Siempre padre, siempre tú

Cuando se llega la fecha, todos tenemos pensamientos muy interesantes y amorosos para el padre que nos ha acompañado en la vida, y los que no tuvimos esa oportunidad, para entender la importancia de serlo, de poder actuar como nos hubiera gustado que lo hiciera aquella persona que se fue para no saber más de nosotros.

En cualquier instancia, el padre es recordado el tercer domingo de junio en nuestro país, y abundan las muestras materiales que tenemos: camisetas con leyendas amorosas, carteras, recuerdos y la tradicional comida que acapara todos los espacios de restaurantes y cafeterías, ocasionando en los usuales clientes una enorme molestia, como si ellos no supieran lo que es ser padre.

El caso es que el día del padre es una invención comercial muy interesante que nos permite recordar que tenemos sentimientos, esos que debemos fortalecer y motivar no únicamente en el día señalado por el comercio, sino por todos los que implican un calendario normal de 365 días al año.

Recuerdo, mi querido y admirado padre, que en aquellos tiempos de la adolescencia que fueron los primeros que me tocó en suerte experimentar con un padre de verdad, fueron especiales: recuerdo perfectamente aquella casa de Álamo Rojo, y nuestros cuartos, cuando nos levantábamos muy tempano a desayunar en aquel desayunador de madera con dos bancas, y que la flaca se enojaba porque le hacía la tradicional broma.

Recuerdo que mamá nos ofrecía muchas cosas, pero lo más importante es que comenzábamos el día unidos, juntos, en una especie de “oración mundana” en la que uníamos nuestros corazones para darnos fuerza y tener un excelente día.

Luego, la partida…

A partir de los ochentas, la vida nos separó y tuvimos que vernos menos veces, menos periódicamente, pero lo más extraordinario es que siempre lo hicimos con el mismo amor y camaradería de todos los días.

“Chavo”, “chavito”, eran algunos de los sobrenombres que utilizamos para dirigirnos a ti, y obtener la broma, el comentario, la sugerencia, pero nunca la palabra altisonante o la agresión, lo cual agradezco con el corazón y guardo como lo más valioso.

Hoy la vida nos ha ubicado geográficamente lejos: tú, en Aguascalientes con mamá y mis hermanas; yo en Victoria, cerca de mis tres soles que, aunque no tuve oportunidad de disfrutar un día como los que calificamos como mundanos, sé que están en mi corazón y yo en el de ellos.

Sin embargo, mi querido padre, el dolor de esta mañana fue no poder darte un abrazo físicamente y decirte lo que significas para mí, que ya lo sabes porque todos los días nos compartimos sentimientos y muchas cosas más.

Es un buen pretexto, Alejandro querido, para recordar que eres un padre excepcional, y que lo que yo he tratado de llevar a la práctica con David, Daniela y Dafne, ha sido producto de lo que aprendí de tu existencia, de tu carácter… de tu corazón.

Lo más importante es lo que me has dejado como herencia y que supongo quedará grabado en mi ser: el poder comprender a mis hijos, tratar de ser su amigo –no su cuate- y entender que quienes experimentamos la paternidad somos afortunados, porque no hay nada más grande que pueda acercársele siquiera, que el poder escuchar el primer “papá” de un bebé, o darle la mano para que experimente su primer paso: David sabe muy bien de qué hablo, al igual que mis reinas adoradas.

¿Qué más podría decir? ¿Felicidades? No, felicidades no, porque no es ningún chiste ser padre: te diría GRACIAS, porque has sido como tal, el mejor que pudo haber estado en mi formación personal.

Gracias, papá, gracias, mi querido Alejandro por todo lo que eres para mí.