Los verdaderos amigos

Bien dice aquella frase que “el que encuentra un amigo encuentra un tesoro”; la amistad se puede considerar el mejor de los regalos para alguien y el ser un verdadero amigo significa ser quizá la persona más importante de otro u otra. Los amigos no se dan a diario, no se presentan en la vida como ramas de un rosal o como granos de sorgo en un campo fértil.
Son pocos los verdaderos amigos, y en ese sentido, el amigo tiene un enorme compromiso con quien le ha brindado la confianza y afecto para serlo. Ser amigo, pues, no es tarea fácil, porque entre otras cosas, se considera una persona de completa confianza, en todos sentidos, un compañero, un cómplice o un camarada.
Los verdaderos amigos en la política, lo sabemos, son muy pocos: en el quehacer diario de la actividad que la vida nos ha permitido elegir, encontramos muchos amigos aunque no de forma total: los amigos verdaderos, dice otra frase, “se cuentan con los dedos de una mano” y por lo general sobran algunos de éstos.
De ahí la importancia que tiene el que un servidor público esté rodeado de verdaderos amigos: es muy común, cuando alguien llega a una diputación, una senaduría, alcaldía o gubernatura, que broten por todas partes –como la maleza- los amigos de siempre, los de la infancia, la primaria y demás, aunque realmente serán pocos los que sean dignos de toda la confianza.
En ese sentido, se justifica plenamente el que un gobernante elija a sus más allegados para gobernar: no nos imaginamos, por ejemplo, que el gobernador de Tamaulipas pueda tener en su gabinete a alguien a quien no le tiene una confianza ciega.
Hemos sido testigos de mandatarios que se rodearon de amigos ocasionales, de esos que dan la vida por uno durante el sexenio y, al terminar, se olvidan de ellos. Tal y como cuando el mandatario no lo era.
Un verdadero amigo debe tener la confianza de poder sentarse con el gobernador o el presidente para decirle: “estamos mal orientados” o “hay que cambiar de estrategias” y no convertirse en su más fiel admirador o su porrista número uno. Esos, esos son los que realmente hacen daño a los gobernantes, porque aplauden todo cuanto ellos consideran que hay que hacer: aplauden toda decisión y ríen de cuanta broma haga el que gobierna. Esos son paleros u oportunistas… pero no verdaderos amigos.
Historias las hay: Manuel Cavazos Lerma cuando fue gobernador dejó ir a uno de sus más grandes amigos, porque no acostumbraba aplaudir cuanta decisión tomara el matamorense. De otros gobernadores, hemos visto pseudo amigos que se han acercado y se convierten en personas que aman los reflectores y la comodidad de un buen salario: comer calientito y dormir en buena cama es su premisa, no importando lo que se lleven de encuentro.
Es ahí cuando surgen los verdaderos amigos, cuando uno los necesita o cuando uno se equivoca y lo llaman para decírselo.
Ningún ser humano es perfecto y eso lo entendemos algunos, en tanto que otros, cuando llegan muy arriba, se olvidan de ello y se piensan como seres que nunca se equivocan: he ahí la primera decisión equivocada.
Es por eso que suponemos y pensamos que los amigos más cercanos son los que dirán las cosas que hay que hacer, los que formarán un verdadero equipo de trabajo y pensarán por el amigo en algunas ocasiones, procurando su bienestar, sin importar si se enoja o no.
Hoy, los amigos de los gobernantes están cercanos y lejos. Cercanos, porque estarán algunos conformando parte de su equipo de trabajo, y lejos, porque estarán ocupados y preocupados en aplaudir lo que haga su jefe, para no perder su puesto, su salario… y su posición, aunque para ello jueguen con la dignidad personal como si se tratara de una virtud que se compra con monedas.
Nada hay que pague el precio de tener un amigo cerca. Lo sabemos y lo entendemos. Aquí cabe el tributo a Rafael Sequeyro, el amigo de la infancia, la adolescencia y, en la distancia, el verdadero amigo.
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