Ellos hacen maravillas con sus manos y no son magos, malabaristas o empleados de la caja de un banco que cuenta billetes.
Desarrollan un trabajo profesional al igual que muchos otros, pero su labor nunca ha sido reconocida, viven en la sombra y en ocasiones se asoman por la ventana como para que alguien los mire y para demostrar que existen.
Para las autoridades su actividad pasa a ser de segunda aun cuando son miembros competentes de la Salud Pública porque son capaces hasta de leer, analizar y de valorar un historial clínico antes de pasar sus manos por las articulaciones para aplicar técnicas de curación, pero ni aun así dejan de habitar en las penumbras.
Y como no son fanfarrones y si, discretos, pocos saben que para desarrollar su faena diaria tuvieron que pisar un aula universitaria hasta acariciar un título que los acredita como licenciados, sin embargo los sueldos que perciben apenas si se acercan a los que les quita el sueño a los empleados de tercera categoría.
La Fisioterapia constituye para ellos su razón de vivir y como pueden hacen honor a aquellos grandes personajes de la antigua Mesopotamia, del antiguo Egipto y de la America Prehispánica que aplicaron procedimientos que se basaron en la religión y en la magia, aunque siempre con la intervención de agentes físicos.
Y para que mejor se entienda, ellos no son unos improvisados porque se preparan a diario, escudriñan en los libros y hacen suyo todo aquello bueno que “escupe” el Internet y que los actualiza, porque como profesionales todos sus pacientes son de primera.
Su trabajo no es sencillo y vale decir que uno de los problemas que enfrentan es el del influyentismo que todo lo contamina y, cómo no, si a pesar de ser empleados de gobierno se les obliga a atender a pacientes de abolengo a domicilio, lo que ha la vista de todos los reduce al nivel de un vulgar masajista o de una mucama.
Pero ellos soportan todo en silencio y no pierden la esperanza de que alguien los valore, que los comprenda y que aunque sea de paso los ilumine y los rescate un poco de las tinieblas que los entumece, que los atrofia y que los va haciendo viejos.
Que paradójico, porque ellos nacieron y crecieron para sanar, para cachetear los males que aquejan al ser humano, para hacer de sus manos la herramienta principal para aliviar el dolor con sus técnicas de curación a través de la naturaleza.
Hoy viernes es el Día del Fisioterapeuta en México y nadie se acordó de estos profesionales de la salud que por descuido permanecen en el anonimato, que se les ignora y que se les negrea, por eso por lo menos merecen que su nombre quede grabado en este modesto espacio.
Vaya, pues, para mis amigos los licenciados Luis Enrique Zapata Domínguez, Juan Guadalupe Alvarado Rojas, Reyna Edith Charles Pérez, Gladys Quintero Madrigal, Norma Gómez Ledezma, Juan Carlos Mendoza Gallardo, Griselda Enrriques Domínguez, Miriam Lizbeth Galván, Antonio Carrisal Ríos, Elizabeth Hernández Niño, Tomasa Rodríguez Cordoba y Beatriz González Rodríguez.
Mi felicitación y reconocimiento en su día por la valiosa aportación que hacen.
Desde su habitación, de la ignominia.
Correo electrónico: [email protected]