Tristemente, encontramos noticias referentes a plagio de información, principalmente, de corte científico, entendiendo como tal el hecho de que se ha generado la cultura llamada “copy paste”, es decir, que la gente busca e Internet, en los maravillosos buscadores de información sobre temas que les han encargado o que tienen interés en manejar, y únicamente marcan el texto, lo copian y lo pegan.
No es malo tomar texto de otros autores siempre y cuando se cite la fuente, o sea, uno puede manejar la opinión o concepto de tal o cual investigador, siempre y cuando diga PUNTUALMENTE que es de él, lo que seguramente enriquecerá el trabajo que se hace.
Sin embargo, llamó la atención la noticia aparecida en la prensa internacional sobre el presidente de Hungría, Pál Schmitt, aliado del primer ministro conservador nacinalista Viktor Orban, quien anunció en Budapest su dimisión después de que una universidad de su país le retirara el título de doctor, argumentando que plagió gran parte de su tesis.
Explica la nota: “el proceso que culminó con la caída de Schmitt comenzó en enero pasado cuando la revista HVG aseguró, tras analizar su tesis doctoral, que fue copiada de diversas fuentes sin ofrecer las citaciones pertinentes”.
El consejo de doctores de la Universidad de Medicina Semmelweis de Budapest publicó un informe en el que ratifica que gran parte de la tesis fue copiada; el Senado de la institución decidió despojarlo de su título de doctor, sin embargo, el mandatario asegura que su trabajo fue honesto y su conciencia limpia, y recurrirá la medida ante las autoridades correspondientes.
Es una vergüenza que sucedan estas cosas, y más, cuando uno es protagonista: nos acusan de plagiar textos cuando no se tiene la certeza de que se hizo tal como se dice, y por otra parte, abundan en la comunidad investigadora los plagiadores.
En las aulas de la Universidad Autónoma de Tamaulipas procuramos que los muchachos no roben, no plagien, no copien: que siempre que tomen algún texto como parte de su trabajo agreguen la fuente, es decir, de donde y quien es la información, porque eso habla de ética y honestidad, valores prioritarios que debiéramos inculcar en nuestros estudiantes.
De que los hay, los hay: profesores e investigadores que se adjudican trabajos de investigación, que se enorgullecen de mostrarse como “autores” de libros que no escribieron, o los que de plano, usurpan nombres y se firman artículos que ni siquiera conocen. Eso es lo que hace daño a la investigación y debe ser erradicado a como dé lugar.
Hungría tuvo un caso y concluyó con la dimisión del presidente: hay que ver si se aplican estas medidas en todo el mundo, cuántos de los nuestros no quedarían en el aire y el deshonor, porque abundan los que se autoproclaman como autores de textos de otros, y eso, aunque unos lo llaman plagio, para nosotros es un vil y auténtico robo, robo intelectual, robo de ideas y de conceptos.
Cierto es que en la medida que pasan los años cada vez es más difícil encontrar algo original, porque los descubrimientos nos están dando menos posibilidades, pero de ahí a adjudicarnos, por ejemplo, los conceptos de Berló o de Aristóteles con su modelo retórico de comunicación, o pretender ser autores del modelo de Wilbur Schramm, sería un insulto verdadero a la inteligencia de quien lo lea.
Las universidades e instituciones de ciencia e investigación deben pugnar porque acaben estas malas prácticas, y quienes pretendemos incluirnos en las listas de investigadores, ser más honestos con nosotros mismos, con nuestra comunidad… con nuestros seres queridos.
Qué deshonor sería que un hijo llegue a casa y diga: “papá, el texto que escribiste y ganó un premio lo copiaron hace cien años: mira lo que encontré en este libro”. ¿No cree usted que daría mucha pena?
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