Habemos personas de todo tipo: buenas y malas, regulares, tramposas, mentirosas, fraudulentas, patéticas, misóginas, feministas, machistas, agresivas y demás, y eso lo sabemos todos, pero la gente que se odia a sí misma, definitivamente no tiene cabida en ningún rincón del mundo.
Lo anterior, por la desagradable experiencia vivida en Calatayud, un hermoso pueblo de Zaragoza, en Aragón, en la espera de l inicio de la XIX exaltación del tambor y el bombo, que no es más que una convivencia de Cofradías (grupos de corte religioso), mismos que se reúnen en la plaza principal para entonar sus piezas a base de instrumentos de esta índole.
María estaba sentada junto al columnista: una mujer que fácilmente ronda los ochenta y tantos años, menuda de estatura (como un Gorrión, diría Serrat), y con la angustia en cada célula, propiciada, quizá, por la histeria y neurosis de una mala nuera, mala mujer y mala madre: todo encapsulado en un ente de talla grande, rubia artificial, y con ademanes y modos dignos de todo… menos de un ser humano.
María estaba mal porque ya la paraba de la banca, ya la sentaba: “María, vente”, “María, para acá”, “No, María, no puedo, estoy viendo a los niños” y mil una frases que, acumulándose propiciaron ira, enojo, coraje y decepción por quien debió tener un poco del instinto de madre que todo ser del sexo femenino tiene –hasta las perras- y que definitivamente nunca mostró.
“Entre los hijos, el trabajo y los viejos, me van a matar”, dijo encolerizada, luego de gritarle y regañarla, humillarla y vejarla públicamente en más de tres ocasiones seguidas, al igual que a su madre.
Tenía toda la facha de neurótica, eso no tiene duda, pero, ¿tratar a los viejos así? No somos partícipes de que se les coloquen etiquetas como “ancianitos”, “abuelitos”, “personitas” y demás: son seres humanos tan importantes y valiosos como todos, y merecen nuestro respeto: ni minimizarlos ni solapar sus cosas, pero sobre todo, RESPETO.
Olvidó Teresa –sí tenía nombre la hiena- que la madre de Luis, su marido, es una persona –PERSONA, repetimos- con todos sus derechos humanos vigentes, y el que nos convirtamos en el ocaso de nuestras vidas en dependientes de los hijos, nueras o yernos, no quiere decir que nos puedan tratar con la punta del pié, porque eso no es humano.
María entró en crisis, y Teresa, solo apostó a prender un cigarrillo y voltear, para volver a decir: “ya me tiene harta, no aguanto, debería de llevársela de aquí su hijo”, entre otras cosas.
Posterior al cuadro desagradable, llegó Luis, un hombre típico español, de buen semblante y miró con ojos de amor a María; acarició su blanca cabellera y la abrazó; luego, cuando iniciaron los tamborileros, le dijo: “vente, vamos a por un café, que aquí habrá mucho ruido para vos”. La levantó con una amorosa fuerza y un inusitado cariño, y la llevó a guarecerse, no del ruido de los cientos de tambores, sino de los gritos histéricos de Teresa, la hiena a quien eligió por esposa y que se ha olvidado que ella llegará a esa edad, y ¿entonces?
Los hijos, ¿le darán una patada en el c… -trasero- como dicen ellos?
Que merece eso y más, sí, lo afirmamos, pero los hijos no podemos juzgar ni castigar, menos someter a nuestros padres cuando se convierten en ancianos.
Ellos dedicaron sus mejores años a nuestra formación: a ser lo que somos, así de claro, y por ellos, tenemos lo que hemos logrado: por sus bases.
Hay que pensar en aquel dicho: “Como te ves me ví, como me ves, te verás”, y no pensar en la “recompensa” fallida de los hijos, sino en que debemos fomentar en ellos el amor a nuestros queridos viejos, los viejos de todo nuestro corazón y de todo nuestro respeto.
Hay viejos excepcionales, y los que no, es porque les hemos orillado a ser defensivos y nerviosos. Decía la hiena esa que prefería a los niños que cuidar “viejos”, así en forma despectiva. Ya se le verá cuando ronde los 65 o más y se haga vieja físicamente, porque su corazón y su mente ya han envejecido en forma irremediable, y se han llenado además, de odio, a los demás, pero sobre todo, a sí misma.
¡Cuidado con esas actitudes, que se nos regresan!
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Atentamente:
Carlos David Santamaría Ochoa Ph.D.
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