Nuevo Laredo, Tamaulipas.- En una ciudad en la que este año fueron sepultadas cerca de mil 500 personas, de las que mil 160 corresponden a los dos panteones municipales, con tanta inseguridad y violencia, la muerte adquiere un nuevo significado: se le venera pero también se le teme porque cada vez está más cerca de los vivos, argumenta Héctor Gaucín, administrador de ambos camposantos.
Con 49 mil tumbas, de las que 17 mil 500 corresponden al panteón municipal antiguo, cada año sepultan en éste, 900 personas, mientras que en el panteón nuevo, entre 200 y 300, aunque las cifras son mentirosas, ya que no se sabe de los cuerpos que van a dar a las fosas comunes; no hay estadísticas y nadie da fe de ello.
“Aquí vemos a gente atribulada, acongojada, y los vemos en una situación de un decaimiento físico que da tristeza, y comunican a los demás ese pesar, porque caminan más lento, porque la vida es circunstancial”, explica quien desde hace 17 años administra los dos panteones municipales.
Para este hombre la muerte es como un descanso de los pesares que se vivieron en la vida, pero refiere que quienes aprecian la vida, también aprecian la muerte, “porque para ella no hay edades, ni credos ni partidos políticos. La muerte es muy democrática porque se lleva parejo a todos; hombres, mujeres, pobres y ricos”, señala.
Rito a la muerte
La mayor parte del año los panteones de la ciudad lucen vacíos, casi en el abandono. Pero en el día de los Santos Inocentes y de los Fieles Difuntos, la muerte pasa a segundo plano, ya que de acuerdo a Gaucín, los camposantos cobran vida con la visita de más de 150 mil dolientes que se acercan con flores, cantos, llantos, comidas y bebidas de todo tipo.
El 80% de los visitantes son de esta frontera, mientras que el restante 20% corresponde a personas que acuden desde Nuevo León, Coahuila, San Luis Potosí, y varias regiones de Texas, incluso de España e Italia, ocasionalmente.
El uno y dos de noviembre el aroma de las flores, el olor a comida y vino se confunden en ambos panteones, los más populares y baratos de la ciudad, y las tumbas se visten de gala con el colorido que le dan miles de flores.
En esos panteones, el costo de un funeral suele ser de entre 16 y 18 mil pesos, ya que la fosa corre por cuenta del municipio, el que cobra solo 570 pesos por derechos, pero con la recomendación de que las tumbas sean visitadas al menos cada tres meses.
“El ingenio del mexicano es extraordinario al jugar con la muerte con expresiones muy propias como ‘A mi la muerte me pela los dientes’ y ‘La vida no vale nada’; y como no, si son puros huesos”, expresa de manera irónica Gaucín, quien en su larga administración ha visto sepultar a más de 20 mil personas en ambos panteones municipales.
Muchas de las tumbas del antiguo panteón están abandonadas, si acaso unas tres mil que nadie visita, pero ello no impedirá el torrente de visitantes que se espera a partir de este miércoles, aunque refiere Gaucín que la inseguridad y la crisis económica pudieran afectar el arribo de personas de otras entidades.
“A este lugar se le conoce también como el lugar de los olvidados, porque hay tumbas que casi nunca se visitan porque sus familias viven en lugares muy lejanos o porque ya se fueron de la ciudad”, explica.
Pese a ello, la tradición no se pierde porque en estos días acuden familiares de personas a las que les gustaba la música. Es común ver mariachis, tríos, grupos norteños y familias completas que llevan alimentos a sus difuntos, en cumplimiento con esta añeja tradición.
“Aquí la gente se emborracha, recuerda, reza, llora, ríe, comen familias enteras sobre las tumbas. Estos panteones son una amalgama de tradiciones y de cultura, porque se sabe que llegará el momento de la sepultura”, explica.


