La captura de Elba Esther Gordillo Morales y puesta a disposición de las autoridades judiciales por el presunto desvío de casi dos mil millones de pesos deja una serie de reflexiones a la población mexicana, sobre todo, a aquellos que se han considerado ser “de otro planeta” o de “otra estirpe”, intocables o algo por el estilo, principalmente, los líderes sindicales que tenemos y que ostentan el poder –malamente llamado así- por décadas, sin oportunidad de renovaciones ni auditorías ni nada que pueda ser siquiera un poco legal.
El presidente Enrique Peña Nieto prometió que se aplicaría la ley y lo está haciendo. Algunos insisten en que debe aplicarse a todos en forma general: coincidimos, aunque no se puede hacer todo de una sola vez.
Para variar, el eterno inconforme del país –Andrés Manuel López Obrador- ya salió a vociferar contra el presidente que le ganó la elección; las cosas se toman de quien vienen, así que no debe importar mucho su punto de vista, no al menos, para los que realmente trabajamos por México en cualquiera de nuestras trincheras, sean desde un puesto de intendente hasta el propio presidente Peña.
Esos profesores que defendieron a capa y espada a la señora Gordillo nunca quisieron ver que fue un producto de la imposición oficial: Carlos Jongitud Barrios, el dirigente magisterial de aquellos años entendió el mensaje, y como hacen las ratas de los barcos que se hunden, dejó todo y corrió para salvar su pellejo.
Elba Esther nunca supo entender que el sindicato magisterial debió pugnar porque tuviéramos una mejor educación que, muchos insisten, desde sus comisiones sindicales y cargos cómodos donde se cobra –y bien- sin trabajar, es de buena calidad.
A Carlos Loret de Mola lo condenaron pos la cinta “De Panzaso” y no aceptaron una realidad que todos vemos a diario: la educación es muy mala gracias a las barreras que el SNTE siempre tuvo para con la Secretaría de Educación Pública, a grato tal que los hijos, yernos y nietos de la otrora lidereza tienen asegurado su futuro sin saber lo que es trabajar, y el claro ejemplo es su hija, flamante senadora, quien al menos acude de vez en cuando a las sesiones para firmar su asistencia y no tener remordimientos para cobrar.
El gastar 3 millones de dólares ajenos, producto del “esfuerzo” de cada uno de esos profesores que a diario van a las comunidades a enseñar el “ABC” a los pequeños, el esfuerzo de quienes nos dicen que 2 mas 2 son cuatro, quedó en una tienda departamental de lujo, para vestir –mal vestir- a quien se robó el dinero de todos y lo utilizó para beneficio personal y familiar.
Hoy, tras las rejas, seguramente recordará la forma en que llegó a la cúpula sindical: traicionando y haciendo otro tipo de cosas al margen de toda moralidad. Elba Esther es el primer punto pendiente que debe atender el gobierno federal. Seguirán –así lo deseamos- otros líderes que en forma insultante se pasean en lujosos vehículos blindados, con seguridad pagada por nosotros, y que no se tientan para malversar fondos.
Uno de los que fueran poderosos, “La Quina” decía que no es igual el “quiñazo” que el “Elbazo”, porque lo de la maestra era ilegal y lo de él fue político.
Se olvidó cuando llegaba a Victoria rodeado de guardias armados, con vehículos blindados y agentes por todas partes, repartiendo el dinero del sindicato a un “campeón de la lealtad” y otros que se ufanaban de ser dirigentes sindicales, proyectando sus alhajas en Las Vegas y perdiendo millones de pesos en cada sentada a jugar.
Son otros tiempos, y debemos entenderlo.
Enhorabuena por el gobierno federal por las acciones emprendidas, y deseamos, sinceramente, que se multipliquen, que haya orden en el país, y que los enemigos del PRI y del gobierno dejen de criticar y se sumen al esfuerzo por sacar adelante a México.
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