Mejores familias

Todos sabemos la importancia que tiene la familia en la sociedad: dicen los estudiosos que es la célula básica de ésta, y prácticamente cualquier persona lo puede constatar. Es la familia la base de muchas cosas, más de lo que algunos piensan, porque a decir verdad, denostamos mucho la importancia que tiene en nuestros muchachos, nuestros niños… nuestra sociedad.
En ese sentido, vemos que hay carencias que deben ser cubiertas inmediatamente: la forma en que nos estamos desarrollando nos muestra la falta de valores y la carencia de espíritu social con que mucha gente se conduce, o nos conducimos, pues.
No podemos dejar a un lado la formación que se aprende cuando pequeños y que es la base para nuestro desarrollo. El escuchar una charla de personas jóvenes, inundada de “weyes” y otras cosas que no son precisamente lo mejor nos habla de la falta de una formación adecuada.
¿Por qué puede ser este fenómeno, dirían algunos especialistas?
En definitiva, consideramos que tiene mucho que ver el que hayamos cambiado nuestra forma de vida: hace años la base de la familia la constituía la madre, encargada prácticamente de la formación de los hijos, aunque algunas feministas no están de acuerdo al afirmar que la presunta “emancipación” de la mujer ha hecho que cambie su rol en la sociedad.
Los roles no son pro casualidad, y cada uno de los miembros de la familia tiene su papel, y al asumirlo, participa en la formación de los hijos que, posteriormente, serán la base de otra familia, la extensión de la nuestra.
El hecho de que la madre estuviera pendiente de muchas cosas nos hizo a infinidad de personas aprender a valorar la amistad, la solidaridad, el amor, el espíritu de colaboración y otras cosas más.
Aprendimos muchos que al levantarnos había que arreglar la cama, o colaborar cuando terminábamos de comer, “levantando” los trastes, es decir: éramos partícipes activos en los quehaceres de casa, aunque cierto es que existieron, existen y existirán hogares en los que muchos varones nunca entendieron lo que era participar activamente.
Éramos muy “machos” y no permitíamos que nos “rebajaran” en quehaceres domésticos: eso era de mujeres, nos decían en muchas casas, aunque, la necesidad imperante en otras nos hizo ser activamente participativos, quizá mucho más de lo que debiéramos.
Eramos solidarios con mamá, con papá y con todos los miembros, en otras palabras.
De ahí la importancia de que existan programas que tienden a recuperar estos valores; en ese sentido, reconocemos muchos la función que tienen colaboradores de un sistema como el DIF en el estado, cuya finalidad es propiciar que la familia se desarrolle de la mejor manera posible. Básico para todos, pues.
¿Qué hacer ante la pérdida de valores? Será necesario disponer del tiempo necesario para atender a los hijos. Finalmente, para ellos trabajamos y por ellos hacemos muchas de las cosas que hacemos. Los hijos son la principal causa de todo nuestro desarrollo, y en ese sentido, hay que trabajar por ellos y para ellos.
Se requiere, obligadamente, hacer una función de verdaderos padres y no únicamente de proveedores de aspectos materiales, porque esa labor, aunque la cubrió el padre históricamente, hoy en día pertenece a ambos: padre y madre.
Pero los hijos, ¿qué pasa con ellos?
¿Dejaremos que una televisión aberrante, retrógrada y contaminante como las que nos ofrecen las cadenas importantes –al menos, económicamente- lo hagan?
Es ahí donde debemos participar: dejar a un lado que Facebook, Twiter, Televisa o Milenio eduquen a nuestros hijos, porque de todos es sabido que han servido para dos cosas en ellos: para nada, y para pura…
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