El milagro de Ratzinger
Ma. Teresa Medina Marroquín
“Lo más increíble de los milagros es que ocurren”
Gilbert Keith Chesterton
No cabe duda que los milagros existen.
Apenas y Benedicto XVI descendía del avión que lo trajo a tierras mexicanas y ya prácticamente estaba haciendo su primer milagro en nuestro país. Un milagro que, tal vez, estaba condicionado para que aceptara realizar su primer viaje a México.
“La presencia de Su Santidad entre nosotros adquiere un significado enorme en horas aciagas, en momentos en que nuestra Patria atraviesa por situaciones difíciles y decisivas… México también ha sufrido, Su Santidad lo sabe, la violencia despiadada y descarnada”, fue parte de la apertura del discurso de bienvenida del pasado viernes.
Así es, amable lector, me refiero al milagro de que Felipe Caderón Hinojosa acepte, al menos, las condiciones adversas en que vive nuestro país actualmente.
Joseph Aloisius Ratzinger se ha convertido en el primer hombre que obligue a nuestro presidente a reconocer que el nuestro es “un pueblo que ha sufrido mucho por diversas razones”, que el mexicano hace “enormes esfuerzos todos los días para llevar el alimento a la mesa de la casa, para educar a los hijos, para sacar adelante a la familia”.
Y eso, por sí solo, ya es un milagro.
Desafortunadamente la soberbia, la testarudez y la falta de apertura a un verdadero diálogo, tan sólo algunas de las características del Ejecutivo Federal, son las principales causas de la descomposición social por la que hoy atravesamos los mexicanos.
Por eso, ante un tejido social sumamente deteriorado como el nuestro es necesario reactivar el tejido espiritual.
¿Qué le costaba a Felipe Caderón desde un principio reconocer que “somos un pueblo que tiene valores y principios, que cree en la familia, en la libertad, en la justicia, en la democracia y en el amor a los demás. En valores que son fuertes como la roca”?
Si eso hubiera hecho, tal vez la historia de México hoy sería otra.
Por eso hoy nuestro país se desborda en un anhelo por encontrar la paz, por confiar en alguien que pretende despertar la fe, la esperanza y la caridad. Virtudes teologales que bien ayudarían a fortalecer ese tejido espiritual y que, por ende, permearía en el tejido social tan lastimado que hoy padecemos los mexicanos, insisto. Por eso hoy es tiempo de asirnos al bastión espiritual que significa el Ser Supremo.
Y allí está la muestra: miles de mexicanos dándole la bienvenida al Papa, al jerarca que representa a millones de católicos pero que, sobre todo, simboliza la parte espiritual de la humanidad, aunque a veces también se degrade.
Por cierto, otro milagro de la visita de Benedicto XVI fue que Andrés Manuel López Obrador haya perdonado a Felipe Calderón Hinojosa y dijera que ahora le “estoy extendiendo mi mano franca…le perdono a él en particular”.
Ahora sólo falta ver si Ratzinger le hace el milagro a Josefina Vázquez Mota de ganar las elecciones. Por lo pronto fue la única precandidata que pudo participar en eventos privados con el representante de San Pedro. Es lo bueno de pertenecer al partido del gobierno en turno.
Coscorrones papales.
Don Felipe Calderón tuvo que aguantar algunos coscorrones papales con frases como: “ningún poder tiene derecho a olvidar o despreciar” al referirse Benedicto XVI a la “inigualable dignidad de toda persona humana”.
Otro coscorrón fue cuando dijo: “rezaré especialmente por quienes más lo precisan, particularmente por los que sufren a causa de antiguas y nuevas rivalidades, resentimientos y formas de violencia”.
Y para rematar: “espero con toda mi alma que lo sientan también tantos mexicanos que viven fuera de su patria natal, pero que nunca la olvidan y desean verla crecer en la concordia y en un auténtico desarrollo integral”.
Calderón simplemente agachó la cabeza y tuvo que aguantar los coscorrones papales.
En fin, por ahora no me resta más que desearle una excelente semana; y recuerde ser feliz, junto a su familia será mucho más sencillo.
Hasta la próxima.
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