Desde su ventana él solo alcanzaba a ver el cielo a veces gris y luego limpio, en señal de que poco a poco el sol asomaba su cara al mediodía.
Fue una semana con sus días fríos afuera, que contrastaban con la calidez y la camaradería que encerraban aquellas cuatro paredes blancas de una habitación de hospital.
Los pronósticos eran desalentadores y las caras largas, los nervios y el ir y venir de mi familia –la que tanto lo adora- por los pasillos, sorprendía a los guardias de seguridad y a las enfermeras, porque aquello se asimilaba a una romería.
Conectado por sondas y tubos, sus pequeños ojillos de “chale” no dejaban de ver a sus vecinos de cama, a aquellos que en siete días se convirtieron en sus compañeros de dolor y de quienes recibió aliento y la mano amiga para salir victorioso de la difícil batalla.
Todos sabíamos que él podía perder la guerra en el quirófano y mi padre, con su inteligencia y con tan solo observar nuestro rostro demacrado, serio, muy triste, también sospechaba que lo mejor era estar preparado para el final.
Antes de ingresar al quirófano los médicos nos llamaron y así, sin secretos que alimentan la esperanza, nos leyeron la lista de riesgos que implicaba una operación de tal tamaño y con la mano, que temblaba, firmé la autorización y me despedí de él con una señal de amor y paz, que fue lo único que en aquel amargo momento se me ocurrió.
Lo vinos alejarse en la camilla y sabíamos que tal vez esa sería la última ocasión en que contemplaríamos el rostro de aquel hombre que recuerdo en las fotografías atlético en traje de baño en la playa de Tampico, sonriente en las comilonas familiares y, triste, como cuando me despidió al pie del autobús cuando partí en los años setenta al D.F.
Una hora y media duro la operación y algo en el interior me decía que todo estaba bien, porque inclusive se nos advirtió que no iba a soportar ni la anestesia.
Pero algo sucedió y superó la cirugía. Tal vez fue efecto de aquella oración que los médicos hicieron cuando tocaron su pecho antes de la intervención y que bien él recuerda.
A lo mejor la atención y el cariño que le prodigaron las enfermeras que no se cansaron de festejar sus bromas cuando estaba en el lecho.
Puede ser que el amor de su unida familia de la que se despidió uno a uno en su camilla de hospital.
O tal vez sus extraños sueños como aquel que luego me platicó, en el que su madre Doña Paulina, mi abuela del alma, se le acercó en una vereda llena de luz y le pidió que no tuviera miedo porque su momento aun no había llegado.
No se, realmente no se que paso, pero mi padre Javier Rosales Lugo aun está entre nosotros, con su esposa Eulogia, con sus hijos Javier, Tere, Juan Arturo, Alma Aracely y Alejandro, con sus hermanos Esther, Antonio y Alejandro y con sus nueras, nietos y sobrinos que hoy vuelven a sonreír.
Por ello vaya mi eterno agradecimiento a los doctores del IMSS Javier Peña Santamaría, Wendi Cruz Rivero y Olinda Martínez, así como a las enfermeras Monserrat Saldivar, Lizzete Galindo, Astrid García y a muchas otras que tomaron de la mano a mi padre para que fuera capaz de soportar la titánica jornada.
Y, sobre todo, al amigo el Doctor Rodolfo González San Miguel, Director de la Clínica del IMSS en Ciudad Victoria, por su paciencia, sus atenciones y por su dedicación para que ese nosocomio goce hoy de un nuevo rostro, limpio, con base a una distinta mística de trabajo.
Y a muchos otros gracias porque sin sus bendiciones.
Difícilmente hoy pudiera gritar.
“Prueba superada”.
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