Esos pequeñitos seres

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Joan Manuel Serrat, uno de los grandes cantautores de nuestros tiempos hace gala de ellos en varias de sus canciones: los enanos, los pequeños… los hijos.

Son esos seres los que nos incitan a muchas acciones, a veces, imprudentes hasta la médula, y otras, congruentes con la responsabilidad que implica el traerlos a este mundo y procurar su bienestar; son los hijos uno de los más grandes tesoros que puede tener un ser humano, y cuando les vemos madurar, escudriñar en la vida y prepararse para enfrentar un futuro que casi es presente, pero que les convertirá en base para estructurar una nueva red social: su propia familia.

Cuando llega el primero de los hijos, uno cambia radicalmente su forma de actuar, porque sabe que tiene un gran compromiso. La llegada es especial, sin lugar a dudas, y nos permite proyectar un nuevo futuro.

Muchos de nosotros pensamos en el tiempo que debería sucederse antes de que lleguen los hijos: dos o tres, cinco o siete años, pero la verdad es que llegan cuando la pareja los necesita… vienen los hijos y cambia la estructura social y familiar.

Ayer, visitábamos a los amigos y nos deleitábamos en aquellas noches bohemias o las salidas al café, al restaurante o al sitio para bailar, hoy definido como “antro”. Eran tiempos que vivimos de una manera muy especial.

Hoy, cuando están presentes, cambian nuestras expectativas y tiempos libres, e inclusive, cambia nuestra percepción del sueño: antes, nos quedábamos dormidos y nada nos levantaba: llegan ellos y cualquier ruido, cualquier suspiro es motivo para saltar de la cama para ver cómo se encuentran.

Cuando llega la segunda o la tercera, cambia aún más la forma de ver la vida.

Nada hay mejor entre los miembros de la familia que un “hola papito” o un “te quiero” que venga de la dulce y angelical voz de los pequeños, esos seres, esos “enanos” que con su amor transforman todo lo que tenemos a la vista, y nos hacen pensar un poco más firme, más seguro… más amoroso, que es probablemente lo más importante.

Los hijos nos permiten cambiar las formas de vivir porque hoy cuidamos el patrimonio para que ellos tengan lo necesario, o cambiamos nuestra forma de ser y explotar para que ellos tengan en papá y mamá un buen ejemplo a seguir, una directriz que les haga pensar dos veces las cosas antes de actuar en forma irracional.

Son los hijos, y Dios lo sabe, lo mejor que podemos tener.

Sin embargo, ser padre no es fácil: nadie dijo que fuera tarea sencilla o natural, y es cuando vienen los cambios radicales en nuestra existencia.

Y hay días en que la nostalgia nos inunda, nos invade y es cuando volteamos hacia atrás para recordar aquellas palmadas en la espalda para ellos, o los primeros beso que nos regalamos, las papillas y los pañales que hubo que cambiar.

Hoy, son seres completos con personalidad e inteligencia propia, y nos regalan muchas satisfacciones en lo que hacen y comparten. Sus enojos son nuestra gran preocupación, pero sus alegrías son lo mejor que nos puede pasar.

Haríamos cualquier cosa por verlos bien, felices, completos, sin queja de la vida, y sabemos que lo anterior no puede ser.

No dejamos de maravillarnos con el milagro de la naturaleza y de Dios cuando llegan y transforman nuestra vida.

Esos locos bajitos, esos pequeños individuos, esos mágicos e inquietos seres humanos que tienen la enorme capacidad de mostrarnos qué es y para qué sirve el amor.

Es el tributo a todos ellos, a los hijos, a los que supieron entregarnos lo mejor de sí, y por quienes vivimos.

El presente tributo a tres seres maravillosos: David, Daniela, Dafne, y a Ser supremo, por compartir con nosotros la llegada de tres seres humanos únicos.