Lawrence Durrell

El pasado febrero, sin fastos ni cohetones, se cumplió el 101 aniversario del

natalicio de Lawrence Durrell, el escritor británico cuya famosa obra, el Cuarteto

de Alejandría, le concedió un lugar privilegiado y merecido en la literatura

universal. A Durrell siempre se le ha referido como un escritor de la Gran Bretaña,

aunque nació en la India, hijo de padres ingleses y sólo recientemente supe que

nunca tuvo la ciudadanía británica y, un dato no confirmado, que él siempre se

resistió a ser considerado como tal.

Las novelas Justine (1957), Balthazar (1958), Mountolive (1958) y Clea

(1960) que forman la tetralogía de Durrell son un despliegue de fuegos artificiales

en cuanto a recursos lingüísticos, en el manejo de los personajes y las atmósferas,

así como una obra de excelente y propositiva factura formal. “Como la literatura no

nos ofrece Unidades, me he vuelto hacia la ciencia, para realizar una novela como

un navío de cuatro puentes cuya forma se basa en el principio de la relatividad”,

señala Durrell para explicar su aspiración de representar el espacio-tiempo en

esta obra; confieso que después de leer en dos ocasiones el Cuarteto nada

se agregó a mi conocimiento de la teoría de la relatividad que es muy escaso,

por no decir nulo; en cambio, mi entusiasmo por la literatura de Durrell creció

Las cuatro novelas narran, desde la perspectiva de otros tantos personajes,

prácticamente el mismo periodo y los mismos acontecimientos. Sólo en Clea

hay un desarrollo de la trama que abarca un periodo más largo que las otras

novelas. La pluma creativa de Durrell hace, sin embargo, que cada novela

resulte diferente, como si fuese una historia distinta la que se cuenta; la voz

narrativa de los personajes, cargada de una espectacular riqueza interior se funde

Juego de ojos

imperceptiblemente con los recursos literarios formales y dan al lector la impresión

de acercarse, en cada volumen, a una historia nueva con los mismos personajes.

En diversos análisis de esta cuarteta de novelas, se ha señalado la

viveza que logra Durrell en la descripción de la ciudad de Alejandría –lugar donde

se desarrolla la trama- hasta convertirla en una protagonista más; sitio escurridizo

y misterioso que no se deja atrapar. La relación entre el narrador-escritor de la

primera novela, Darley, con Justine, la protagonista, parece ser una analogía de la

mirada occidental de aquél frente a los enigmas de la cultura árabe: “lo que me

hechizaba era la ilusión de que tal vez podría llegar a saber cómo era de verdad”,

dice el narrador de su amante; y al igual que Justine, parece que la ciudad se

resiste a ser descifrada por los ojos extranjeros de Darley, visto que muchas de

sus percepciones quedan exhibidas como simples, incompletas o ajenas si se

confrontan con la capacidad natural de Clea o Balthazar para escudriñar su

esencia misteriosa. Esta naturaleza huidiza proviene en parte de su complejidad,

semejante a la de Justine, descrita por Darley como “una hija auténtica de

Alejandría, es decir, ni griega, ni siria, ni egipcia, sino un híbrido, una

Sin duda alguna, las relecturas de este libro maravilloso son siempre

aleccionadoras y sorprendentes. Cuánta razón les asiste a los críticos cuando

aseguran que Durrell ofreció a sus lectores cinco libros: cada una de las novelas,

que pueden no depender una de otra, y las cuatro que, en conjunto, son una

obra aparte. La primera lectura me impactó con el trabajo formal del género,

la meticulosidad con que se desarrollan las cuatro historias y los abundantes

recursos que puso de manifiesto Durrell para hacer cuatro libros diferentes a partir

del mismo argumento. En la novela autobiográfica El libro negro, publicada en

1938, el escritor describe nítidamente el secreto de su oficio: “un ataque, con los

puños desnudos, a la literatura”.

En una segunda lectura, después de haber dejado reposar los libros

unos diez años, mi interés se centró en los personajes y cómo en cada libro se

agregaban pinceladas que no modificaban el retrato original sino sólo lo hacían

más complejo. Personajes como Melissa, la prostituta griega enamorada de

Juego de ojos

Darley y quien mejor describe la relación amorosa del escritor con Justine; Clea,

enigmática y sabia; Balthazar, más enterado que un narrador omnipresente;

Nessim, poderoso y débil al mismo tiempo. Incluso personajes secundarios

como el barbero Mnemjian, el sirviente Hamid, Pombal, Leila, Scobie, Naruz y

Capodistria tienen un encanto irresistible.

Balthazar es quizá mi novela preferida de las cuatro, por la enorme riqueza

del lenguaje con que Durrel dotó a su personaje, lo cual es, con todo, una

afirmación osada, pero siempre me pareció que Balthazar, el personaje que da

nombre a la segunda novela, más que médico, pues tal en su oficio en la historia,

es más semejante a los druidas galos, poseedor de una sabiduría casi mágica

que le permite ser condescendiente con los actos más siniestros o más sublimes

de los humanos y dueño también de una serenidad que trasciende las emociones

que insuflan vida a los personajes con los que convive y que, sin embargo, forman

parte irremplazable de su propia vida; emociones que él explica puntualmente: “la

etiología del amor y la locura son idénticas, sólo es cuestión de grado”, porque,

al final, parece flotar siempre sobre los personajes la ambición febril por explicar

intelectual o emotivamente el amor.

Herr Professor Dr. Kissinger

Leo con morboso interés que el Premio Nobel (¡válgame Dios!) Henry

Kissinger, herr proffesor, tuvo una gala de honor en, cito en inglés: “New York’s

most glamorous dining room in Manhattan’s St. Regis Hotel” (Daily Beast, 4 de

junio), con motivo de sus 90 años. La crème de la crème estuvo representada: los

Clinton, los MaCain, los D’Estaing, los De la Renta, los Rockefeller, los Baker, los

Petraeus, los Powell, los Rumsfeld y, but of course, una salpimimentada de clases

dominantes del Tercer Mundo, no demasiada, nomás lo suficiente para dar al

No crea el lector que soy un resentido social ni que escribo desde el

rencor de quienes no fueron convocados al sarao, no. Nomás seré políticamente

incorrecto con una estampa que nadie mencionó al rendir homenaje al

nonagenario autor de la sangrienta teoría del dominó: su participación en el

derrocamiento y asesinato de Salvador Allende. En el 2008 el Archivo Nacional

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de Seguridad de la Universidad de Georgetown (NSA), publicó las transcripciones

de telefonemas entre Nixon, presidente; Kissinger, asesor de seguridad nacional;

Rogers, secretario de Estado y Helms, director de la CIA, que confirman que

en 1973 el gobierno de Estados Unidos organizó y estuvo tras el golpe militar de

Pinochet, tal como organizó y estuvo tras los asesinatos de Madero y Pino Suárez

en 1913. Nixon murió hace 19 años, Rogers hace 12 y Helms en 2010. Pero

don Henry sigue vivito y coleando a los 90. ¿Pisará la cárcel por acciones que

hubiesen tenido cabida en el tribunal de Núremberg? Apueste usted a que no.

Poco después de la asunción de Allende en 1973, este feroz retoño de

Metternich gritaba a Helms: “¡No permitiremos que Chile se vaya por el drenaje!”

Dice el NSA: “Después de que Nixon habló personalmente con Rogers,

Kissinger grabó una conversación en la que el Secretario de Estado estuvo de

acuerdo en que, ‘como tú dices, deberíamos decidir a sangre fría qué hacer y

después llevarlo a cabo’; mas aconsejó proceder ‘con prudencia para que no nos

salga el tiro por la culata’. El secretario Rogers consideró que ‘después de lo que

hemos dicho acerca de las elecciones, si la primera vez que un comunista gana

los E.U. intentan impedir el proceso constitucional, nos vamos a ver muy mal’”.

Las transcripciones revelan que apenas nueve semanas antes del golpe

de Pinochet y la CIA, el 4 de julio de 1973, Nixon llamó a Kissinger y le dijo: “Creo

que el tipo chileno ése podría estar en problemas”. “Sí”, respondió Kissinger.

“Definitivamente está en dificultades”. Nixon, dice el NSA, procedió a culpar al

director de la CIA y al antiguo embajador en Chile, Edward Korry, por no haber

impedido la asunción de Allende tres años antes. “La regaron”, dijo el Presidente.

Demos dar gracias a la diosa Walpurga o a nuestra deidad teutona favorita,

de que herr professor Kissinger, a imagen y semejanza de los represores de

izquierda y derecha con los que seguramente no estaría dispuesto a convivir, haya

grabado secretamente sus conversaciones telefónicas como la que tuvo el 16 de

septiembre de 1973 con su jefe Nixon. Es posible que tenga efectos eméticos en

algunos lectores, por lo que se recomienda precaución:

(Saludos respetuosos. Nixon pregunta si hay novedades.)

Juego de ojos

K. No. Nada de importancia. El asunto chileno se está consolidando. Claro

que los periódicos están desgarrándose porque un gobierno pro-comunista fue

N. Vaya, vaya. Qué cosas.

K. Digo, en vez de celebrar. En la administración de Eisenhower seríamos

N. Bueno, no lo hicimos –como sabes- no aparecimos en esto.

K. No lo hicimos. Quiero decir los ayudamos ______ generamos

condiciones tan amplias como fue posible (¿?).

N. Así es. Y así es como se va a jugar. Pero escúchame, en lo que toca a

la gente, déjame decir que no se van a tragar ninguna mierda de los liberales en

K. De ninguna manera.

N. Saben que es un gobierno pro-comunista y eso es lo que es.

K. Exactamente. Y pro-Castro.

N. Bueno, lo principal fue… Olvidémonos de lo pro-comunista. Fue un

gobierno totalmente anti estadounidense.

N. Y los fondos de que dispusiste. Vi el memorándum que giraste acerca

de la plática confidencial _________ para una política de reembolsos para

expropiaciones y cooperación con los Estados Unidos y por romper relaciones

con Castro. Bien; diablos, ese es un gran aliciente si lo piensan. No, de ninguna

manera te fijes en las columnas y en los desgarres sobre eso.

K. Oh. No me molesta. Sólo se lo informo a usted.

N. Sí. Me lo informas porque es típico de la mierda a la que nos

K. Y la increíblemente sucia hipocresía…

K. De esa gente. Cuando se trata de Sudáfrica, si no los derrocamos arman

Juego de ojos

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