos aspectos, se portaba juguetona con los vocablos y a veces nos reprendía cuando se mencionaba, por ejemplo, la palabra miembro.

No platiqué lo suficiente con ella (no alcanzaba el tiempo para gozar de la charla de esa mujer tan brillante), sin embargo, recuerdo anécdotas sueltas que soltaba entre sus escuchas como aquella de cuando, siendo pequeña, visitó con su padre (quien era funcionario educativo) al presidente Lázaro Cárdenas del Río al que recordaba afectuoso y tierno con los niños; Chela contaba emocionada que el general michoacano la tuvo sentada en sus rodillas.

En una etapa de su vida vivió en la capital de la república y a unas cuadras de su domicilio vivía el legendario actor Pedro Armendáriz a quien las muchachas de su época le tenían verdadera veneración; decía Graciela que su madre le tenía prohibido saludar al artista porque vivía solo en un departamento y entonces era pecaminoso dedicarse a los escenarios; riéndose de sus propios recuerdos, comentó que un día se armaron de valor varias chicas y tocaron la puerta del astro cinematográfico quien salió y, cuando les iba a dar un beso tembló la tierra; ellas creyeron que era un castigo del cielo por desobedecer a sus madres.

Siendo muy joven ejerció la docencia en el entonces territorio de Baja California, en una comunidad donde había una colonia rusa cuyos jóvenes acostumbraban emborracharse con frecuencia y, ya entrados en copas, se robaban a la que alguno de ellos quería de pareja; un día le avisaron que se saliera de la casa porque los rusos andaban ebrios y uno de ellos quería robársela; recordaba que estuvo escondida en un montecillo cercano a su casa de maestra hasta que llegó su inspector del pueblo cercano a salvarla de su anónimo enamorado.

A Chela le gustaba jugar con las palabras, los párrafos, las páginas eran su vida y gozaba compartiendo su pasión por la poesía y la narrativa; personalmente le agradecí siempre que me haya aceptado en el taller de literatura que impartió muchos años bajo el auspicio de la UAT donde aspirantes a escritores de todas las edades compartieron sus textos y se expusieron a sus críticas aunque al final siempre decía que el texto era de quien lo producía pero que todo mundo debía cuidar el manejo del lenguaje.

Personajes de todos los ámbitos manifestaron su solidaridad con los deudos de la maestra González Blackaller; el gobernador Egidio Torre Cantú y su esposa María del Pilar González extendieron el pésame correspondiente al igual que otros personajes públicos de la entidad; el lunes, en la funeraria me tocó ver desfilar frente al ataúd de la escritora al diputado José Antonio Martínez Torres, a la pintora Laura Xóchitl Montserrat Casamitjana de la Hoz, a la comunicóloga Carmen Quiroga Echavarría, a la socióloga Margarita Santiso Espinoza y decenas de familiares y amigos.

El martes, antes de su partida, escritores y artistas locales improvisaron una lectura en su honor; qué mejor homenaje para una escritora que leer sus textos; ahí estuvieron, entre muchos más: la dramaturga Lorena Illoldi, la poeta Celeste Alba Iris, el actor Demetrio Ávila, la historiadora Clara García y la actriz Sandra Balderas; participaron con canto, declamación y lectura algunos familiares de la ilustre mujer; también se hicieron presentes el promotor cultural Héctor Romero, el fotógrafo José Luis Pariente y la articulista Libertad García.

Graciela González Blackaller (Saltillo, Coahuila, 1922 – Victoria, 14 de noviembre, 2011) poeta y dramaturga avecindada en la capital del estado, fue creadora de importantes proyectos que impulsaron el desarrollo literario en Tamaulipas; desde 1995 coordinó el Taller de Literatura en el Campus Victoria de la Universidad Autónoma de Tamaulipas; fue fundadora del Círculo Literario Ignacio Manuel Altamirano de Ciudad Victoria y primera lectora del Taller Literario “Lapislázuli”.

Entre sus obras publicadas destacan Lapislázuli (Poesía, 1968), Contra reloj (Poesía, 1989), Samperio no existe (Cuento, 1989) y Cuatro viajes (Cuento, 1995); laboró en diversas instituciones educativas y ocupó cargos importantes, como la dirección del Departamento Editorial del Instituto Tamaulipeco de Cultura (1988-1992), directora de la Revista “En la cultura” editada por el Gobierno de Tamaulipas (1988-1992); hasta siempre Chela.

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