De vez en cuando me detengo para observar el trabajo de amigos periodistas que me abrieron su mano y que me regalaron una sonrisa sincera cuando regresé a este, mi terruño, y a quienes hoy les reconozco su tenacidad para que desde su lugar logren combinar el servicio público con el difícil arte de comunicar.
A ella, la conocí en Ciudad Victoria, Tamaulipas, en los años ochenta y conservo gratos recuerdos de esa mujer, porque siempre fue solidaria con muchos para enfrentar con unidad los problemas que a diario le dan forma y rostro a esta profesión y porque además su lucha por guiar a las nuevas generaciones de periodistas siempre fue legítima.
Y por allí iba y venía ella seguida por su nutrido grupo de alumnos universitarios cazando a periodistas en los cafetines locales para que compartieran su experiencia diaria con los escolapios para que se sacudieran la modorra y para que asimilaran que a un salón de clase y a la brega en el campo los separa un mar extenso.
Recuerdo y, bien, que ella reunió a tres o cuatro reporteros y moneros y a más de una docena de alumnos en el Café Cantón, ubicado a un costado de Palacio de Gobierno, y nos pidió que orientáramos a los muchachos sobre lo que hace un periodista desde que se despierta hasta que se duerme y que les abriéramos los ojos pero, eso sí, no más de la cuenta.
Fue así como esos jóvenes fueron escuchando con sorpresa las locas vivencias de los comunicadores y si una cosa creo que les quedo claro, es que la palabra “periodista” no equivale a convertirse en millonario como muchos tienden a elucubrar.
Con la misma sorpresa asimilaron que la libertad de expresión es algo fortuito y que un periodista es el corazón en un medio de comunicación, más no el dueño.
Ella, como madre de familia, ha sacrificado como muchas otras compañeras años de su vida para consolidarse como comunicadora y es una mujer con firmes convicciones que sabe rebelarse cuando es necesario defender una postura y puede ser que en ello radique parte de su éxito.
Hoy, la veo igual de activa, atenta y comunicativa corriendo al lado de los trajeados del IETAM, donde hace tripas corazón para sacar adelante la encomienda que le asignaron como Coordinadora del Area de Prensa, un paquete de gran volumen porque el calor es intenso cuando se aproxima, como ahora sucede, una elección local.
Leticia Santoyo Caamal, mujer sureña que ha sido bien adoptada ahora por nosotros los norteños, cumple hoy con una función nada sencilla, pero su presencia le ha dado luz a todo lo que rodea al Instituto Electoral de Tamaulipas, sobre todo a su imagen y a la necesidad de que exista una clara, limpia y eficiente comunicación con los periodistas, entre quienes las poses de Diva siempre amenazan con estropear una relación.
Nadie, mejor que ella, para que con esa experiencia y disposición que muestra contribuya para que este proceso que acaba de abrir la puerta se convierta en el más interesante de las últimas jornadas electorales y que sea a través de la comunicación como se alimente la necesidad que tienen los periodistas y los electores de conocer lo público y lo privado de un organismo que hoy está en la mira de todos.
Y es que a “Lety”, como le dicen sus cuates, la escuela no le pasó de noche y eso es bueno, porque no basta con la presencia, con la sonrisa espontánea y el cordial saludo para intentar comunicar, porque también se hace imprescindible la instrucción académica.
Los bien elaborados boletines del IETAM que tienen el sello de Lety siguen llegando y por la certeza, imparcialidad y claridad que se aprecia en ellos se puede decir que como comunicadora, se está luciendo y renovando.
Y aunque ella es modesta y poco afecta al cebollazo.
Se vale, porque sin el riesgo de acariciar una mentira.
Se puede decir que ella domina bien.
El difícil arte de comunicar.
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