Entre Nos/Carlos Santamaría Ochoa *Viajar a 300 kmh

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Como todo mundo, la velocidad nos apasiona pero le tenemos –o tememos- mucho respeto, dado el resultado de las estadísticas en las que se involucra a ésta con los viajes, sin embargo, no todo en la vida resulta tan peligroso.

Hemos visto información del Japón algunas partes de Oriente donde sus trenes bala viajan a velocidades que no imaginamos; en Europa existen trenes de alta velocidad, y en España la compañía Renfe tiene el famoso AVE, cuyas letras nos llevan a su descripción: alta velocidad.

Llegar a la estación ferroviaria es todo un acontecimiento. Las estaciones en diversos lugares tienen, por una parte, la sección ferroviaria y por la otra las dársenas o “cajones” para que los autobuses se estacionen, es decir, puede uno optar por el tren o el autobús sin problema alguno.

En el caso del AVE, resulta curioso verlo en la estación: su forma es como una bala: picudo, plateado, pero ante todo, muy cómodo, ya que la infraestructura con que está dotado resulta un buen ejemplo de para qué es el dinero: vale lo que cuesta, pues.

Y salir de Huesca rumbo a Zaragoza y Calatayud es interesante cuando el “monstruo de hierro” alcanza los primeros 110 kilómetros por hora, sin embargo, no para ahí la cosa: hemos llegado a circular a la velocidad de 301 kilómetros por hora. Hay algunos trenes AVE que no paran en estaciones que tuvimos oportunidad de cruzar, y solamente se les ve zumbando, como una estela fugaz que pasa por las ciudades sin decir agua va.

Países europeos y de los Estados Unidos de América aún utilizan el sistema ferroviario para trasladarse, considerando que es más seguro porque no circulan en sus vías nada más que los trenes de ellos. En México tuvimos una interesante red ferroviaria que se murió lentamente, y al parecer, la infraestructura no será renovada en muchos años, pese a que nos han dicho que vivimos en una macroeconomía de ficción.

El transporte en ferrocarril podría ser también la solución a los problemas de inseguridad carretera en todos sentidos, porque se involucra a menos conductores entre otras cosas, y como hay menos cruces y paradas, el riesgo de tener inconvenientes es menor.

Entendemos que pensar en instrumentar de nueva cuenta este sistema implica dejar de invertir en otras cosas, aunque probablemente pudiera ser la solución, inclusive, pensando en que la iniciativa privada entre en su apoyo.

¿Imagina que los dueños de Transpaís o Senda fueran accionistas? Suponemos que inyectarían un buen capital y en una corrida de tren se llevarían el pasaje de 10 o 20 carros, aunado a los de horarios que hubiera para los trenes de carga, ahorrando probablemente combustibles, evitando contaminación y otorgando un sinnúmero de beneficios.

Claro, no somos ni economistas ni expertos en transporte, pero transmitimos la increíble sensación de llegar en un “tris” a nuestro destino.

Podría imaginar el lector que viva en nuestra querida y castigada Ciudad Victoria, y que trabajara, por ejemplo, en alguna de las muchas empresas de Monterrey, y levantarse a las 6 de la mañana para, a las 7:30, estar tomando el tren bala, el AVE o como le quiera llamar –El Correcaminos- y, en una hora, estar en la central de la Sultana del Norte para cumplir con sus obligaciones laborales para regresar por la tarde o noche a casa.

O también, por qué no, imagine que podemos, al salir de la escuela, ir a darnos un chapuzón a la Playa Miramar, o viajar a la Frontera en un santiamén.

Todo eso surge cuando vivimos la experiencia de viajar en un pequeño trozo de metal, a más de 300 kilómetros por hora, y que puede ser una buena o interesante propuesta al menos.

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