Los tenistas de ayer

Apenas el sol asomaba una de sus mejillas y aquel chamaco de escasos 6 años salía corriendo de su casa con la carita iluminada, ya listo para la siguiente jornada.
Descalzo, porque para zapatos no había, sabía que en las canchas de Tenis del 18 ya me esperaba el buen Gabino con los taquitos de huevo con chile piquín, chochas y picadillo con frijolitos pasados por el comal que diariamente le preparaba su mujer, una rica vianda que él compartía generoso con Juan y conmigo.
Nos sentábamos en una piedra al lado del caliente comal y con un cafecito con leche devorábamos aquel manjar que nos inyectaba fuerza para maquillar las dos canchas y que en punto de las cinco de la tarde ya exhibieran su mejor rostro para el arribo de los socios del club de tenis más famosos de Ciudad Victoria, Tamaulipas.
Siempre los primeros en llegar eran Doña Esther y su esposo Arrigo Aznar, un viejón con aspecto de gringo pensionado, quien desde que descendía de su vehículo gritaba fuerte: “Ya sálganse”, como si las canchas estuvieran ocupadas.
A eso de las seis el lugar ya lucía como un hormiguero, por lo que con Gabino y Juan, quienes eran mayores que yo, hacía malabares para cumplir con el trabajo que era el de recoge bolas y así juntos ejercitábamos el cuerpo, nos divertíamos y, lo más importante, se acumulaban en el bolsillo las abundantes propinas.
Casi nunca falté a la cita que tenía con aquel lugar al que le tome cariño por su gente divertida y respetuosa, por el trinar de los pájaros de la madrugada y, por el deporte blanco, el que bien sabía que era exclusivo para personas con recursos.
A falta de una costosa raqueta en mis tiempos libres hacía chocar las desgastadas pelotas de tenis contra la pared con una rudimentaria tabla y fue así como en el camino fui conociendo los trucos que forjan el carácter y la sagacidad de un tenista.
Y fue ella, Doña Esther, quien descubrió mi interés por el deporte blanco y me regalo una raqueta nueva y un bote con bolas.
Pero fue ella también, una mujer otoñal, la que sepultó mi ilusión de convertirme en un gran tenista, en razón de que en el primer torneo que participé me derrotó vergonzosamente.
Pero no decliné y al paso del tiempo me saque la espina, porque a los 17 años logre hacer rodar por las canchas “la cabeza” de Antonio Pedraza, un hombre enorme, con una fuerza de toro, quien seis años consecutivos había resultado invicto en los torneos locales.
Cómo no mencionar a aquellos tenistas de mis recuerdos a los que les robé un pedazo de su peculiar estilo, como mi querida maestra y protectora, María Emilia Cárdenas, a Carmelita Pérez, a Merced Alvarado, a Don Tomás y Gilberto Arriaga, a Luis Terán y su famoso “slice”- golpe cortado-, a Benjamin Prieto, a Lupita Balandrano, a Mario Alejo Salinas, a Alfredo Salazar, a Sergio Rodríguez y su bella esposa María de la Luz, a Pedro Montemayor y su esposa Paty y a José Francisco Rábago Castillo, a quien bautizamos como “El rey de las propinas”, porque era muy generoso.
Y a Héctor y Catarino Salazar, dos entrenadores de tenis de peso, quienes me regalaron su tiempo y compartieron su fórmula para
evitar que la pelota se quedara siempre atrapada en la red.
Hoy, muchos años después, veo con placer que el Doctor Egidio Torre López y Enrique de la Garza Ferrer, cuñado de Antonio, organizan torneos para impulsar a nuevos valores del deporte blanco, a un semillero de jóvenes que permiten que el tenis forme parte de su vida.
Porque ese y otros deportes que oxigenan y estimulan el cuerpo.
Nunca, deben morir.

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