112 años se celebraron del inicio de la Revolución mexicana, sin embargo, muchos de los que vivimos en cada una de las ciudades padecimos algunas de sus consecuencias.
Lejos están los legados de héroes que dieron forma a un movimiento armado del cual emana nuestro sistema de gobierno que, con sus virtudes y defectos, es el que tenemos y que hemos elegido para gobernar; panistas, priístas, perredistas y miembros de los partidos “chicos” conforman la estructura política de lo que inició en 1810, aunque hay otras consecuencias que vivimos.
Desde muy temprana hora la gente del médico veterinario Oscar Hinojosa se dio a la tarea de partir la ciudad en dos, bloqueando las calles que circulan de norte a sur y de sur a norte con automóviles de procedencia dudosa, es decir, de contrabando, o algunos, inclusive con reporte de robo: no importaba nada, solo cerrar la calle Carrera Torres para el desfile conmemorativo de la revolución, en el que participan centenares de alumnos de nuestras instituciones educativas, en su mayoría, oficiales, y que dan color a la fecha. El desfile deportivo es un espectáculo hermoso por donde se le vea, aunque las formas no son las que la ciudadanía acepta.
Íbamos casi todos los padres de familia a dejar a nuestros hijos a la escuela, en las que sí tuvieron clases, y nos topamos con los carros de contrabando que manejan elementos de tránsito, que bloquearon las calles, desde el 22 hasta el cero, es decir, partieron en dos a la capital tamaulipeca, sin una pizca de talento o inteligencia propia de un elemento de vialidad.
Podrían haber hecho algunos cortes para no afectar a miles, pero en un afán pusilánime y ratonero, simplemente, cruzaron sus carros y se echaron a la charla, la plática, el buen cigarro o el café en vaso desechable. El automovilista, como siempre, es lo que menos importa.
Había que dar una vuelta de más de 22 cuadras para cruzar de un lado a otro la ciudad, pero lo molesto es que el desfile comenzó ya tarde, y desde las 7 de la mañana estos “diligentes” elementos cerraron las calles, seguramente, por una orden de alguien que no sabe lo que es conducir para llevar a los hijos a la escuela o llegar temprano al trabajo.
Molestia, mucha molestia de los victorenses se puso de manifiesto en todos sentidos, porque no dijeron nada, y como es su costumbre, enjugados en un uniforme que les oculta la prominente barriga, solo acertaron a mover la mano –en algunos casos- para decir que el tráfico se desviaba.
El respeto por los demás quedó de lado.
Choca esta medida con lo que todos los días promueve y hace el alcalde de Victoria, un hombre sencillo y consciente; sus elementos de vialidad no tuvieron la inteligencia para hacer frente a una fecha conmemorativa: solo estorbar y bloquear las calles era la premisa.
Hasta las 13 horas duró el viacrucis de quienes tuvimos necesidad de cruzar la ciudad: había que ir casi hasta la Central de Autobuses y regresar al 17 o al 22, porque los genios de tránsito decidieron cerrar las calles, argumentando órdenes superiores.
Nos cuestionamos si los superiores saben el daño que se hace a la ciudadanía con estos detalles, porque ninguno de los subalternos se atreve a decir que no a una orden o a sugerir un cambio positivo, por temor a perder su chamba o por otras razones que tienen que ver con la pusilanimidad.
No merecemos ese trato y las autoridades lo saben; el que haya desfile no quiere decir que nos corten el paso, que estrangulen a la capital del estado, y en ese sentido, suponemos que hay un responsable, cuya visión de cómo servir a los demás dista mucho de lo que todos queremos y necesitamos.
Deseamos, fervientemente, que nuestro alcalde Miguel González Salum se ocupe de este detalle el próximo año, ya que quien maneja el aspecto de vialidad cuenta con muchas cosas, pero definitivamente, el sentido común lo olvidó en un rincón de su existencia.
No se vale que nos hagan esto, y es un clamor popular: nada personal, como seguramente alguien lo hará ver.
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