Recordar es vivir y, cómo no, si observarlo en la tribuna del Congreso de Tamaulipas me inspira ha hacer remembranza acerca de una de las etapas más ricas de mi vida que le dio sentido y que hizo esencial caminar y patear las piedras que se cruzaron en la vereda y apartar las pocas que quedaron regadas para que los de atrás no se tropiecen.
Su figura delgada, su edad otoñal y su sabiduría, provoca evocar que en el sillón que él hoy ocupa se sentaron otros valiosos hombres que le dieron lustre al logotipo de la UNAM y que desde su estrado defendieron el buen nombre y prestigio de la institución, porque vestían con orgullo la camiseta de puma.
En mis tiempos, a finales de los 70, era Jorge Carpizo Mc. Gregor, el rector de la máxima Casa de Estudios de este país, un personaje carismático, sencillo y sabio, que se mezclaba con el estudiantado y compartía con ellos las dificultades que enfrenta un universitario, sobre todo aquellos que desde la provincia arribaron al Distrito Federal con la loca esperanza de conquistar el mundo.
Ver hoy aquí de cerca al Rector, José Narro Robles, me motiva a que casi huela el aroma a asfalto mojado de los corredores al aire libre de la ENEP Aragón, mi refugio, mi casa, mi centro de estudios que tantas alegrías me regaló, porque para mi la vida universitaria, mis maestros y mis compañeros, ocupan un espacio enorme en el corazón.
Y es que eso me marcó la existencia, porque nadie mejor que un estudiante de provincia conoce lo que es la sobrevivencia cuando se pretende llegar y el sentido de solidaridad de compañeros que se despojaron de todo para apoyar a aquellos con los que se codearon en el pupitre de enseguida.
Narro Robles y cada uno de sus antecesores, han hecho historia por su peculiar forma de dirigir a la UNAM y por su claridad al marcar su posición frente a las situaciones más adversas se trate de asuntos de la universidad o, de la política nacional
Verlo aquí, a un lado del Gobernador de Tamaulipas, Egidio Torre Cantú, y del Presidente del Congreso, Gustavo Torres Salinas, con esa empatía que se antoja sincera y con esa forma tan claridosa que uso cuando se refirió a los 32 millones de mexicanos que viven en condición de rezago educativo, hace que no me defraude, porque las verdades duelen y también se necesita valor para enumerarlas.
Fue la de Narro Robles a Ciudad Victoria una visita de lujo y habla bien de Egidio y de Gustavo por la forma en que perciben las necesidades que padece este país en materia de educación, por eso quién mejor que este personaje para colocar las piezas del ajedrez en su sitio indicado.
Se le vio cómodo y aunque se nota que no es muy afecto a la alabanza, le agradaron las palabras generosas con las que el Gobernador y el líder de los diputados de Tamaulipas decoraron su vida profesional y su basta experiencia.
El no dejo cabo suelto durante su intervención, inclusive ubicó a la educación como el centro para curar los grandes males nacionales, porque ella no resuelve todo, pero sin ella no se soluciona nada.
Place tener entre nosotros a una figura de ese tamaño y estimula que su acercamiento con Tamaulipas sea evidente, porque personajes como él en este mundo hacen que la vida sea más interesante.
Bien por nuestras autoridades por su preocupación por procurar que se unan los lazos entre los pumas de corazón y Tamaulipas.
Y por este evento tan pulcro, tan bien organizado.
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