Entre Nos/Carlos Santamaría Ochoa *SMS… ¿de la muerte?

Los seres humanos somos curiosos: nos damos baños de pureza siempre que hay algo que criticar a los demás, o somos expertos en cualquier cosa que hagamos: cuando cocinamos, nadie lo hace mejor que nosotros, o cuando escribimos, pensamos que todos están mal menos nosotros… en el caso de las habilidades para conducir, abundamos los expertos que casi debiéramos estar conduciendo un automóvil fórmula 1, por la pericia que tenemos. Nada más falso que lo anterior.

Nos cuesta trabajo aceptar las limitantes que la experiencia, la edad, la vida o las circunstancias nos presentan, y en ese sentido, todos somos expertos para manejar.

Es increíble salir a la calle y ver que prácticamente todo mundo maneja con una mano y con la otra lleva el celular, navegando, enviando mensajes sin sentido al Facebook, contestando SMS o simplemente haciendo una llamada. Lo más importante, sin duda alguna, es la conservación de la existencia, y todos estos aspectos tienen que ver con el alto índice de accidentes automovilísticos.

Alguien nos manda un SMS y raudos lo contestamos, a sabiendas que “no necesitamos tener los 5 sentidos al 100 por ciento para manejar bien”. Todos nos pensamos expertos, y si alguien se molesta por un cerrón o porque invadimos otro carril, es “por desesperados”, o porque no entienden que somos tan buenos, pero tan buenos, que no necesitamos considerar a los demás, sintiendo que somos lo más importante del mundo.

Aclaremos: para cada uno de nosotros, lo más importante somos nosotros, son los nuestros, pero hay que recordar que tan solo en Ciudad Victoria hay en números redondos, 350 mil habitantes, y cada uno de éstos es tan importante como nosotros mismos.

Las autoridades de tránsito hacen caso omiso cuando ven a alguien conducir con el celular en la mano, máxime si se trata de algún automóvil de lujo, porque tienen miedo que, al aplicar la ley, las amistades o conocidos del presunto infractos puedan atentar contra su fuente laboral, o dicho sea en pocas palabras: temen aplicar la ley por la gran cantidad de influyentes que vivimos en la capital tamaulipeca.

Pero no nos hemos puesto a pensar que, si uno de esos conductores fuera nuestro hijo, hermano, padre o amigo, podría sufrir un accidente, que puede dejarle inhabilitado de por vida, y además propiciar daños a terceros, muchas veces, irreversibles.

¡Bueno fuera que solo se tratara de fierro! Eso se arregla con dinero, pero la existencia, la integridad física no tiene precio alguno.

Sería justo dejar de criticar a quienes nos critican, de pensar que están locos o amargados y tomar en cuenta que si vamos conduciendo y enviando mensajes o “posts” nuestras habilidades disminuyen. En todos aplica: no hay ninguno de los habitantes de esta ciudad que sea Supermán o Dios: todos tenemos problemas al hacer dos cosas a la vez. Habrá que priorizar y entender qué es más importante: mandar el mensaje o conducir y salvaguardar la integridad de cada uno.

Los padres tenemos la firme obligación de formar a los hijos, y en ese sentido, es URGENTE que les hagamos entender que no se debe hacer otra cosa cuando se conduce, que es jugarse la vida y la de los demás, por mucho que podamos ofrecerles o tener: el dinero no compra habilidades o la integridad de los nuestros. Los accidentes suceden sin distingo de raza, credo, nacionalidad o clase social y cultural.

Si nosotros no ayudamos a la autoridad –Tránsito, en este caso- no se podrá hacer mucho. Hemos de iniciar en casa la campaña para evitar este tipo de actitudes, y hacer que nuestros hijos, con toda la sencillez y humildad necesaria, entiendan que son seres humanos normales, y que deben dejar el celular en el estuche o funda mientras conducen.

Su vida está en juego, y no es exageración o mentira. Cuando alguno de los nuestros muere por ir conduciendo y enviando SMS, es cuando lo entendemos verdaderamente. ¿Para qué llegar a esos extremos?

Comentarios: [email protected]