Óptica/Gastón Monge *Reporteros con frontera y El efecto ‘sándwich’

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Por casualidad me encontré con un artículo que escribí hace cuatro años, y que hace referencia a las dificultades que ya desde entonces se presentaban a esta noble labor de la información, con sus consiguientes efectos traducidos en censura, autocensura y baja autoestima en la labor periodística.
A cuatro años de distancia me doy cuenta que no estaba equivocado en mis apreciaciones, y por el contrario, veo con pena que el placer de escribir y redactar una nota, se han perdido casi por completo en esta ciudad y gran parte de Tamaulipas, debido a eso que llamo el efecto ‘sándwich’, concepto subjetivo que con frecuencia nos limita el quehacer periodístico, nos mutila la creatividad, nos coloca barreras y fronteras que nos impiden avanzar, y lo peor, nos obliga a hacer uso de la autocensura, cuando aún la censura no nos impide tomar la pluma con libertad.
Al ver esa nota, recordé que ese periodismo que aprendí a hacer hace más de 30 años en las aulas universitarias, y que compartí con mis alumnos también en las aulas universitarias, ya casi no se practica y está a punto de desaparecer, por lo que el trabajo del periodista de estas latitudes, a través de notas, comentarios, imágenes y fotografías, ya no generan debate ni crítica ante los grandes problemas nacionales, estatales y locales, porque está convertido en un vehículo transmisor y reproductor de noticias banales, simples, huecas y carentes de veracidad.
Con esta actitud pasiva, entreguista y temerosa, ya no le ofrecemos al ciudadano la oportunidad de conocer el país en el que vive a través de noticias objetivas y reales, que solo un periodismo libre y sin ataduras puede ofrecer.
Para un periodista libre y objetivo, los asuntos pequeños y a veces sin importancia para el gobierno, son a veces los que mayor interés pueden tener para un periodista y para la sociedad, pero solo cuando se toca el asunto de manera adecuada y con profundidad profesional.
Desafortunadamente, en México, en Tamaulipas y en esta frontera, no existen las condiciones como para emprender un periodismo libre e independiente, debido a todo un aparato y sistema político y económico responsable de censurar lo que le afecte, lo que nos obliga a callar y a detener nuestros impulsos profesionales.
Creo que ante este dilema, quienes nos dedicamos a la información, deberíamos tener en claro a qué nivel pertenecemos en el campo del periodismo; si somos simples reporteros que nos dedicamos solo a ‘cubrir’ la información oficial, sin mayores complicaciones que reproducir lo que otros nos dicen, o si queremos ser periodistas capaces de ‘descubrir’ lo que los demás desean ocultar.
Sin duda que yo quiero estar en el segundo nivel, al igual que muchos de mis compañeros, y poder generar la información que la sociedad nos exige, aunque para ello debemos tener también muy en claro que al igual que los periodistas, la información que exigen los medios de comunicación la podemos ubicar en dos grandes bloques.
Están por un lado los que mantienen una línea editorial casi independiente, y que permite a sus reporteros explotar a fondo su creatividad, y hacerlos capaces de generar polémica y promover la participación social.
A este tipo de periodistas se les facilita el dominio de los diferentes géneros periodísticos que en algunas regiones del país, como Nuevo Laredo, ya casi se extinguieron por no haber noticias que sean del disfrute del ciudadano.
En esta ciudad, al igual que en otras de Tamaulipas y del país, el periodista ya no hace crónicas, ni reportajes, ni lleva a cabo entrevistas agudas que involucren a la sociedad y echen a volar su imaginación al generar un impacto social de muy alto contenido por su calidad informativa.
El segundo bloque de medios de comunicación al que me refiero es al de las empresas cuya línea editorial es totalmente dependiente del sistema político y económico, razón por la que se ve obligado a practicar la censura entre sus reporteros, matando su creatividad y robotizando su quehacer periodístico hasta convertirla en una fastidiosa rutina.
A estos medios, cuyos propietarios son por lo general empresarios y no periodistas, no les interesa el sentido periodístico ni la calidad de la información. Les interesa estar y quedar bien con el sistema que los mantiene, y hacen lo posible por servirles al máximo para no herir la sensibilidad de quienes les proveen de los medios necesarios para su subsistencia.
A ellos no les interesa una buena noticia, ni un estupendo reportaje, menos la crónica de una injusticia o la entrevista de un líder social, por tratarse de noticias incómodas que no reflejan sus intereses personales.
Desde mi punto de vista, dejar de ser periodista para convertirse solo en reportero, y trabajar para el segundo tipo de medios de comunicación, sería como dejar de apoyar las causas justas de una sociedad ávida de información, dejar de promover la participación social, el reclamo y la indignación, hasta evadir esa parte de responsabilidad que como periodistas que somos, debemos tener para ser parte de la solución de los problemas que nos quejan también como ciudadanos.
Pero en el quehacer periodístico de todos los días, sobre todo cuando pretendemos ser periodistas, no se trata de convertirnos en víctimas, en héroes o en mártires de la información. Sería impensable que algún editor nos lo pidiera o exigiera.
Más bien, debido a nuestra enorme vulnerabilidad ya la falta de apoyos institucionales que protejan nuestro oficio y nuestra frágil humanidad, nuestro quehacer nos obliga a caminar todos los días en terreno minado, debido a la incapacidad y en ocasiones a la falta de voluntad de nuestras autoridades, de garantizar nuestra seguridad y respetar nuestro oficio y nuestro derecho a la libertad de expresión y de información.
Esta ‘debilidad’ nuestra se traduce en ocasiones den crisis e información hacia la sociedad, y provoca a la par una evidente crisis de credibilidad en lo que escribimos o lo que decimos, porque no es lo que la sociedad quiere saber, sino lo que los propietarios de los medios de comunicación desean que sepan.
Por ello es que desde mi punto de vista, es mucho más grave ocultar una verdad que decir una mentira, y eso le hace mucho daño a la sociedad.

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Hasta mañana
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