Seguramente, la mayoría de nosotros hemos de estar atendiendo los últimos detalles de la cena para Navidad y la conmemoración completa de la fecha especial que vivimos; los comercios se encuentran saturados de personas que acuden a realizar las últimas compras.
Los regalos que se acostumbran son el tema del día, como puede ser también la forma en que pensamos celebrar: la posada, una visita a algún templo o cualquiera de las muchas manifestaciones religiosas que conocemos.
La Navidad es importante para prácticamente todos nosotros: hay motivos de sobra para pensar que es la fecha más importante del año, según nuestra creencia religiosa, hace 2 mil 12 años nació Jesucristo en Belén, para luego desarrollarse la historia tal y como la conocemos.
En el otro ámbito, es motivo de celebración familiar, de alegrías y tristezas, y seguramente muchos de nosotros ya hemos llegado a los sitios donde habrá una reunión que en ocasiones se lleva a cabo una sola vez al año, y donde coincidimos casi todos los miembros de la familia.
Llegan los hermanos, y los padres se llenan de júbilo cuando están todos los hijos, aunque hay dolor por los que no están ya con nosotros. La fecha se presta a la remembranza familiar y para llevar a la realidad aquellos motivos especiales que vivimos durante años y que hemos dejado a un lado por las prisas con que vivimos.
Es Navidad, prácticamente, y hay que procurar vivir con ese espíritu durante lo que resta del año. Hoy, a pocas horas de que se celebre la fecha tan importante, tenemos que hacer gala de un gran espíritu humano que debe prevalecer durante todo el año: ser bueno con los demás no es privativo de un 23 o 24 de diciembre, y el significado de “compartir” no se reduce a hacer regalos de ropa o despensa durante un día al año. La caridad es algo más que una fecha, y el espíritu de solidaridad entre nuestros iguales debe prevalecer, así de claro.
Tenemos propósitos que queremos llevar a la práctica y que ocupan una gran parte de nuestros pensamientos: cuando salimos a la calle, vemos un sinnúmero de focos y esferas, de artilugios navideños que evocan los tiempos de Belén, cuando aquel sitio fue el centro del mundo, o al menos así sucede para nosotros.
Es tiempo, en Navidad, y horas antes de ella, de hacer un análisis de conciencia, un examen, pues, pero llevarlo a cabo con todo el corazón, tratando de pensar en lo que somos y lo que quisiéramos ser, en lo que hemos dejado en el camino, y sobre todo, en la forma en que conduciremos el futuro de nuestra existencia, en aras de encontrar eso que llamamos “felicidad” y tratar de compartirla, de entregar algo de lo bueno que tenemos en todos los ámbitos, para los demás, en un ejercicio de bondad y buenos sentimientos, que nos permita sentirnos orgullosos de nosotros mismos.
En la Navidad y días anteriores, tenemos grandes oportunidades de desarrollo como seres humanos, y es interesante el poder propiciar que haya cosas qué compartir con los demás, principalmente los talentos y virtudes, algo de lo material, pero lo que llevamos dentro de nosotros mismos, que constituye el más grande de los tesoros que pudiéramos guardar y atesorar, valga la redundancia.
Si tiene usted algunos minutos, déjese llevar por esos sentimientos melancólicos y hasta cierto punto, románticos; deje que la mente vuele y regrese hacia usted, pero que le deje una profunda meditación acerca de lo que estamos viviendo en estos momentos, de lo que queremos que exista en nuestra mente, nuestra familia y nosotros mismos, y hagamos algo por cristalizar esas cosas positivas que, de ser ciertas y llevarse a la realidad, seguramente dejarán una importante huella en nuestra biografía, así como la de los nuestros.
Es tiempo de Navidad, tiempo de reflexión, tiempo de encontrar el valor de los demás y aplicarlo a nuestra existencia… tiempo de regalarnos al Ser Supremo para los demás, pues.
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