Óptica/Gastón Monge *Los universitarios y la rebelión de la ideas

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La notable rebelión de conciencia que los jóvenes universitarios de varias instituciones en el país, están demostrando al salir a las calles en protesta por la ausencia de una democracia menos representativa y más abierta, ya trastocó los niveles de la apatía tanto oficial como de quienes se empeñaban en ignorarlos, así sea el mismo gobierno federal o los estatales, como los que representan a la mediana y gran burguesía de este país.
Pero sin duda alguna, y contrario a lo que muchos pensábamos, la revuelta en contra del ‘estatus quo’ no vino de las universidades públicas ni de sus estudiantes pensantes y revolucionarios.
La manifiesta inconformidad surgió del seno mismo de la burguesía nacional, de aquellos estudiantes cuyos padres tienen el dinero suficiente para mantenerlos en las mejores instituciones educativas del país.
¿Y qué es lo que ocurrió?, que estos juniors con un alto nivel de crítica y de análisis del entorno en el que viven, decidieron abrirse espacio por la vía pacífica y protestar por lo que consideran un atentado a sus libertades como ciudadanos.
Lo que ellos han logrado en muy pocos días no lo lograron las manifestaciones de colonos, ni de dirigentes políticos, mucho menos los partidos políticos ya sea de la izquierda conservadora o de la radical.
La rebelión de los universitarios no es ya un movimiento cualquiera, es ya una muestra del hastío en que vive nuestra sociedad ante las imposiciones partidistas, o como ellos dicen, cuando se vive en un estado de anomia al estilo durkheniano,
Bajo esta situación de plena inconformidad, los estudiantes son los voceros indirectos de aquellos sectores sociales eternamente marginados, pero más, son el hilo perdido de los movimientos estudiantiles de los años 70’s, pero con una concepción diferente de lo que es la lucha de clases, y si la historia les permite darle continuidad al movimiento estudiantil con los novedosos matices de la tecnología y la cibernética, pienso que no habrá fuerza alguna en este país que impida su extensión inevitable.
Para ellos querer es poder, y bajo esa premisa están dando al traste con las viejas teorías marxistas de que solo una dictadura podrá terminar con otra. No, ya no, las movilizaciones pacíficas, críticas, conscientes, unidas, y con una estructura y una cultura política bien cimentadas, podrán ser el parteaguas definitivo para el inicio de una nueva era en México.
En este caso, los estudiantes de universidades de prestigio que claman por una mayor apertura en los medios de comunicación, por la democratización de la sociedad civil y por detener el avance de las imposiciones, no solo quieren liberarse del yugo de la explotación ideológica a la que han estado sometidos durante años, no solo quieren dejar de ser los oprimidos intelectualmente en sus universidades.
Pero tampoco pregonan una sociedad sin clases ni avizoran en sus discursos la concepción de una lucha de clases para terminar con el dominio de la gran burguesía mexicana, de la clase política privilegiada, y de los grandes monopolios de medios de comunicación.
Aunque creo que estos estudiantes no ignoran para nada los conceptos elementales que surgieron del marxismo/leninismo durante los movimientos estudiantiles de 1968, 1971 y 1975, los que marcaron el inicio de lo que pudo haber sido la emergencia de una nueva democracia, creo que este novedoso movimiento estudiantil, pacífico y crítico, nos está llevando a una nueva etapa en materia de participación política ciudadana.
Ello se debe desde mi punto de vista, a que además de estudiantes, los universitarios que han tomado las calles son también ciudadanos, y como tales, exigen a quien corresponda, su derecho a ser tomados en cuenta como parte de un sistema político que ha sido trastocado desde sus cimientos y que en momentos de una campaña electoral, pueden definir el rumbo político que deberá seguir el país en los próximos años.
Aunque percibo en este movimiento una clara postura de rechazo a lo que no ha funcionado, a lo que es caduco y obsoleto como sistema, y a lo que representaría el retorno de las antiguas dictaduras, lo que es representado por el candidato del PRI a la presidencia de la República, Enrique Peña Nieto, en general los estudiantes no se manifiestan en contra de este candidato, al que por igual rechazan.
Desean recuperar lo que es de ellos y del resto de la sociedad civil: la libertad de ideas, de manifestación y de los espacios democráticos que están convertidos en propiedad privada de unos cuantos.
Por ello, el decir #YoSoy132, no solo es un número, ni una cifra, ni una cantidad. Es todo un concepto político ideológico, un paso más al hartazgo social, una rebelión de conciencias cuyos objetivos, de ser definidos en el curso del actual proceso electoral, pudieran decidir de una vez por todas no solo el rumbo político que debe seguir el país, sino alentar la participación ciudadana en aras de un mejor equilibrio en la toma de decisiones, en la repartición de la riqueza nacional, y en la recuperación de aquellos espacios que tanto el PRI como el PAN le ha negado por más de 80 años a la sociedad civil.

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En contraparte a este movimiento, miles de maestros integrantes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), salieron a las calles de manera absurda para exigir que las autoridades educativas no les apliquen un examen de evaluación, que es una obligación en todos los países del mundo, para saber que tan capacitados están los mentores para enseñar dentro de las aulas.
La postura intransigente, absurda y pueril que están tomando estos maestros para evitar una simple prueba de conocimientos, contrasta severamente con lo que dicen que hacen en las aulas, en donde aplican este tipo de pruebas a sus alumnos.
¿Qué acaso los ciudadanos, los que somos padres de familia, no tenemos derecho a saber que tan calificado está un maestro para enseñar a nuestros hijos lo que se supone que los mentores deben saber?
Es irónico que mientras miles de estudiantes de universidad salgan a las calles a exigir libertad de aprender y de enseñar, miles de maestros lo hagan también, pero en un franco retroceso a ese derecho.
Tan absurdo como irónico resulta pues, el mal ejemplo que estos maestros, rijosos, flojos y vividores de un sistema que los ha mantenido por mucho tiempo, gracias a la presencia de un sindicato que los mima y consciente en sus tropelías.
Es tiempo ya que en México se instaure una revolución plena del conocimiento a través de una reforma integral de la educación, en la que el sindicato deje de ser el ente privilegiado y privilegiador, y que aquellos que se oponen al avance y modernización educativa, se les haga a un lado para no perjudicar más el deficiente procedo de enseñanza/aprendizaje que se practica hoy en día con los métodos y conceptos de unas teorías educativas caducas, obsoletas y llenas de vicios.
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Hasta mañana
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