Apareció la carta en una botella, sobre una brava ola de la mar:
No, no puedo olvidar aquel día de abril de hace diecisiete años, cuando llegué al servicio de urgencias del Hospital General, y fui atendido por mi amigo el doctor Méndez, quien, luego de haber visto el resultado en el monitor de glucosa y de haber hecho las preguntas necesarias, pidió apoyo… y hospitalización.
Muy temprano, con el diskette en la bolsa de la camisa fui interrumpido en mi rutina por los doctores que saben de estos menesteres: Alejandro Tirado, Jorge Salinas… era un equipo que no sabía como decirme que había sido diagnosticado con diabetes. Hoy en día, es casi normal, porque ha proliferado, porque abunda la gente obesa, porque hay miles de personas que no hacen ejercicio y muchos más que comen de todo tipo de producto –que no es alimento en verdad- y propician estos problemas de salud pública.
En lugar de ir a la redacción de “La Verdad”, fui a una cama de urgencias, con sueros y muchas cosas más. No habría columna ese día, supuse.
Recuerdo perfectamente todos los momentos: el suero con potasio e insulina para regular los niveles, la charla con el director Alejandro Tirado para saber qué hacer, qué comer y cómo enfrentar esta situación.
No olvido que lo tomé en forma tranquila, que pregunté: ¿Ya no voy a poder tomar Coca? Recibiendo un rotundo NO por respuesta. Así he ido ajustando mi vida con sus altas y bajas, con limitantes y una que otra prohibición.
Todo fue control, hasta aquel día en que se robaron la tranquilidad personal y familiar, la forma de vida que llevé por años, y que ha hecho que desde entonces el desorden reine en mi existencia: dulces, chocolates, harinas y muchas cosas más; de repente, falta de ejercicio o abuso en el consumo de tabaco han sido parte de una rutina agresivamente destruida por un alejamiento de quienes más he amado en la vida, y vivir una soledad compartida con nadie, que poco a poco comienza a pasar factura por el descuido en que he sobrevivido en los últimos meses. ¿Será una autodestrucción inconsciente?, me he preguntado.
Es el tiempo de que me ayudes: dices que soy importante, que soy especial, que tienes esperanzas en mi vida y cosas que me rodean, es el tiempo en que dediques unos minutos no a regañarme o a decirme qué no está bien, sino realmente a ayudarme, a solidarizarte conmigo, y en lugar de decirme que no coma Gansitos o Bubulubus, que los retires de mi presencia de una manera tal que yo pueda entender –realmente- el daño que ocasionan estos productos a mi salud.
Es tiempo, sinceramente, que amorosamente me ayudes a recuperar los controles de mi glucosa y que permitan que mejore mi hemoglobina glucosilada, para recuperar la sensibilidad en mis extremidades, o la fortaleza en acciones de suma importancia. Es tiempo, sinceramente, de recibir una palmada en la espalda que me diga que estoy caminando y que debo apretar el paso en una existencia prestada, alquilada, pero que sigue siendo mía, o al menos, dirigida por mí.
Tengo que picarme el dedo para saber cómo ando de glucosa en la sangre, y picarme el abdomen o las piernas para regular mis niveles ¡todos los días!. No me asusta ni me preocupa, porque agradezco que tengamos recursos terapéuticos para nuestro control, sin embargo, creo que algo está faltando dentro de mí para poder tomar con responsabilidad mi control, que únicamente es y será mío y de nadie más.
Tengo que hacer muchas cosas, pero sin tus palabras de aliento, sin la fortaleza que me compartes, sin el amor que existe y que rodea mis pensamientos, difícil será salir avante.
No, no me faltan ganas, no me falta carácter… es probable que esté faltando algo que solamente puedo encontrar con quien tiene interés en mí, es por eso que acudo a ti, porque no quiero vivir una existencia difícil, envuelto en discapacidades que ya amenazan con llegar. Quiero vivir como persona plena y feliz, quiero vivir siempre con la ilusión y los sueños como cuando era adolescente. Entiendo que dependemos siempre de los que nos rodean, aunque no sé qué tan bueno pueda serlo.
Quiero seguir viviendo, pero con una profunda calidad de vida, tan grande, que me permita valorar lo que eres, compartir lo que soy, y disfrutar de una existencia feliz.
Solo eso, ¡créeme!
Comentarios: [email protected]