La recesión mundial ha hecho estragos en la economía de los países del orbe y en las familias. La sociedad padece la falta de tino de los gobiernos diversos, y hemos entrado en una etapa difícil, más, para quienes vienen detrás de nosotros: nuestros hijos.
Cuando pequeños, todos vimos en la educación básica de los hijos el primer escalón de su camino al progreso: soñamos en que llegasen a ser buenos y excelentes profesionistas, hombres y mujeres de bien, con una buena posición profesional y económica, porque, nos guste o no, el éxito económico va de la mano del profesional, ya que si la actividad que hemos elegido no nos permite vivir adecuadamente, suponemos que no ha sido le mejor de las decisiones.
Así hemos visto el andar de nuestros hijos a través del tiempo.
Y hoy, cuando ellos han concluido sus estudios profesionales, pensamos muchas cosas. La reflexión nos mueve a sentir coraje o impotencia cuando ellos están bien preparados, tienen herramientas y empuje necesarios para erigirse como triunfadores, y sin embargo, no tienen empleo.
¿Por qué?
Mucho tiene que ver la gama de oportunidades que se labran las personas en la vida, y el éxito de nuestros allegados: muchos inútiles y buenos para nada están en las nóminas gracias a sus relaciones familiares, personales o sociales, lo que les permitió ubicarse en una buena cuenta de ingresos y dejar a un lado a la gente con capacidades.
Eso lo sabemos, y mentiría el que diga que no es cierto. Muchos jóvenes están devengando un salario que no les corresponde y han dejado fuera a los que tenían más aptitudes.
Es la ley de la vida, porque así ha sido siempre: las oportunidades no son siempre para los más talentosos, sino para el que manejó más adecuadamente sus relaciones públicas y sociales.
Pero no deja de doler este tema, sobre todo, cuando las posibilidades de subsistir en forma personal son mínimas para ellos, los que abrazamos desde pequeños y a quienes inculcamos que la vida es una vía en la que el éxito y la honestidad van de la mano.
Chicos que nunca sirvieron para dos cosas tienen tranquilidad económica gracias a que papá les instaló un negocio, con recursos a veces de dudoso origen, y en otras, porque papá ha decidido que el hijo no sufra. Totalmente natural.
El pecado de quien no tiene padre con recursos o amigos bien colocados es grande, y se paga con una penitencia mayúscula: el desempleo.
Es aquí donde mucha gente quiere exigir al gobierno que haya empleos, sin embargo, para que esto suceda, tiene que haber muchos factores que se crucen en la misma orientación.
Injusto es, por ejemplo, que un holgazán, vividor y bueno para nada herede la plaza o empleo en la secretaría de Educación y se “convierta” de un plumazo en maestro cuando no tiene ni conocimientos ni vocación, o el hecho de heredar la plaza de Pemex, donde tienen garantizado su alimento cotidiano.
Hemos visto a mucha gente, tocado muchas puertas y hemos tenido la misma respuesta: el frío silencio de quien tiene garantizado su plato de comida. No han querido dar oportunidad de demostrar que algunos de nuestros muchachos tengan o no capacidad: los desechan por no tener amigos, y esa es una triste verdad.
En contraparte, se dice que hay una bolsa de empleo, pero no se dice que no hay trabajo para los que se prepararon. Llamadas que no se contestan, correos que nunca se resuelven y solicitudes que quedan en el archivo muerto.
Esa es la realidad de ellos, los que lucharon por querer tener un lugar en la vida.
¿Y los amigos? Ellos están bien, porque tienen su plato de sopa calientito. No importa que otros muchachos que lo necesitan no tengan ni para un bote de agua.
Esa es la triste verdad que padecemos. Ojalá cambiaran las cosas.
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