Bien y a la primera

No podemos los individuos ser improvisados, o al menos, no debiéramos serlo. La improvisación es una de las cosas más negativas y dañinas para la sociedad, para el ser humano y para quien se jacte de ser lo que sea.
Vamos por partes, explicando el concepto, pues.
No es posible improvisar, por ejemplo, en obra pública; cuando se llevan a cabo éstas, se debe pensar en el hecho de que se harán, como dice el principio de cierta filosofía oriental: “bien y a la primera”, es decir, sin la posibilidad de tener que repetir porque no salieron las cosas bien.
Sucede en ocasiones que la obra que se tenía que entregar en tal fecha no se completó con los estándares de calidad requeridos, y hay que volver a rehacer, pegar, zurcir, improvisar.
No es tiempo de improvisaciones en nuestro país, no en el mundo en que vivimos donde los errores cuestan mucho, aunque en ocasiones se salvan de una manera automática.
Vemos, por ejemplo, cuando se publican incoherencias en Facebook o alguna otra de las mal llamadas “redes sociales”, y se borran inmediatamente, aunque el daño ya está hecho, dado que las consecuencias de las publicaciones tuvieron ya el efecto poco positivo aunque esperado.
Resulta en la familia, cuando un padre o madre quieren improvisar: nada hay más malo que quien tiene a su cargo la paternidad y no la ejerce responsablemente y quiere cubrir sus efectos de cualquiera otra forma que no es la adecuada.
No podemos ser padres de mentiras, no podemos ser funcionarios improvisados o artistas que no sabemos lo que queremos. Tampoco podemos ser investigadores con la improvisación a flor de piel, y mucho menos, por consecuencia, organismos que se jactan de ser importantes cuando la organización y esas cosas que tienen que ver con la formalidad no impactan positivamente.
Asistir a cualquier evento y encontrar que las cosas no son como nos ofrecieron resulta decepcionante. Es el equivalente al hecho de ir a una tienda de autoservicio y ver las ofertas, llegar por la misma y ver que no es tal, que han cambiado las condiciones, o el esperar encontrar en algún grupo social o cultural ciertas cosas… y nada.
No podemos darnos ese lujo más. No en instituciones o dependencias, no en la familia, no en ninguna parte, pues, para que se entienda.
Los que tenemos la responsabilidad de educar a personas ajenas a la familia, los que compartimos nuestros tiempos profesionales con la docencia y la investigación tenemos que ser congruentes con lo que enseñamos a los muchachos, o lo que pretendemos que sean cuando concluyan sus estudios y se incorporen al mercado profesional.
No más improvisaciones, no más informalidad. No más impuntualidad, sería la consigna del nuevo milenio.
Tristemente, vemos gente más floja y más incumplida, gente que no se ocupa de sus deberes y engaña a los que están sobre ella y a sus semejantes, pretendiendo hacer creer que trabaja y no lo hace.
Es el momento de cambiar la actitud, porque, de otra forma, se volverá a caer en tantas y tantas falacias sociales y culturales, que nos llevarán a un precipicio de incumplimiento, informalidad, fodonguez o dicho de otra forma: de mediocridad.
No podemos los padres permitir esas cosas, pero tampoco los profesores, los educadores, los sacerdotes o los actores sociales. Es tiempo de hacer bien y a la primera las cosas, desde el presidente de la República hasta el menos significativo en la cadena social y laboral. Todos somos importantes, y es la manera de demostrarlo: con actitud positiva y formal.
La formalidad es, sin duda alguna una de las grandes virtudes que existen y debemos fomentar.
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