Una de las razones por las que amo este trabajo de periodista desde hace muchos años, es porque además de que lo disfruto al máximo por haberme dado satisfacciones, momentos inolvidables y amigos, me ha enseñado que el político y el periodista, si bien no somos enemigos, nunca deberemos rebasar esa delgada línea imaginaria que nos separa y que nos hace diferentes en nuestras áreas de trabajo.
Debo admitirlo, nunca me he interesado en participar en política, porque mi trabajo es, tal y como lo enseña la ética y los principios más básicos de esta noble profesión, hacer señalamientos con fundamento, críticas con bases teóricas y prácticas muy sólidas y, lo más importante, no ambicionar el poder y el dinero a través de un cargo público.
La política es para el político y el periodismo para el periodista, si es que alguno de los que nos dedicamos a la tarea de informar y buscar información lo entendemos así, bajo la premisa de querer dejar de ser un simple informador para pasar a la etapa más profesional de este trabajo, que es el de aprender a trabajar con razonamiento, con ética y con madurez.
Por eso es que me opongo a que algunos de mis compañeros intenten incursionar en un terreno tan delicado como es la política, cosa que no les corresponde aunque lo conozcan a modo.
No estoy en contra de ellos ni de sus propósitos; los respeto pero sin llegar a la admiración, aunque me opongo a que traten de utilizar el poco o mucho prestigio que esta profesión les ha dado a través de los años, para trepar no en la escala de valores ni mucho menos en la social, sino en la del modo más cómodo para satisfacer sus intereses personales.
Porque no creo y nunca pensaré que al incursionar en la política, un periodista dedicará su tiempo como político para ayudar y apoyar a esa parte de la sociedad que como informador nunca pudo hacerlo porque no quiso, o simplemente no le dio la gana hacerlo, a pesar de tener herramientas mucho más valiosas que un político, para lograrlo.
Con estos comentarios tampoco quiero darme golpes de pecho ni santificarme. Mucho menos satanizar a mis colegas que desean rebasar la delgada y casi invisible línea de separación entre la política y el periodismo social, entendido éste como la única herramienta de la que disponemos los ciudadanos para señalar los abusos y las infamias en contra de personas, así como actos de corrupción que lesionen los intereses de la sociedad.
Entendido así el periodismo, no como medio ni como fin que justifique su quehacer, cumple con su función básica que es la de informar y ser el único soporte válido del que puede disponer la sociedad, para ser escuchada y ponderada.
Estamos en tiempos preelectorales, de efervescencia política. Tiempos en los que el dinero y el poder abundan, elementos básicos capaces de mover grupos de personas, remover conciencias y satisfacer intereses.
A esos tiempos nadie o casi nadie puede escapar, ni siquiera los periodistas; porque así como la política mueve personas y remueve intereses, el periodismo debe ser capaz también de remover conciencias y servir como medio para mostrar las cosas tal y como son, no como los políticos nos las presentan o como quieren que las veamos.
Y si a esas vamos, el periodismo también es poder, porque una mano firme que sostenga una pluma y una voz con temple a través del micrófono, pueden ser tan poderosas como el periodista lo desee, y no habrá político que aguante sus embates, cuando haga mal las cosas.
Pero solo hace falta que los periodistas dejemos de jugar al político y nos dediquemos a lo que verdaderamente sabemos hacer: informar.
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Hasta mañana