Jolgorio priista

El auditorio vibró, se sentía el calor y como que el PRI poco a poco va recobrando su frescura, su fragancia, su lozanía.
Y es que hasta el crítico más serio y severo erraría si no reconoce que lo que sucedió este fin de semana en la postulación de Blanca Valles Rodríguez y Ricardo Rodríguez Martínez, como candidatos a diputados locales, fue un golpazo para aquellos escépticos que ven a un PRI muerto, sin alas y a la deriva.
Fue un evento en el auditorio de la ULSA perfectamente organizado y en el que se cuidó el mínimo detalle, un encuentro entre la familia priísta de la capital de Tamaulipas que recobró la energía, las ganas de gritar que sigue presente y que no está dispuesta a dejar libre un espacio para que se escurra un partido de color diferente.
Lleno total, los tamborazos, los enmascarados, las manos arriba con la bandera con el logotipo de su organización y el tremendo grito que escapó de miles de gargantas que le tributaron su lealtad al tricolor, a ese partido de mil batallas que en los últimos procesos le han metido el pie y le han oprimido fuerte el cuello.
En el escenario Blanca y Ricardo se lucieron como los buenos toreros porque cortaron rabo y oreja y dieron una lección de lo que significa conquistar a un público al que ya no se le engaña con el viejo sermón que hace bostezar, que adormece.
Ella, centró su discurso en su familia, en su trayectoria como lideresa y en la forma en que concibe el trabajo que debe desarrollar un legislador que no se remita solo a calentar una curul.
Físicamente Blanca se ve bien, pero mejor es que demostró que es una mujer que todos saben que habla derecho, de frente y que no anda con medias tintas, lo que le ha abierto siempre la pesada puerta de hierro de la prensa.
El, es un joven que no ha gozado de un espacio para explotar sus cualidades de orador, pero ahora se apropió del escenario y centró su discurso en la visión que tienen los priístas para sacar a México del pozo oscuro en que se encuentra, un país que se retuerce entre el dolor, entre el llanto.
Es, él, un priísta que aun goza de la cualidad de sonrojarse cuando las chicas le gritan “Ricardo, te amo”, como sucedió en la convención de delegados, un muchacho que observó también emocionado, desde la tribuna, el rostro apacible de sus padres Jaime y Luz Elena, y las lágrimas que por sus ojos rodaron.
Fue, el del sábado, un evento completo en el que se dejaron las mascaras en casa, como es el caso de la ex locutora de televisión, Carmen Sánchez, quien se detuvo a tocar el tambor y a bailar al compás del ritmo que contagia, de ese que no se encierra en las cuatro paredes de un casino de postín por aquello de que se deben cuidar las formas.
Y estaban allí Don Egidio padre, doña Beatriz Anaya, el candidato a alcalde, Alejandro Etienne Llano, los lideres de los sectores y la mayoría de los funcionarios de la administración estatal, quienes también se despojaron de las máscaras para unirse al jolgorio.
Y el rostro satisfecho, muy satisfecho, de Remiro Ramos Salinas, dirigente del PRI en Tamaulipas, quien poco a poco le ha ido repintando con plumón los desvanecidos colores que hicieron que casi el partido se desintegre.
Es, Ramiro, un personaje que con trabajo y suma modestia le volvió a cocer nuevamente la cabeza al decapitado tricolor de Tamaulipas, un partido que ya se mueve y que va por todo.
Con eventos como ese ni duda cabe que el PRI va a patear las piedrotas que se encontrara en el camino y con candidatos como ellos, Alejandro, Blanca y Ricardo, seguramente saboreara aquí nuevamente la victoria.
Ni modo de que sea invento.

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