Estrés que mata

Hemos disfrutado un video en línea que habla del estrés y cortisol, algo así como una de las más grandes amenazas que tiene el ser humano; está comprobado que el estrés es uno de los principales causantes de todos nuestros males físicos y algunos mentales.

Quienes nos conocen saben que vivimos a “mil por hora” y que mucho de lo que hacemos no lo atendemos como debiéramos por el acelere en que nos conducimos en todo momento.

El estrés nos hace más difíciles de tratar con los demás: somos menos tolerantes y nos molesta todo –o casi todo- y vivimos tratando de ser perfeccionistas.

Cuando nos queremos relajar viendo televisión, padecemos los noticiarios de Milenio noticias y los múltiples errores de dicción, ortografía y la innumerable y cansada repetición de noticias por todo el día que conjura el fraude que hacen al ofrecer noticias las 24 horas, aunque no dicen que son las mismas.

Eso nos causa molestia suprema, lo que viene de la mano con el estrés.

No se diga, por ejemplo, cuando vemos fútbol y padecemos los engaños de los futbolistas que se tiran simulando faltas para obtener una marca o una tarjeta para el contrario: el fraude nos enoja, y más, cuando vemos a aquellos que impunemente se pasean en vehículos que no son de su propiedad y que gastan el dinero de todos en cosas superfluas.

Todo eso nos enoja, y nos hace padecer una especie de neurosis que debemos atender a la brevedad posible.

Cuando tuvimos aquella amarga experiencia que nos privó de la libertad por un tiempo, comenzamos a padecer lo que antes no conocíamos: niveles de azúcar elevados a cifras irreconocibles que podrían matar a cualquiera. Éramos personas que vivíamos con niveles de 75 a 110 mg/dl siempre, y cuando llegábamos a 130 mg/dl nos alarmaba. Luego de esa experiencia, nuestros niveles “bajos2 oscilaban alrededor de los 500 mg/dl. El glucómetro marcaba 600 o más, y nuestro organismo se ha acostumbrado, con las consecuentes complicaciones propias de la diabetes y estos menesteres.

Hemos comenzado a experimentar insomnio y falta de sueño normal, a grado tal que nos levantamos a la 1 o 2 de la mañana a trabajar o hacer anotaciones hasta las 5 o 6, para levantarnos a las 7 horas. Nada saludable y eso lo saben los expertos.

Es cuando gritamos y suplicamos la ayuda necesaria para poder volver a vivir como personas normales, y poder explotar todas nuestras habilidades y potencialidades existentes.

Sentimos la urgente necesidad de que alguien, profesional de la psicología o, por qué no decirlo, de la psiquiatría, nos ayude a recuperar la vida perdida desde aquel día y que nadie tiene derecho a eliminar de nuestra existencia.

El estrés mata, y mata lenta pero irremediablemente: la salud se va minando y no es justo vivir así, porque nos llevamos entre las piernas a los demás: les jorobamos la existencia y la nuestra tiene menos calidad.

Lo anterior podría considerarse como una sentida confesión a lo que estamos viviendo. No es justo vivir estresado todo el tiempo, y menos cargar con la existencia de quienes nos aman.

¿Cómo recuperar el bienestar?

Es la pregunta que nos hacemos en este momento y que nos lleva a pensar en profesionales como César Carranza, Paulita, Zorina, Carlos Israel y muchos otros grandes psicólogos con los que cuenta nuestra ciudad.

Ojalá alguno de ellos tenga la oportunidad de apoyar y ayudarnos, porque, créame: no es vida el estar en permanente estrés.

No queremos acabar “locos” encerrados y muertos en vida: ésta –la vida- es maravillosa, y Dios nos da la oportunidad de disfrutarla.

Es cuando pedimos la ayuda “a quien corresponda”, porque realmente la necesitamos.