Podemos ser lo mejor de lo mejor, tener la preparación más idónea y otras cosas materiales, intelectuales, emocionales y sentimentales, pero la materia más difícil quizá para todos es la referente a las relaciones humanas.
Nos empeñamos en encontrar dificultades para llevarlas a cabo; competimos con los seres queridos en actitudes poco lógicas, que no llevan a nada más que a peleas estériles, en las que rivalizamos con aspectos que nada tienen que ver: un hombre, en una relación de pareja, nunca será igual que una mujer y cada uno tiene un rol que desempeñar.
No se trata de actitudes machistas o feministas, sino de dar su justo sitio a cada uno. La mujer que piensa que es mejor, o el varón que hace lo mismo, están, definitivamente, desorientados y buscan cualquier pretexto para pelear. En ocasiones, buscamos desahogarnos con quien más amamos de las cosas que tenemos dentro o que nos han afectado, propiciadas por otros más, pero no es nada justo el tomar actitudes de competencia, una de las más grandes barreras que tiene el individuo para llevar a buen puerto su relación de pareja.
Con los hijos sucede lo mismo, con los amigos y los compañeros de trabajo: pensamos que todos están pendientes de lo que hacemos, criticamos sin ton ni son, y a veces, juzgamos sin saber siquiera por qué la persona está reaccionando de la manera en que lo hace.
Nadie dijo que era fácil una relación interpersonal, y eso lo tenemos muy claro.
El hombre o la mujer que se precie de tener entendimiento debería sin lugar a dudas, tratar de comprender a quien comparte su vida o sus sentimientos, su tiempo o una relación que pretende llevar lejos, en busca de ese difícil y sinuoso camino que se llama “felicidad”, meta de casi todos nosotros.
Pero, es muy fácil hablar de estas cosas y no lo es cuando se trata de llevarlas a la práctica. Los seres humanos tenemos que hacer un enorme esfuerzo por agradar y comprender, por entender y querer, o como dijo en alguna ocasión Pedro Camacho Lara: “por amar, que no debemos preocuparnos por quien nos ama: eso es secundario”. Lo decía, en el sentido de que una persona debe dar lo mejor de sí sin esperar recompensa alguna, sin esperar el premio que pudiera entregarle la gente de enfrente: el amor correspondido. Decía siempre que el entregaba a doña Blanca Segura su amor total, sin esperar que ella lo hiciera.
Fue cuestionado acerca de lo anterior, porque se le decía que cuando un entrega amor es porque espera recibir amor. Pedro decía que él no se preocupaba por recibirlo, porque cuando uno entrega el mayor de los sentimientos a alguien, por añadidura llega el amor de la otra parte sin esperarlo.
Una bella filosofía que le permitía vivir contento, tratar de ser feliz y encontrar en su pareja las cosas buenas.
Cuando comenzamos las peleas y desacuerdos minamos en mucho esta relación, y nada bueno puede ocurrir: o nos deja, no les dejamos, o de plano, vivimos una relación de infierno, llena de reclamos y cosas que no son nada positivas.
Los profesionistas del comportamiento humano no aciertan en su totalidad cuando quieren definir cual es la mejor relación entre una pareja, porque cada individuo somos distintos: no hay un patrón, aunque existan condiciones similares por aspectos culturales, familiares, sociales o personales: todos somos diferentes y nuestras reacciones también lo son.
Decir a tu pareja “discúlpame” o “perdóname” es probablemente lo más difícil que hay, sin embargo, a veces hay que hacerlo a la brevedad, porque luego sucede que no tenemos tiempo para arreglar lo que destruimos, lo que hemos desacomodado, y vienen las diferencias abismales que concluyen con una dolorosa separación.
Nadie queremos eso, pero pocos luchamos por lograr la armonía en la relación, y eso lo sabemos. ¿Cuándo iniciamos la recomposición de estas relaciones? Es tiempo ahora, pues.