Mi muy querido viejo: Para mí lo sigues siendo, con el amor y cariño que significa el término; no eres adulto mayor o persona con experiencia acumulada: sigues siendo mi viejo, mi padre, mi ejemplo, y es por eso que en este día quise compartir algunas reflexiones contigo.
Si bien es cierto que la sociedad en que vivimos nos marca el tercer domingo de junio como día del padre, para mí lo es todos los días; mi llamada telefónica cada noche para saber como te encuentras, qué hiciste en tu día y compartir mis vivencias cotidianas son parte de ese homenaje a la vida… ya ti.
Es más fuerte el amor que la sangre, sin duda alguna, y tú lo sabes muy bien.
Quise formar parte de ese selecto y privilegiado grupo de seres humanos llamados “papás” y disfrutar como hubiera querido: hoy, las cosas no son como pareciera que debían ser, y algunos sentimientos difíciles de asimilar están dentro de mí. Lo sabes muy bien: la paternidad ha sido uno de los más grandes regalos de la vida hacia mí, pero últimamente me ha jugado malas pasadas, quizá por un carácter difícil o por no querer entender que “los tiempos cambiaron” y los hijos con ellos. Ya no existe esa devocionaria actitud hacia el padre, y hoy por hoy podemos ser locos, inadaptados o cualquier otra cosa sin el temor de ser reprendidos por una desatención al respeto que nos inculcaron de pequeños.
¡Qué lejos aquellos tiempos en que con la mirada nos ordenabas y ayudabas a formarnos! Hoy, los derechos humanos, la “tecnología” y muchas otras cosas más han tomado el lugar del afecto, el cariño y la comprensión a papá que antaño cultivamos en forma casi de culto, pero que nos enseñó a quererles, a mamá y a ti, a la vida y a los nuestros.
Cuando estrené la “categoría” de padre, hice muchas ilusiones que poco a poco han ido minando mi entusiasmo por la existencia que esperaba: hoy no entiendo por qué somos los padres tan estorbosos en los planes de los hijos, o por qué somos descalificados con la ligereza de los “tiempos modernos”.
Quise parecerme a ti en muchas cosas: entregué todo mi amor y tiempo, la poca comprensión y talento que tengo a quienes vinieron en una descendencia maravillosa, difícil, pero finalmente, muy mía.
Quisiera en este momento estar compartiendo contigo unos minutos –y unas lágrimas, que buena falta me hacen- para expresar sentimientos que se han quedado atrapados en una frustrante decisión de quedarme callado por el temor de que me condenen ellos, de que piensen que no soy un buen padre.
Chavo, tú, Dios y la vida saben que si algo he tratado de hacer bien en la vida es cumplir con la difícil misión de ser padre; tengo errores como todos, sin lugar a dudas, pero todos son producto de una amorosa inexperiencia. Nunca antes, menos cuando todavía no llegaba mi primogénito, había sabido lo que se sentía ser padre o responder a una pregunta de “papi”, de “pá” o de “viejo”, como algunas veces me llaman.
Quise mostrarme completo ante ellos sin el éxito esperado: he tenido graves descalabros que, en un día especial que la publicidad marca como tuyo –y nuestro, en poca proporción- he sentido necesidad de refugiarme en el recuerdo de los días en que papá era todo para el hijo, que al menos, era escuchado y comprendido. Los años no pasan en balde, y a veces los hijos olvidan que nosotros nos comenzamos a equivocar al disminuir nuestras capacidades físicas, intelectuales y emocionales.
Como tu, querido Alejandro, nos hacemos viejos, pero nuestro corazón sigue latiendo, fuerte, vigoroso, amoroso, para ellos, los hijos, aunque muchas veces sea incomprendido.
Un día del padre sin ti, querido amigo y compañero, es difícil de entender. Sé que estás muy cerca, que más tarde hablaremos por teléfono, que este domingo estaré en mis cuatro paredes añorando la dicha de abrazar a papá… o de sentirme abrazado por haber tenido la sublime experiencia y misión de ser papá… aunque ya se hayan olvidado de ello.
Un día del padre no es este domingo, padre querido: es hoy, mañana… y siempre. Así lo aprendí de ti. Felicidades, Alejandro, en tu día.
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Atentamente
Carlos David Santamaría Ochoa Ph.D.
A.I. Periodismo y Comunicación
Ten un buen día!