Para Carlos Luis

Hoy te lo quiero decir.
Que asomen por mi boca aquellas palabras que se ahogaron, que no brotaron, que congelé a propósito y que hoy dejo que escapen suaves, claras y tal vez elegantes.
Me despojo de la máscara que siempre cubrió mi rostro duro, frío he inexpresivo de viejo gruñón, de señor “perfección”, del que pone y dispone, del que se gano con el puño el mote de incorregible.
Y hoy te lo quiero decir.
Llego el momento, y sabes tú que es mejor tarde que nunca, porque la luz que nos ilumina un día se va a desvanecer, se va a extinguir, se irá, nos dejara de cubrir, y solos y desnudos.
Te quiero decir que tu niñez no fue común, que tu condición nadie la envidió porque no naciste con estrella, pero aun así luchaste con tus manos pequeñas y morenas y le fuiste arrancando pedazos a la vida hasta alcanzar la estatura de un titán.
De niño, flaco y enfermizo a cada paso que dabas todo te sorprendía, te mareaba, como en aquella ocasión en Mazatlán cuando a tus escasos dos años te desplomaste al posar por primera vez tus pies en la arena color oro y de tanto mirar el vaivén de las “babas” del mar, como describe el maestro Joaquín Sabina, a la espuma.
Te aferrabas a mi mano con temor, pero cómo disfrutaste el contacto entre tu pedacito de cuerpo y el agua de aquella playa que acaricia, que besa, que abraza y que moja la cara y la despierta.
Y cómo no recordar cuando fui tu punto de apoyo para que no cayeras de aquella tu primera bicicleta a la que tanto miedo le tenías y que llegaste a adorar, porque después ese juguete te inyectó la seguridad que no conocías, que era necesaria, que era tan imprescindible que te tomara de la mano toda la vida.
Cómo no extrañar aquellos cotidianos paseos por el Parque de los Cocodrilos, allá en la Colonia Industrial, en el Distrito Federal, y su bella fuente central, dónde aquel patito que compramos y que resultó ser un enorme ganso blanco, limpio y erguido que bautizamos como “Florentino”, se bañaba en sus aguas y jugueteaba y sorprendía a los niños por ser dócil y gracioso.
Y añorar, cómo no, los años en que fui testigo de tu desarrollo como adolescente, cuando seguido tropezabas, cuando a veces te caías y que te costaba trabajo levantarte, producto de esa rebeldía que llevas dentro, que te cierra y que no es natural, pero que en ti se justifica.
Pero hoy, a tus treinta y tantos años, empiezas a probar el peculiar sabor del triunfo, del gozo y de esa madurez que te está abriendo la puerta y que te invita a entrar para que valores, para que tases, para que reflexiones sobre lo bueno y lo malo que se ha cruzado en tu camino tapizado de momentos gratos y también ingratos.
Si un pequeño obsequio te ha dado la vida es que nunca estuviste solo, que a pesar de todo fuiste capaz de integrarte a la familia, la cual siempre te dio un lugar, un espacio que procuro respetar.
Y es que allí están ellos, tu madre Rafaela, tu tía Blanca Estela, tus primos Said Iván y Karina, tus hijas Marisol y Sofía, y tus amigos, que hicieron menos penoso tus desfallecimientos.
Y aunque ya no están ellos aquí, tus abuelos Don Luis y Doña Enriqueta, tus tíos Luis y Armando y otros más, hoy gozan desde el cielo cuando te observan orgullosos vestido con tu toga y tu birrete, porque aquel pedazo de carne que tuvieron en sus brazos creció y hoy se ha convertido en un profesionista.
La jornada no fue sencilla y tu sabes que la vida es así, que viene lo más difícil, porque aunque ya subiste el primer escalón el camino está cubierto por abrojos que hay que esquivar con habilidad, con inteligencia y, sobre todo, con tesón.
Por eso, Carlos Luis Vázquez Galindo, hoy te quiero decir que tomar en tus manos el titulo que te acredita como Licenciado en Ciencias Políticas y Administración no es suficiente, porque es algo importante que hay que hacerlo lucir por su tamaño, por el lugar en que te ubica en este mundo como ser humano y porque no es un objeto que solo decora una pared.
Y te quiero decir, querido sobrino, que a este viejo duro, frío, gruñón y perfeccionista le has cruzado el rostro con una bofetada con guante blanco y lo doblaste, pero sin embargo hoy eso hasta lo disfruto.
Porque has marcado tu nombre con la palabra: Licenciado.
Y porque hoy nace otra estrella que brilla.
Que compartirá con nosotros, su luz.

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