El barrio del 18

Aquel, no era un barrio más de la bella y otrora tranquila Ciudad Victoria.
Sus casonas viejas, sus enormes patios por donde corrían canalitos de agua donde bajaban a beber “los azulejos” –hermosos pájaros de plumas color azul intenso-y, los vecinos, unos que se iban y otros que arribaban para disfrutar de un barrio que regalaba calor y al que rápido se le agarraba cariño.
Enclavado en el centro de la capital de Tamaulipas, lo más rico del barrio de “El 18” eran sus moradores alegres, atentos, saludadores y comunicativos, como si fueran una gran familia.
Un barrio lleno de niños y de niñas que corrían por la calle, que se desplazaban sin peligro en sus carritos de roles y bicicletas, o en el famoso patín del diablo, frente a la mirada de sus padres y amigos.
“Ya llego un nuevo vecino”, se escuchaba el griterío de los chamacos cuando se detenía en el barrio un camión de la mudanza.
¿Aquí es el 18 Juárez y Zaragoza?, le preguntaba el chofer de la unidad a los infantes. “Si, el más bonito de la ciudad”, le contestaban.
Y de aquellas familias que llegaron a ese barrio en mis tiempos de infancia se encontraba una que se les conocía como “Los famosos Robinson”, integrada por Don Tomas, Doña Lety y sus hijos Lety, Tomas, Ernesto y Cinthia.
Como rentaron una residencia a un lado de mi casa, recuerdo a Ernesto como un chiquillo flaco, vivaracho y muy travieso, que era un vago para el fut-bol, al grado de que fue el campeón del torneo Interbarrios de la canchita Borja, no obstante del enojo de su eterno rival César Gaytán.
Y era, Ernesto, un chamaco con mucha adrenalina, puesto que en mi casa se colgaba de una liana y se tiraba desde el tronco del árbol de aguacate para tratar de imitar a Tarzán, sin importarle que su madre, doña Lety, pusiera el grito en el cielo.
En una ocasión César Saavedra Terán, su primo, habitante también de aquel lugar, comentó ya como funcionario público que el barrio de “El 18” fue su escuela, y, cómo no, si su roce con la raza le ayudo a asimilar que los mimos no contribuyen a forjar un adecuado carácter.
Y por ese camino se fue Neto, un chamaco que se volvió inquieto a fuerza y que le hacía imposible la vida al carpintero “Don Chilo”, cuando junto con la pandilla se peleaban por los trozos de madera que sobraban para fabricar carritos con los que jugaban en la tierra.
El, Ernesto, desde niño tuvo espíritu de aventurero, tan es así que con sus pantaloncillos cortos y sus sandalias se escapaba al Río San Marcos a pescar cuando se desbordaba y las mojarras de buen tamaño nadaban desesperadas a la vista de todos por la tierra rojiza del Paseo Pedro José Méndez.
Al paso de las horas, regresaba él orgulloso con su botín, que consistía en varios peces que aun se retorcían.
Recuerdo también, de Neto, que era bueno para los “trompos” porque se surtía a los trancazos con chamacos mayores junto con su hermano Tomas, en aquellas riñas callejeras que surgían cuando a un niño lo retan a mojarle la oreja a otro con el dedo lleno de saliva.
Y, además, aquellos constantes corajes que hacía con Raulillo Flores cuando retiraba las porterías portátiles de fut-bol siempre que perdía y luego corría enojado hacia su casa perseguido por Neto y su pandilla.
Como, pues, no hacer remembranza sobre lo que fue aquel barrio de donde surgieron políticos, pintores y poetas, reinas de belleza y funcionarios públicos que es seguro que dejaron un pedazo de su corazón en aquel lugar tan peculiar.
Como no recordar que en ese barrio Neto se curtió y tomo lo bueno y lo malo para hacerle frente a la vida y para saber manejar lo que hoy le depara el destino.
Porque, él es prospecto del PRI a una diputación local por Reynosa y con ello le da valor a aquello que se dice acerca de “hijo de tigre, pintito”.
Neto, es uno más de los que piso “El 18” y que hoy se perfila para las grandes ligas.
El inquilino de un barrio que cautiva y, que nunca se olvida.

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