Tardes de café

Comentábamos en la colaboración anterior sobre la necesidad de acercarse a los hijos, y del magnífico evento que disfrutamos en la Escuela Secundaria General numero cuatro, y vinieron a la mente varias cosas, entre ellas, probablemente la más importante: esas increíbles y excelsas tardes de café.
Daniela, podría decirse que no es una chica “del montón”, y eso lo dice quien experimenta y aprende con ella todos los días a ser padre y amigo, a ser compañero y cómplice en algunas acciones, travesuras y otras más serias.
Cuando se recibe la llamada que dice “papito, ¿vamos al café? Vienen sentimientos muy interesantes, pero sobre todo, se valida la idea de que los hijos deben ser amigos de sus padres, y los padres, excelentes amigos de sus hijos; desprotegernos del escudo insalvable del padre duro y estricto, del autoritario e indiferente adulto que llega a ver la televisión o a atender sus asuntos y saluda –a veces- a los hijos, esperando no le “molesten” con sus cosas, para poder descansar.
Eso, sinceramente, no podría definirse como “ser padre”. Es algo mucho más complejo y sencillo a la vez, es algo más grande y fácil de llevar a cabo.
Cierto: en ocasiones nos dan ganas de aplicar la autoridad de antaño para que aprendan cosas que, según nosotros, están mal orientadas; decían en la charla que nosotros, usted y yo, crecimos en otra cultura que hoy en día tiene sus consecuencias: crecimos con el amoroso sentimiento de nuestros padres y una formación que se basó muchas veces en el castigo, el golpe.
Muchos de nosotros experimentamos lo que se sentía un golpe de cinturón o unas buenas nalgadas; otros más, tristemente, experimentaron lo que fue recibir un bofetón por cualquier cosa que hicieron. Todo, todo, absolutamente todo, fue llevado a cabo por nuestros padres, mayoritariamente, con un profundo amor y deseo de enderezar conductas y dar lo que uno a veces merecía y no supo ganar en forma adecuada.
Pero cuando tu hijo o hija te llama para platicar, nada hay más importante y satisfactorio: ¿a quien llamamos nosotros cuando tenemos problemas o queremos compartir algo? ¡A los amigos, por supuesto!, y el que nos consideren padres-amigos es algo que no tiene precio ni significado dentro de las satisfacciones que recibe un ser humano.
Experimentar el ser padre es una enorme bendición del Ser Supremo, es algo más que compartir una taza de café con crema y sacarina, o una orden de molletes con chorizo y tocino: dos de cada uno, para compartir, uno con su gusto, y ella, con el suyo propio.
Es estar con ellos en todo momento y escuchar sus historias de la escuela, o el por qué se sienten como se sienten, por qué tienen dificultades o qué les ha causado enorme gracia. Compartir, palabra mágica que muchos de nosotros, escondidos y escudados en el “intenso trabajo” hemos dejado de hacer.
La convivencia con los hijos es la mejor forma de tributarles nuestro amor, y en ello, va implícito el interés que tenemos porque sean personas de bien.
Viene el recuerdo de Alejandro y de Iola, los padres-amigos que la vida se encargó de poner en nuestro camino; viene también el recuerdo de quienes tuvimos oportunidad de corresponder el detalle de un “te quiero” o un “mira, tengo un problema”, o quizá un “¿me ayudas?”
Las tardes compartidas en la ya vieja cafetería, donde nos ofrecen café de no muy buena calidad se complementan con la grandiosa compañía de ella, de la amiga y compañera de existencia, la hija, la mujercita que crece a diario y tiene inquietudes que comparte con quien estuvo con ella desde el primer minuto de existencia.
¿Cómo se paga esto?
Simplemente, con nada material: habrá que hacer el recuento para poder entregar el pago justo a los hijos: compañía, comprensión, amor, tiempo, pero sobre todo, no perder de vista que ellos, a sus pocos años de existencia, nos necesitan enormemente.
No los dejemos solos, porque podemos lamentarnos toda la vida, por favor.
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